- POR: NINOSKA REYES U.
Bernardo Zuleta Carrillo, conocido como ‘El Chino’ Zuleta, no heredó de inmediato su admiración por el Binomio de Oro. En su casa sonaban otros nombres como Alfredo Gutiérrez, Jorge Oñate, Miguel López. Era el gusto de su padre, una tradición marcada por acordeones clásicos y voces consagradas. Pero cuando apareció el Binomio de Oro, algo cambió. No fue un flechazo inmediato con sus integrantes, sino con el sonido, una propuesta distinta que terminó atrapándolo desde su juventud.
Al principio lo sedujo más la línea musical de Israel, la forma en que construía los arreglos, esos detalles que muchos no percibían pero que él sí sabía descifrar. Desde entonces, comenzó a seguirlos con disciplina casi obsesiva, asistía a casetas en Villanueva, Codazzi, San Juan y otros pueblos, grababa cada presentación y analizaba cada interpretación. Compraba discos, los llevaba a emisoras e incluso los regalaba con tal de que la música sonara más allá, hasta Venezuela si era necesario, porque allá la agrupación era referencia del vallenato clásico.
Su fanatismo no era pasivo. ‘El Chino’ opinaba, sugería, discutía. Poco a poco, ese seguidor constante dejó de ser un desconocido. Primero se acercó a Israel, luego a Rafa. La relación no fue inmediata, pero sí genuina, se la ganó con insistencia, con detalles, como enviarle miel de abeja a Barranquilla, y con un entusiasmo sincero. Y en esa mezcla de admiración, cercanía y nostalgia, comienza esta historia.
LOS SALUDOS
Zuleta, recibió al equipo de Diario del Cesar y Ajá y Qué Valledupar, en su hogar en el municipio de La Paz. Se mostró nostálgico y en cada palabra que recordaba, una lágrima hacía brillar sus ojos como muestra del orgullo que infla su pecho al demostrar que fue un gran amigo del Binomio de Oro.
Recuerda que entre las correrías, con el tiempo, su nombre empezó a aparecer en los saludos de las canciones, un privilegio que pocos fanáticos alcanzaban. No pagaba por ello; al contrario, daba apoyo, presencia, oído crítico y lealtad. Así se convirtió en una figura reconocible dentro del universo del Binomio, un “binomista” respetado.
Rafa no era el mito que muchos describían, sino un hombre cercano, bromista, generoso, un ser humano que, en sus palabras, no merecía el destino que tuvo, manifestó al momento que mostraba la colección de LP de acetato que conserva como un tesoro en el seno de su hogar.
GESTOS SIMPLES, PERO FAMILIARES
A esa relación, hecha de música y lealtad, también la sostenían los gestos simples. Cuando viajaba a Barranquilla, a ‘El Chino’ no le pedían lujos, le encargaban pescado del Cesar, ese sabor de tierra adentro que a Rafael Orozco y a Israel Romero les recordaba sus raíces. Él cumplía sin falta. Era su manera de retribuir lo que recibía.
Con el tiempo, dejó de ser el muchacho que se colaba en las casetas para convertirse en alguien del círculo familiar. Manejaba el carro, se montaba en las giras y recorría el país entre las localidades: Sogamoso, Bogotá, Sincelejo, Sahagún, Barrancabermeja, San Juan. Trayectos largos, noches sin descanso, pero una felicidad intacta. No había cálculo ni ambición; solo el deseo de estar ahí, de vivir la música desde adentro. “Yo era feliz, no tenía nada que perder”.
Esa felicidad también tocó su casa. Su padre, que al principio escuchaba otros nombres, terminó queriendo a Rafa como a un hijo más. “¿A quién no le gusta tener buenos amigos?”, repetía.
“NO ESTUDIÉ POR ESTAR DETRÁS DE ELLOS”
Pero esa entrega tuvo un costo. ‘El Chino’ dejó el colegio, cambió los cuadernos por grabadoras y convirtió su rutina en una persecución constante de canciones y ensayos. Mientras otros aprendían en aulas, él lo hacía en casetas, afinando el oído, entendiendo estructuras, anticipando arreglos. Por eso, cuando hablaba de música, lo hacía con una seguridad que no admitía discusión, ya que había vivido lo que otros apenas escuchaban.
Su memoria está llena de escenas que, para muchos, son invisibles. Recuerda, por ejemplo, ensayos que nunca se grabaron oficialmente, canciones que se quedaron en el aire, decisiones que cambiaron el rumbo de un disco. Evoca encuentros, como cuando buscó a Miguel Morales y terminó siendo puente para presentarlo ante Rafa. Historias que otros cuentan a medias o han olvidado, pero que él conserva con precisión.
También guarda afectos. El de Clara Elena y sus hijas, que con los años lo abrazaron como si el tiempo no hubiera pasado. El de Jorge Oñate, a quien describe como un hombre celoso en lo suyo, pero siempre generoso con él, incluso cercano en momentos compartidos. Y, sobre todo, el de Rafa: amigo, cómplice, referencia.
Porque si algo subraya ‘El Chino Zuleta’ es el carácter de Orozco. Más allá del escenario, lo recuerda como un hombre sin excesos, disciplinado, profundamente profesional. Lo vio rechazar propuestas fáciles por respeto al público, cumplir compromisos cuando otros habrían tomado atajos, sostener la calidad incluso en las últimas tandas de una noche larga. Mientras muchos grupos bajaban el nivel, Rafa parecía crecer. Ahí entendió de dónde venía su grandeza, aseguró.
Esa admiración se convirtió en certeza cuando el Binomio de Oro cruzó fronteras y llegó a escenarios internacionales como el Madison Square Garden. No era solo el lugar; era la forma: organización, sonido, presencia. Todo estaba a la altura. Para “El Chino”, ese momento confirmó lo que había intuido desde el principio, cuando aún grababa casetas en pueblos pequeños: que estaba frente a algo distinto.
Así, entre viajes, pérdidas y memorias, Zuleta sigue reconstruyendo su historia, la de un fanático que terminó siendo testigo privilegiado. No de la fama, sino de la música, la amistad y la lealtad.