No hay derechos que un país como el nuestro tenga que soportar algunos candidatos como varios de quienes aspiran al Solio del Libertador Simón Bolívar, cuando en realidad y verdad merecemos más. candidatos de altura y no cualesquiera y porque sí. Estas elecciones muestran una mezcla de personajes que uno no entiende por qué y para qué aspiran a ser presidentes de la República. O será por sus ningunas condiciones de primer nivel creerán poder repetir un desgobierno como el que en mala hora tenemos y que, a Dios Gracia, está a semanas de acabar para que cesen las horribles noches y los horribles días también, más cuando hay en el ambiente fragmentaciones evidentes en la política actual que han impedido e impiden construir propuestas que unan a la ciudadanía en beneficio y aprovechamiento colectivo.
Antes que avanzar nuestro país retrocede. Se sume en mentiras e ignominias. Populismo, fariseísmo, polarizaciones. Estamos al garete. No tenemos buen rumbo. Seguimos naufragando en malos manejos de la economía. Hay violencia terrorista. Los partidos existentes no tienen propuestas de solución, como tampoco han logrado que la ciudadanía construya superiores derroteros. Marca crisis la representación de los partidos, especialmente aquellos vigentes por decenios en nuestra escena política.
Prima entre nosotros el denominado marketing político, sabedores sus auspiciadores que no tenemos una ciudadanía que vote informada, responsable ni conscientemente. Ya conocemos la historia y sabemos cómo termina. Ante la ausencia de partidos serios, todo se vuelve un lodazal y se termina de títere de asesores o grupos de poder diverso. Los motivos del rechazo a los partidos son en resumen causados por el vacío de representación que se hace patente. No solo por los malos dirigentes y gobernantes en sus filas, sino por la dificultad de construir algo diferente. Ninguno que ayude a estabilizar y ordenar la economía, se socavan las instituciones democráticas, se navega en la corrupción. No se han podido construir alternativas ciertas. Seguimos con caudillos que hasta de poca monta son y muy débiles instituciones. Y eso no es lo que importa.
Naufragamos en una abundante economía informal e ilegal que cada día y cada vez más se hace mayormente poderosa. La violencia está tanto en la política como concentrada en la delincuencia cotidiana. Hay precariedad de Estado, malos servicios, burocracia a mares, corrupción, llenas las alforjas de los miembros del ejecutivo, del legislativo y hasta del poder judicial. El régimen es un todo totalitario, no previene, es impreciso y siempre improvisa. Todo transcurre sin transparencia ni interacción, más fragmentado creando burbujas y aislamientos a la medida de cada quién, promoviendo la consolidación de identidades grupales que se envuelven en sus mundos. Algunos se vinculan a los asuntos públicos, otros de vez en cuando, algunos no tanto o nada.
Mientras tanto la población descree de los partidos, carentes ellos de propuestas que inspiren. Desconfía de una institucionalidad que se percibe (y de hecho está) al servicio del poder de turno y apuesta por arreglarlas a su manera. Caminan por sus propias islas. Por otro lado, otros grupos desconfiados de la política partidaria, participan y se conectan para actuar en aquello en lo que creen o necesitan. Hay actividad cívica alejada de los partidos y también fragmentada. En las elecciones vemos como cada uno hace lo que puede con la oferta y las reglas existentes. Hay quienes apuestan por el candidato menos malo o eventualmente un falso salvador, sobre el decir que a falta de pan buenas son tortas.
Muchos sectores del país piden orden y justicia frente a la inequidad, falta de oportunidades y desigualdad existente. Otros ni piden ni esperan nada, entienden que mejor cada quién que se las arregle a su manera. La cultura política y lo mediático que fragmenta públicos e intereses, median entre la oferta de candidatos de valía y la decisión de voto. Definitivamente los partidos han empeorado, no se han democratizado ni fortalecido. Han perdido presencia nacional. Han ido de fracaso en fracaso. Otros ya no existen, están en vía a desaparecer o se mantienen utilizando el poder transitorio a su favor y sus miembros, credenciales en mano, se desconectan olímpicamente de la ciudadanía, ya que no les incomoda ni les da frío ni calor su bajo nivel de aprobación ni el franco rechazo. Dan órdenes y asumen que pueden vivir con ello mientras puedan presionar o copar las demás instituciones democráticas para ponerlas a su servicio, además de fungir como autores de las reglas que permiten la dispersión partidaria, a la par que los egos se multiplican y van de lado a lado fraccionando las posibilidades de cambio. No se ven en el horizonte soluciones más democráticas, sino los mismos viejos discursos, narrativas, relatos y estilos; mientras tanto la unidad, buen gobierno, gobernanza, gobernabilidad y gestión pública, a debe. *saramara7@gmail.com
*Abogado*Periodista