En Santa Marta, hablar del agua es hablar de un problema que lleva años esperando una solución definitiva. La ciudad, rodeada por el mar Caribe y situada a los pies de la Sierra Nevada, sigue enfrentando dificultades para garantizar el abastecimiento de agua potable a sus habitantes.
El pasado 25 de septiembre, el gobierno nacional descartó el proyecto de construcción de plantas desalinizadoras para Santa Marta, que contemplaba una inversión superior a los $786.000 millones, al considerar que no era técnicamente viable, replanteando la solución para garantizar el abastecimiento de agua potable. Diez días después, el 5 de octubre, el presidente encabezó un consejo de ministros y anunció que regresaría a la ciudad en otros diez días con una propuesta concreta para resolver el problema del abastecimiento. La expectativa está puesta en que las alternativas que se estudien permitan avanzar hacia una solución integral, capaz de garantizar un suministro suficiente y continuo de agua potable para la población.
La situación merece examinarse. En el territorio se encuentran la Sierra Nevada, numerosas corrientes de agua y ecosistemas que cumplen una función esencial en la regulación hídrica. Pero disponer de fuentes naturales no significa contar con agua suficiente, potable y accesible. Entre el río y el hogar existe una infraestructura que debe captar, tratar, almacenar y distribuir el recurso. Si alguno de esos componentes falla, el agua puede estar cerca y, aun así, no llegar.
Tampoco sería correcto atribuir todas las dificultades a la falta de lluvias. La disminución de los caudales, la variabilidad climática y los periodos secos son factores importantes, pero deben considerarse junto con la capacidad de los sistemas de abastecimiento, el estado de las redes, las pérdidas, la operación y el mantenimiento. Una ciudad no puede depender exclusivamente de que las condiciones climáticas sean favorables para garantizar un servicio esencial.
La situación de Santa Marta invita a mirar el resto del departamento, donde los habitantes que viven a orillas del río Magdalena enfrentan una contradicción difícil de entender: tener el río tan cerca no les garantiza disponer de agua potable en sus hogares. En los municipios más pequeños y las comunidades rurales, las dificultades pueden ser menos visibles, pero no por ello menos importantes. La distancia entre las fuentes aptas para el consumo y las viviendas, la dispersión de la población y las limitaciones de infraestructura hacen que muchas soluciones requieran enfoques distintos de los utilizados en las grandes ciudades.
El problema, además, es nacional. Según el Ministerio de Vivienda, con datos de la vigencia 2024, solo el 56 % de los municipios proporcionaba agua apta para el consumo humano en sus áreas urbanas, mientras que en las zonas rurales la proporción era del 9,7 %. La diferencia revela que el desafío no consiste únicamente en ampliar la cobertura: también hay que garantizar la calidad del agua que reciben las comunidades. Detrás de esas cifras hay familias que deben almacenar agua, comprarla o esperar su distribución. Hay escuelas, pequeños negocios y actividades agropecuarias que no pueden funcionar adecuadamente cuando el suministro es irregular. La falta de agua impone costos adicionales y profundiza desigualdades que suelen afectar más a quienes tienen menos recursos para resolver el problema por su cuenta.
Por eso, la respuesta no puede limitarse a construir una obra o a buscar agua cuando comienza la escasez. Se necesita planificar con anticipación, proteger las cuencas abastecedoras, reducir las pérdidas en las redes, asegurar recursos para el mantenimiento y evaluar las alternativas de suministro con criterios técnicos, ambientales y económicos. Garantizar el acceso al agua exige, además, coordinar esfuerzos entre la Nación y los territorios, con soluciones ajustadas a las condiciones de cada región.
La adivinanza que da título a estas líneas juega con las palabras, pero también nos permite pensar en una realidad que va más allá de su sentido original. En nuestro caso, el problema es más serio: el agua puede pasar por el territorio sin convertirse en bienestar para quienes lo habitan.
*Ingeniero Forestal