Esta noche de Navidad se reúnen junto al pesebre las familias allegados y amigos.. Y es tan triste saber que nuestra incapacidad de convivencia hace que los días más violentos del año en esta región sean precisamente aquellos en los que se comparte con este círculo íntimo una de las tradiciones más fuertes que tenemos los católicos. Quizás, si esta noche misteriosa nos preguntáramos honestamente el por qué y el para qué de nuestra existencia encontraríamos en las respuestas más elementos de unión que de separación. Tal vez, si hacemos que el alma sea coherente con la retórica de esta época, tengamos conversaciones verdaderas y alegres, donde se escuche con atención y se miren los ojos de frente, pues quienes hablan son el corazón y la conciencia.
Este año ha sido tarea noble y luchadora, defender el respeto y la libertad. Hemos tenido falsos sabios en todos los frentes que reclamando ser dueños de una verdad única, buena y garantizada, han seducido y confundido a la sociedad; pero lo grave no son ellos, lo realmente lamentable es la ausencia de debate intelectual, generoso y sereno entre la sociedad y eso les dio la capacidad de seducir, dividir y alejar este núcleo fundamental. ¿Por qué merecieron tanto poder?
Fernando Savater, filósofo español, dice que necesitamos hacernos preguntas para saber cómo resolver nuestros problemas. Requerimos que aparezcan brotes de bondad y cuestionamientos inquietos que triunfen sobre los titiriteros perversos que manipulan e hipnotizan la raza humana. Esta noche, en la que suelen dejarse ver más las estrellas, es una oportunidad mágica para recuperar la sindéresis y renacer desde lo mejor de nosotros mismos.
Hoy, durante la bella ceremonia católica del nacimiento del Niño Dios, podemos elegir reafirmar el compromiso humano, tanto individual como colectivo, de ser trascendentales, de tal manera que como contraste se neutralicen los errores, las decepciones y los detonadores que se han posicionado destrozando la mágica aventura de la niñez, el poder noble y la belleza íntima de la mujer, el caleidoscopio creativo de las diferencias y la satisfacción del trabajo detrás del verdadero éxito.
La Navidad tiene la característica incomparable, ante cualquier otro evento universal, de sacar a la luz lo mejor de la condición humana. Es ahí, precisamente, cuando es posible apreciar con mayor nitidez la manifestación benévola del cristianismo. Porque de eso se trata, a fin de cuentas. Es decir, de afianzar la solidaridad entre las personas, a partir de celebrar el nacimiento de Cristo que, pese al advenimiento milenario, no pierde vigencia ninguna como factor inmediato y tangible de la esperanza.
Tal vez sea por ello, durante esta época decembrina, que la sociedad experimenta una alegría íntima y contagiosa que, de modo paulatino y como una muestra de renovación imperceptible, va acrecentándose colectivamente al amparo de los elementos extrínsecos que se van sucediendo en la hechura del pesebre, la decoración del árbol, el disfrute de la iluminación nocturna y tantas otras circunstancias que revivifican el espíritu. Ese estado, en el que se tienden a olvidar las vicisitudes diarias y se abre un margen espléndido a la sensibilidad, constituye el factor prioritario que, en lo más profundo de cada cual, permite ante todo celebrar el misterio de la vida una vez al año.
En el mundo contemporáneo, fruto de la aceleración económica y tecnológica sin precedentes, suele abrirse poco espacio a la conexión del individuo con su ser trascendente. Salvo quienes tienen una compañía inigualable en la oración cotidiana, esas necesidades del alma tienden a pasarse por alto. Dentro de la globalización indiscriminada se ha tratado en ciertas partes de Occidente, sin embargo, de encontrar aliciente en algunas particularidades de la cultura oriental, como el yoga o la meditación, en situaciones que muchas veces son legítimas, pero que en otras responden al bluf de quienes creen que solo lo desconocido es genuino. En todo caso, no hay en Oriente, con todas sus virtudes trascendentales, una festividad que convoque y expanda de tal manera el espíritu colectivo como la Natividad cristiana. Esto porque la religión de Cristo, a diferencia de muchas filosofías orientales, se basa en el amor, o sea, en sus dos premisas primordiales: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a ti mismo.
Ojalá este día de villancicos nos inspire a diferenciar entre filosofía e ideología. La primera, abierta, anima a pensar, busca el conocimiento y la sabiduría, sirve al hombre. La segunda, por su parte, es cerrada, no cambia de postura, desalienta cualquier pensamiento contrario, atrapa al hombre.
Hay quienes confunden la Navidad con una avalancha de consumismo. Quizá sea esa la expresión más rotunda de lo que no se quiere. Desde luego, el acto de regalar produce regocijo tanto en quien recibe como en quien entrega. Es finalmente una muestra material de afecto y una demostración del ámbito temperamental dirigido a enaltecer los buenos sentimientos, ya en el recogimiento de la familia, ya en el colegaje laboral, ya en el anonimato de la calle, ya en las imágenes de otras partes del orbe compartidas en la pantalla. De hecho, la Navidad viene acompasada con todo aquello que, por sí mismo, encarna lo benevolente. Basta leer esa maravillosa narrativa de la Novena, que los amargados consideran vetusta, para encontrar reiterativamente términos concernientes a la paz, la humildad, la bondad, el desprendimiento, la prudencia, y así sucesivamente, hasta desdoblar la mejor doctrina. No está mal, por supuesto, que todo ello cobre significado en los regalos y las diversas expresiones de la fiesta que se vive. Al fin y al cabo, en el mismo pesebre las dádivas tuvieron amplia cabida como símbolo de bienaventuranza y acogimiento bajo la estrella de Belén.
Quizás esta noche de Navidad, cuando se reúnan las familias frente al pesebre, renazca el verdadero sentido de la palabra comunidad.
Por fortuna, el sentido de Nochebuena, como dinámica renovadora del espíritu humano, sigue prevaleciendo ante el embate materialista. Sea esta una nueva oportunidad de demostrarlo.
DIARIO DEL CESAR, comprometido con la sociedad, donde se trabaja sin descanso porque cree en la construcción de las esperanzas, en la firme convicción que muy a pesar de las dificultades siempre hay un camino que nos ilumina Dios para salir adelante, les deseamos a todos una ¡Feliz Navidad!.