Luego de décadas de esfuerzos de todos los países latinoamericanos por reducir la brecha social y mejorar las condiciones de vida de amplios sectores pobres y pobres extremos, la pandemia llegó para retroceder en un solo año gran parte de lo que se había avanzado. Las cifras que acaba de revelar la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Cepal, son sencillamente aterradoras y dolorosas; aterradoras porque, aunque se esperaba que la pobreza aumentara, no se pensó que lo hiciera en tal medida y son dolorosas porque señalan la tragedia diaria que están viviendo millones de latinoamericanos.
A juzgar por los datos que ha divulgado la Cepal, el retroceso del que hablamos puede ser de hasta 20 años puesto que, según la Comisión, la tasa de pobreza, que alcanzó el 33,7% de la población, y la de pobreza extrema, que llegó a 12,5%, no se había visto en los últimos 12 años, la primera y 20 años, la segunda. En otras palabras, en cuanto a pobreza retrocedimos poco más de una década y en pobreza extrema dos décadas, todo en un solo año. Esto significa que las personas en situación de pobreza aumentaron a 209 millones, de ellas 78 millones en pobreza extrema, ocho millones más que en 2019.
Por donde quiera mirarse, esto no es otra cosa que una tragedia de dimensiones continentales que va a requerir no tanto de un gesto humanitario, como de un llamado urgente a los gobiernos de centro y suramérica, para que atiendan debidamente su responsabilidad frente a esta población vapuleada, hoy más que nunca, por su condición económica. En esto hay que considerar, por supuesto, las medidas de índole económica y de Estado en cuanto a subsidios temporales o de largo plazo y otras medidas públicas, pero también es fundamental hoy que las campañas de vacunación nacional de todos los países lleguen a toda la población necesaria y lo hagan en el menor tiempo posible para que la inmunidad general se de y la economía pueda realmente regresar a niveles positivos. No hay nada más contundente que las cifras que tenemos en la región: 21,5 millones de casos de COVID-19, alrededor de 700 mil defunciones, sumado a los 131 millones de pobres y 78 millones de pobres extremos, una realidad apabullante que nos marca un momento de quiebre para la historia económica, social y política de América Latina.
La pandemia habrá ocasionado el cierre del 2,7 millones de empresas latinoamericanas, es decir el 19% del total de las empresas.
Pero las medidas de distanciamiento social y las limitaciones a la movilidad han afectado de forma desigual a las actividades económicas.
El turismo, la cultura, el comercio, el transporte y la moda han sido los sectores más afectados.
Estos suponen el 24,6% del PIB y el 34,2% del empleo. Por el contrario, las actividades que se han visto menos afectadas han sido la agricultura, la ganadería y la pesca, la producción de alimentos, los productos médicos y las telecomunicaciones. Estas actividades suponen el 14,1% del PIB y el 18,2% del empleo.
El 92% de la producción intensiva en tecnología ha sufrido un impacto fuerte por la crisis. Esta es una clara señal de alarma para el medio plazo: reaparece el viejo fantasma de quedar al margen de las tendencias mundiales, encaminadas ahora hacia la digitalización.
La crisis ha afectado a las empresas de forma diferente, según su tamaño. Más de 2,6 millones de microempresas cerrarán.
De hecho, desaparecerá el 20,7% de las microempresas y solo el 0,6% de las grandes empresas. La gran mayoría son empresas dedicadas al comercio, a servicios comunitarios, sociales y personales, y hoteles y restaurantes.
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Por eso el desempleo no creció tanto como hubiera cabido esperar. El teletrabajo ha sido un elemento diferencial y muy importante para poder mantener la producción y la actividad laboral. Pero el teletrabajo no es posible para todas las empresas, ni para todos los empleados. Las pequeñas empresas y los trabajadores poco cualificados tienen mayores dificultades y, por lo tanto, también se han visto más perjudicados por las restricciones de la pandemia. Las mujeres y los jóvenes están entre los colectivos más dañados. Las primeras tienen una fuerte presencia en el turismo y restauración y los segundos tienen trabajos más precarios.
Además, las mujeres han tenido que redoblar el tiempo de trabajo en el cuidado del hogar y de la familia, con nuevas obligaciones durante el confinamiento domiciliario. Gran parte de los trabajos en América Latina son informales, si bien hay diferencias muy importantes entre países.
Todo lo anterior concluye que la pobreza es la otra pandemia que nos ataca.