La fuga de la exparlamentaria Aida Merlano pone de presente lo podrido que está el Inpec. Y no de ahora. Su crisis viene de hace rato. Y como siempre ha ocurrido, todos los gobiernos de turno se hacen los de la vista gorda. Pero para continuar en este comentario editorial, no podemos pasar por alto una inquietud que tiene muchos colombianos. ¿Porqué, a cuenta de qué, y bajo qué presupuestos el Estado le ha escriturado a un oficial de la Policía la dirección del máximo organismo penitenciario del país?. Pareciera que cada gobierno que llega hiciera la repartija de puestos y en ellas le clavan como cuota burocrática a la Policía la dirección del Inpec, la cual en el 99% de los casos quien la ocupa, debe salir salpicado de escándalos de corrupción, malos manejos, convivencia con líderes criminales, o como el de ahora: la fuga de una presa de ´alto valor´.
Para enfrentar lo que padece el Inpec lo primero que debiera hacer este Gobierno es quitarle su manejo a la Policía. Ya no más generales de la Policía manejando el Inpec. No solo lo han hecho mal, sino que han sido protagonistas de reparto en la crisis que desde hace tiempo sacude a dicho organismo.
La actual crisis carcelaria cumple ya 4 años de haber sido declarada y, aunque existe un consenso en que la solución yace en una reforma a la política criminal que reduzca el uso de la prisión, ésta todavía no se ha reformado. ¿Cómo puede Colombia construir una política criminal respetuosa de los derechos humanos y que, a su vez, pueda reducir el delito? Es la pregunta del millón.
Frente a la crisis carcelaria de 1998, el Estado enfrentó el hacinamiento con la ampliación de los cupos carcelarios a tal escala que, 21 años después, contamos con más del doble de los que había en 1998. Pero a la vez, hoy contamos con una población privada carcelaria que triplica la que estaba presa en el 98, y que vive en condiciones de hacinamiento iguales o peores. ¿Dónde está el problema?
En ocasiones, resolver un problema no requiere redoblar esfuerzos sobre una misma respuesta, sino detenerse un momento y mirar al espejo. Después de todo, a veces no nos damos cuenta que el problema no está afuera, sino en nosotros. Y es esto lo que la crisis de las cárceles nos exige hoy: que miremos al espejo y evaluemos la forma en la que hemos pretendido castigar y reducir el delito.
Pero si bien estos problemas pueden parecer complejos, en realidad se derivan de uno relativamente sencillo: en Colombia hemos creído que el uso de la fuerza y de la cárcel resolverá la criminalidad, y hemos ignorado los problemas que esta creencia nos ha traído; en concreto, que a las cárceles entren más personas de las que salen, causando el estancamiento, insostenibilidad y hacinamiento del sistema.
Por supuesto, existen muchas medidas que el Estado puede y debe implementar de cara a algunas de las violaciones de derechos más graves en las cárceles, muchas de las cuales tienen que ver con corregir las fallas del sistema y que exigen una inversión de recursos importante. Por ejemplo, es necesario que se intervengan los servicios de alimentación para garantizar una dieta digna y adecuada, hacer un mantenimiento y adecuación integral de la infraestructura para garantizar el acceso al agua potable suficiente o reformar el sistema de salud para la población privada de la libertad. Sin embargo, estas medidas harán poco por solucionar el hacinamiento, la falla estructural que más agrava los demás problemas de las cárceles, y si este no desaparece, es poco probable que las demás intervenciones al sistema carcelario tengan un efecto real. Después de todo, el hacinamiento no sólo estira más allá de su capacidad los recursos del sistema, sino que lleva a que las personas privadas de la libertad deban dormir de pie, en baños o en corredores hacinados, compartan un solo baño con otras 200 personas y estén expuestas a enfermedades como la tuberculosis.
Y el tema de la corrupción que es el peor de todos los anteriores males permanece enquistado en la institución. No se ha podido eliminar por muchas bravocunadas que los presidentes y ministros de justicia de turno lo expresen. Aquí, como siempre, lo que ha faltado es voluntad política para enfrentar problemas que no desnudan de cómo anda este país.