En 2019, la economía colombiana pudo sortear con éxito las dificultades que venían de la guerra comercial, la incertidumbre global y la disminución de la inversión. La clave de su resistencia a ese entorno tan complejo fue el dinamismo de su demanda interna, o sea del consumo y la inversión, que pudo suplir la menguada demanda externa.
El consumo de los hogares, por el peso que tiene en el PIB, jalonó la economía y su desempeño es destacable, como se observó en los datos del tercer trimestre para ese rubro (4,9 % de crecimiento anual). Según información reciente del Dane para el sector comercio, un buen indicador de cómo va el consumo, las ventas reales del mercado minorista crecieron en términos anuales 7,4 % en el mes de octubre.
La economía luce bien. Con un crecimiento anual de 3,2 %, muy por encima del promedio de 0,1 % de América Latina, y una inflación que puede cerrar en 3,88 %, cifra que aunque se aleja de la meta puntual de 3 %, todavía está en el rango de 2-4%. Lo que significa que es una inflación controlada. Esas buenas cifras macroeconómicas, además por segundo año consecutivo, demuestran que la economía colombiana pudo recuperarse del fin del boom de las materias primas, que significó el deterioro de los términos de intercambio del país (precio de exportaciones sobre el de de importaciones).
Pero ha sido una recuperación sin empleo, uno de los aspectos negativos que tiene el desempeño de la economía. La tasa de desempleo no ha dejado de crecer. En noviembre, fue 10,4 %, con un aumento de 0,6 %, respecto al mismo mes en 2018. Y ha sido así porque sectores claves generadores de empleo como la industria y la construcción de vivienda no pasaron su mejor año.
El otro aspecto negativo es el cada vez más amplio déficit en cuenta corriente, o sea, una cada vez mayor diferencia entre los ingresos y los egresos de divisas del país, que pasó en un año de 3,6 % a 4,39 %. Hay que insistir en que el desbalance externo debe reducirse, para hacer el crecimiento sostenible. Un déficit en cuenta corriente implica un mayor endeudamiento externo y dependencia de la inversión extranjera, con la consiguiente vulnerabilidad a los movimientos de las tasas de interés externas y las decisiones de los inversionistas si se retiran del país por alguna razón.
Esos dos rasgos negativos, el desempleo y el déficit en cuenta corriente, tienen la posibilidad de minar el desempeño de la economía y deben enfrentarse con firmeza. Un desempleo elevado, además de los estragos que hace a la sociedad, puede terminar afectando al consumo de los hogares y por esa vía al crecimiento. El déficit en cuenta corriente está cada vez más lejos del déficit financiable, y eso es un gran problema, por el peligro que representa. Es de esperar que el Gobierno, una vez superado el impasse que significó la caída de la Ley de Financiamiento y el posterior trámite de su reemplazo, la reforma tributaria llamada Ley de Crecimiento, pueda concentrarse en hacer frente a esos dos grandes problemas de la economía.
El año 2019 tuvo cosas buenas para la economía, como una baja inflación y un crecimiento aceptable, pero también reiteró que hay temas que no se resuelven, que gravitan sobre ella, y pueden hacerla descarrilar. Si 2020 comienza bien, lo hará también la nueva década.