El Magdalena atraviesa una etapa que exige liderazgo con método y visión. La reactivación productiva posterior a los ciclos de incertidumbre, la presión por formalizar unidades económicas, la necesidad de digitalizar procesos y el reto permanente de convertir el potencial turístico y logístico en prosperidad tangible, requieren una conducción técnica, dialogante y orientada a resultados.
La Cámara de Comercio de Santa Marta para el Magdalena ha sido desde su creación una respetable institución que como ninguna otra se ha caracterizado por ser nuestra vocera ante los poderes centrales y articuladora del sector privado con el público.
La extraordinaria gestión desarrollada en ella por la doctora Silvia Helena Medina Romero llamada a tempranas horas a la Casa del Señor, demuestra que tenemos seres humanos preparados, valiosos, de altos estándares en lo ético, lo moral y profesional. Silvia Helena como siempre cariñosamente la llamamos, dejó una ´vara muy alta´ en la conducción de la entidad gremial, materializando sus resultados en políticas claras y de apoyo al emprendimiento y todo el aparato productivo de la región.
En ese contexto, la llegada de un ingeniero y magíster en Administración de Negocios, con trayectoria en desarrollo económico e innovación, a la presidencia ejecutiva de la Cámara de Comercio de Santa Marta para el Magdalena, responde a una expectativa compartida por el empresariado: que la institucionalidad gremial no solo representa sus intereses, sino el colectivo y por ende la defensa inquebrantable del territorio.
En esa misión, el liderazgo que inicia Carlos Jaramillo Ríos tiene una doble responsabilidad. Por un lado, custodio la autoridad moral que la entidad ha construido como vocera regional. Por el otro, impulsar una agenda moderna que conecte a los empresarios con los lenguajes de la economía contemporánea: innovación aplicada, transformación digital, encadenamientos productivos, internacionalización y sostenibilidad. No se trata de consignas. Se trata de herramientas concretas para competir mejor, producir más y distribuir con mayor equidad.
La competitividad territorial ya no depende únicamente de ventajas naturales. El Caribe colombiano —y en particular el Magdalena— debe consolidar un ecosistema donde el emprendimiento encuentre rutas claras para nacer, formalizarse y crecer. Ahí la Cámara de Comercio cumple un papel de articulación que ninguna otra entidad puede suplir con la misma eficacia: facilitar el diálogo entre alcaldías, gobernación, academia, clústeres sectoriales y empresas de todos los tamaños.
Entre los desafíos inmediatos, el acompañamiento a las micro, pequeñas y medianas empresas no admite dilataciones. Son ellas las que sostienen el empleo cotidiano, las que innovan por necesidad y las que más sufren cuando la economía se desacelera. Los programas de capacitación, acceso a financiamiento, asistencia técnica y rutas de formalización deben escalar en cobertura y calidad.
La promoción de la innovación exige, además, un cambio cultural. Innovar no es un lujo para grandes compañías; es una práctica de supervivencia para cualquier negocio que aspire a perdurar. Implica adoptar tecnologías, mejorar procesos, leer datos y escuchar al mercado. La transformación digital, por su parte, debe traducirse en servicios empresariales más ágiles, trámites simplificados y plataformas que acerquen oportunidades a quienes antes quedaban por fuera. El reto no es solo tecnológico, es pedagógico: convertir la innovación en hábito regional.
Otro frente estratégico es el fortalecimiento de sectores que ya son columna vertebral de la economía local: turismo, comercio y logística. El turismo, con su vocación natural en el Caribe, requiere calidad en la oferta, formalidad en la operación y promoción inteligente del destino. El comercio necesita reglas claras, seguridad jurídica y cadenas de suministro eficientes. La logística, apalancada en el puerto y la conectividad terrestre, debe convertirse en ventaja competitiva que atraiga inversión y genere valor agregado. Integrar estos sectores en una narrativa de desarrollo coherente es tarea de liderazgo institucional
La Cámara de Comercio ha sido, y debe seguir siendo, un faro de defensa regional. No una tribuna de reclamos estériles, sino un espacio de propuestas concretas, medibles y evaluables. Defender los intereses del Magdalena significa sentar posiciones técnicas frente a decisiones que afectan la productividad, proponer soluciones viables y acompañar su implementación. Significa, también, escuchar con rigor al pequeño comerciante, al joven emprendedor, al industrial consolidado y al inversor que evalúa.
La designación de Carlos Jaramillo Ríos llega, entonces, con un mandato implícito: consolidar estrategias que impulsen la competitividad, promuevan la formalización y fomenten escenarios de crecimiento sostenible. Sostenible no solo en el plano ambiental —que es inaplazable—, sino en el social y el institucional. Crecer sin excluir, innovar sin precarizar, atraer inversión sin perder identidad. Ese equilibrio es el verde.
Hay, además, un componente simbólico que no debe subestimarse. Cuando una institución con legitimidad histórica apuesta por un perfil técnico y gerencial, envía un mensaje de confianza en el conocimiento como motor de cambio. En tiempos de escepticismo, esa confianza es un activo cívico. Permite que los distintos actores se reconozcan en un proyecto común y que la conversación pública se eleve por encima.
El empresariado, las autoridades y la ciudadanía tienen ante sí una oportunidad para esfuerzos alineales en torno a metas compartidas: más empresas formales, más empleo digno, más innovación y una presencia territorial que haga de Santa Marta y el Magdalena un destino atractivo para invertir.
El camino no será lineal. Habrá tensiones, limitaciones y pruebas de carácter. Pero las instituciones se fortalecen cuando asumen los retos con transparencia, cuando miden sus avances y cuando corrigen con humildad. La Cámara de Comercio, en su rol de articuladora entre lo público y lo privado, está llamada a liderar ese diálogo tan necesario entre nosotros.
Que esta nueva etapa sea, entonces, un punto de inflexión. Que el liderazgo recién designado convoque, ordene y ejecute. Que la voz de los pequeños, medianos y grandes empresarios encuentre cauce en políticas efectivas. Y que el Magdalena avance, con paso firme, hacia un desarrollo equitativo que honra su potencial y responde a las expectativas de su gente.
Porque cuando la institucionalidad funciona y el liderazgo se conecta con el territorio, la economía deja de ser promesa y se convierte en realidad compartida. Esa es la apuesta. Ese es el respaldo. Y ese debe ser el compromiso de todo