Diario del Cesar
Defiende la región

Así fue el día que nació la voz de Rafael Orozco

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POR:NINOSKA REYES U.

El destino del vallenato cambió de rumbo no en un estudio de grabación, sino a las orillas del río Maracas, en el municipio de Becerril, Cesar. Allí, un joven Rafael José Orozco Maestre no soñaba con estadios llenos ni con ser el ídolo de multitudes; su anhelo era más ruidoso, quería domar el acordeón, tal como lo hacían su padre ‘Rafita’ y sus hermanos mayores. Sin embargo, la historia del ídolo comenzó con una sentencia materna que el folclor, irónicamente, terminaría agradeciendo.

La música en la casa de los Orozco Maestre en Becerril, se apagó de golpe tras un trágico accidente de tránsito que le arrebató la vida a Misael, el hermano mayor y mentor. Doña Cristina Maestre, en un acto de dolor puro y desesperación, decidió que el culpable de la tragedia era aquel instrumento que arrastraba a los hombres a las parrandas y al peligro.

Con la determinación de quien busca salvar a los hijos que le quedan, Cristina destruyó el acordeón familiar. “Aquí nadie más va a tocar esto”, sentenció. Sin saberlo, al silenciar los pitos y bajos, estaba despejando el camino para que la garganta de Rafael José encontrara su propio aire.

DEL BURRO ‘EL ÑATO’ AL PODIO DEL LOPERENA

Lejos de los ojos vigilantes de su madre, en los pasillos del Colegio Nacional Loperena de Valledupar, Rafael empezó a desempolvar un viejo talento. Era el mismo que practicaba de niño cuando, montado sobre su burro ‘El Ñato’, repartía cántaros de agua y cantaba rancheras mexicanas para espantar la soledad del camino.

Ese estilo impregnado de la nostalgia de las películas de charros fue su arma secreta. En una histórica Semana Cultural, el destino lo puso frente a frente con otros dos gigantes, Octavio Daza y Diomedes Díaz. Ese día, Rafael no necesitó un acordeón en el pecho. Su voz, afinada por el sentimiento y la distancia de su pueblo, le valió el primer puesto. Diomedes, con la humildad de los grandes, le entregó en ese entonces “Cariñito de mi vida”, la canción que años después se convertiría en el primer gran himno de Orozco.

Antes de fundar el Binomio de Oro, Rafael pulió su garganta en parrandas privadas con maestros como Julio de la Ossa. No buscaba imitar el vallenato recio y rústico de la época; él traía una propuesta distinta, una sofisticación que el género no conocía. Era un vallenato que vestía de etiqueta, que hablaba de amor con la suavidad de un bolero pero con la esencia del Cesar.

UNA UNIÓN QUE SELLÓ EL VALLENATO

Su unión con Israel Romero en 1976 fue el sello final de una profecía que nació del dolor de una madre. El hombre que tenía prohibido ser acordeonero terminó por dignificar a todos los acordeoneros del mundo, dándoles un lugar en las vitrinas internacionales.

Rafael Orozco se fue una noche de junio de 1992, en la cima de su gloria, dejando un vacío que aún hoy, en cada festival, se intenta llenar. Hoy recordamos que, para que el mundo pudiera escuchar la voz más bella del vallenato, primero tuvo que hacerse un silencio absoluto en los acordeones de Becerril. Desde el Festival de la Leyenda Vallenata se rinde tributo a este artista que supo ponerle elegancia al género en el país y el mundo.