Diario del Cesar
Defiende la región

La nueva legislatura y un pobre balance

315

En un ambiente bastante enrarecido, agitado todavía por la enorme polarización en que se encuentra el país, los escándalos de corrupción, la realidad de lo que fue Odebrecht, el resquebrajamiento del Acuerdo de Paz, la masacre sistemática de los líderes sociales y el deterioro de las instituciones públicas, sumado al más pobre de los balances que haya presentado cualquier Gobierno en su primer año de mandato; el Congreso de la República inicia hoy un nuevo período legislativo.

Con el lastre de su desprestigio, el parlamento colombiano tiene poca maniobrabilidad para enderezar el camino, pero aun le queda lo que llaman dignidad, que es la que millones de colombianos apelamos para que los Honorables Padres de la Patria se porten bien y trabajen por los altos intereses del país.

A decir verdad, la expectativa respecto al arranque de este periodo parlamentario no gira en torno a cómo se reconfigurarán las mesas directivas de Senado y Cámara ni tampoco sobre el impacto que ello tendría en cuanto a una mayor o menor capacidad de la Casa de Nariño para sacar avante los proyectos de ley y acto legislativo que considere más urgentes o pertinentes. Para nadie es un secreto que los relevos en las presidencias de ambas cámaras legislativas ya están definidos, en cabeza del liberal Lidio García y Carlos Cuenca, de Cambio Radical, respectivamente. De igual manera, pese a la cantidad de versiones que circulan en los corrillos políticos, no se prevé ninguna movida real en el ajedrez de las coaliciones gobiernista, independiente y de oposición. También quedó más que claro que el Jefe de Estado no aplicará reajuste alguno en su nómina ministerial, como se especulaba semanas atrás. Es más, el balance de la primera legislatura continúa siendo disímil, ya que mientras el Ejecutivo lo calificó positivamente por haber logrado, sin repartir a diestra y siniestra la famosa  “mermelada” presupuestal y las complacencias burocráticas, la aprobación de 15 leyes y reformas constitucionales, mientras que los críticos insisten en que la Casa de Nariño evidenció una débil gobernabilidad y careció de margen de maniobra política para evitar el hundimiento de proyectos clave, incluyendo varias de sus promesas de campaña.

A la gente hay que decir primero que todo que este Gobierno miente. Mermelada sí hay, y se la reparten como es apenas natural, los congresistas del partido de Gobierno, o sea los del Centro Democrático. Y eso está bien. Nadie lo crítica. Cada gobernante torea con su cuadrilla y la de Duque es la uribista. Lo malo y censurable es que se diga que la mermelada es mala cuando la piden otros sectores políticos, pero es buena cuando los del CD la reciben con complacencia

Visto todo lo anterior es evidente que lo más crucial en la instalación hoy de la legislatura será el tono político y el mensaje de fondo que sobre su primer año de gestión y las prioridades gubernamentales a corto, mediano y largo plazos envíe el presidente Duque, no solo al Congreso y los partidos políticos allí representados, sino al país en general e incluso a la comunidad internacional que tiene el ojo encima sobre varias de las coyunturas nacionales.

La sensación que tiene el colombiano de a pie es que estamos frente a un Gobierno que no sabe para dónde va. Con una economía estancada, un desempleo galopante, deplorables índices de inseguridad y delitos de gran impacto sobre la comunidad, empecinado más en ver como le salva el pellejo a uno de los suyos que al respeto por la instituciones y la independencia de poderes.

De su discurso poco es lo que esperamos los colombianos. La Economía Naranja que sigue estando agria, la ilegalidad que le sigue ganando a su máxima apuesta que es la legalidad y el emprendimiento que no existe en virtud de la profunda crisis económica en que nos encontramos, advertida de sobra por el Gerente del Banco de la República a quien le cayeron en ´gavilla´ por decir la verdad

Con una cuarta parte de su mandato ya recorrido y sin existir posibilidad de reelección, el presidente Duque no tiene tiempo que perder, pero lo sigue perdiendo y sin apretar el ritmo de su gestión. Su discurso de hoy es entonces una oportunidad para reorientar su hoja de ruta, recomponer un estilo de gobierno que está condenado al fracaso, remarcar las líneas rojas y, sobre todo, hacer valer su rol constitucional de Jefe de Estado y símbolo de la unidad nacional, aun por encima de su propio partido por el que pareciera estar secuestrado.