Diario del Cesar
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La globalización, objetivo central del G-7

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Con mucha expectativa se inicia hoy sábado una nueva cumbre del llamado G-7 en Biarritz, al norte de Francia, a donde acudirán los jefes de Estado de Canadá, Alemania, Italia, Japón, Reino Unido y Estados Unidos.

La reunión llega en momentos de una crisis profunda del multilateralismo y una crisis interpretativa del concepto de democracia representativa, dado el auge de gobiernos de corte populista y la falta de capacidad de las organizaciones internacionales para intervenir exitosamente en la resolución de, por ejemplo, las diferencias comerciales como las que en este momento siguen teniendo China y Estados Unidos.

Ante una crisis sistemática del multilateralismo, promovida esencialmente por los grandes actores del escenario internacional, China, Estados Unidos y Rusia, el presidente Macron ha anunciado que la cumbre para contrarrestar esta tendencia ahondará en la globalización y sus efectos.

“El objetivo no es abandonar la globalización… sino más bien regularla mejor para que nadie se quede atrás”, ha dicho el Mandatario, luego de vivir una crisis política de casi seis meses por sus políticas liberales y aperturistas que derivaron en una oleada de protestas lideradas por los denominados “chalecos amarillos”.

La idea, por los anuncios hechos por el Presidente francés y el crítico momento de las instituciones multilaterales, es lograr que a partir de la cumbre en Biarritz se reconozcan las fallas del sistema de cooperación internacional y de la democracia representativa. No parece fácil, si se tiene en cuenta que uno de los asistentes, Trump, ha reiterado en numerosas instituciones globales que cree más en la doctrina del “patriotismo” que en la globalización y sus derivados.

Es cierto que, conocidas las posiciones del Jefe de Estado norteamericano, no parece muy viable que la cumbre logre concluir con una visión unánime sobre las fallas y los retos del multilateralismo. Sin embargo, el anfitrión le apuesta a una agenda que busque, al menos, lograr unos puntos en común.

Esta, según lo ha publicado el Elíseo (casa de Gobierno), consiste en cinco áreas que incluyen “mejorar las oportunidades económicas, independientemente del género y los orígenes; asumir la degradación ambiental global, que afecta desproporcionadamente a las comunidades marginadas; lucha contra la inseguridad, el extremismo y el terrorismo, que encierran a las sociedades en ciclos de violencia; expandir el empoderamiento digital y la inteligencia artificial centrada en el ser humano; y renovando la asociación del G-7 con África, para que el continente pueda compartir la prosperidad global”.

Alemania hace poco dio señales para alarmarse: la economía, si se sigue como va, podría entrar en recesión en unos años. La amenaza de una desaceleración económica a gran escala coincide con los efectos nocivos que ha dejado la “guerra comercial” entre China y Estados Unidos.

Trump ha dicho que las conversaciones telefónicas con Pekín han ido avanzando de manera exitosa, lo que conllevaría a una eventual reunión con su homólogo, Xi Jinping, en septiembre. Pero sigue siendo una incógnita si se van a poner de acuerdo, mientras los países, sobre todo los que tienen economías menos avanzadas, siguen enfrentado las adversidades que ha creado esta confrontación arancelaria.

Washington, al mismo tiempo en que la ha impuesto más aranceles a China, también ha aplicado la misma medida -en menor escala- a las exportaciones de vino francés a Estados Unidos, como respuesta a un impuesto digital del 3% fijado por París contra los gigantes tecnológicos norteamericanos.

Los problemas comerciales, si bien han marcado la agenda de los organismos multilaterales este año -esta ocasión no será la excepción-, también tendrá otros temas que serán clave durante la reunión en Biarritz.

Las tensiones en el Golfo Pérsico serán centrales, ya que Francia, al igual que Reino Unido, han sido los mayores defensores del Acuerdo Nuclear firmado en 2015 entre la administración de Barack Obama y el régimen de los Ayatolás, acompañado por otros cinco países, del que Estados Unidos se ha retirado por orden de Trump.

Sin la anuencia de Washington y con una posición a la defensiva de Irán, la situación en Medio Oriente ha ido escalando los últimos meses, con maniobras de parte y parte que se acercan, cada vez más, a un choque militar.

¿Sirve de algo el G-7? Esa pregunta, cada vez más habitual, debe ser resuelta por los países que conforman la organización. Ha quedado claro con el paso de los años que, como la mayoría de instituciones multilaterales, no goza de un buen momento, y su declive se puede mostrar de manera progresiva a partir de 2014.

La crisis institucional, sin embargo, no significa que la organización no se pueda reinterpretar. Macron, el aparente nuevo líder de Europa ante el cansancio de Ángela Merkel, le apuesta a darle una cara más democrática invitando a otros países, en una especie de G-20 II, como los han llamado algunos.

El déficit democrático, una de las principales fallas de la organización, puede ser abordado con la inclusión de países como Australia, India, Suráfrica y Chile, esta vez invitados, para empezar a combatir esa idea del “club de los países ricos”, que aunque sea verdad, juega en contra de sus intereses democráticos.

La amenaza del cambio climático igualmente puede ser enfrentada de manera más activa, como lo ha pedido Macron. Con la Amazonía en llamas y el negacionismo climático en boga, es determinante que el G-7, como otros escenarios multilaterales, logren convencer a Trump y Bolsonaro que, efectivamente, sí existe el calentamiento global.

El multilateralismo, la democracia representativa y las ideas liberales (división de poderes y otras) requieren urgentemente que el G-7 sobreviva al auge del patriotismo.