Diario del Cesar
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Vidas para lelos: Gabo y Egan II

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El Nobel García Márquez  no se dejó afrijolar la Cruz de Boyacá ni de su amigo el presidente Belisario.

Egan Arley Bernal Gómez ha estado retrechero para recibir idéntica condecoración. Por lo pronto, le basta con la Orden de la Sal que Zipaquirá les otorga a sus mejores pupilos.

Rosa Fergusson fue la maestra que le enseñó al niño Gabo a maridar vocales y consonantes. Ester Cortés le metió a Egan en el disco duro el abc del pedaleo.

El Nobel cantaba boleros para buscarle la caída al billete. Como los terrenos de la poesía son extraños, un bolero lo llevó a Zipaquirá. Un pasajero que lo oyó cantar cuando navegaban por el río Magdalena le pidió la letra  del bolero para dedicársela a su amada.

El pasajero era el jefe de becas del ministerio de Educación. En reciprocidad, influyó para que el joven desembarcara becado en Zipaquirá. Ganarse esa beca fue como ganarse la rifa del tigre, dijo el entonces novel escritor. Después hizo este mea culpa: “Todo lo que aprendí se lo debo al  bachillerato”.

A Egan le gusta el reguetón línea Daddy Yankee. Sería capaz de venderle su alma al viento si pudiera conocer a su ídolo Nicky Jam.

Gabo o Gabito cantaba boleros y vallenatos. No le gustaba la forma de cantar vallenatos de Carlos Vives “porque los canta muy bien y el vallenato debe ser mal cantado”.

Gabo no padeció la dictadura del wasap. Egan no conoció la mansedumbre del linotipo. (Los linotipistas le corregían su mala ortografía según le confesó a Ramón Hoyos en el célebre reportaje para El Espectador en junio de 1955).

Gabo empezó derecho en la Universidad Nacional pero renunció a convertirse en rábula. Egan suspendió sus estudios de periodismo en la Universidad de la Sabana, en Cota, a una jaculatoria de la Catedral de sal. Con el tiempo será su propio García Márquez para escribir sus memorias deportivas.

Influencias criollas de Gabo fueron Juan de Castellanos, Jorge Isaacs, José Eustasio Rivera, José Félix Fuenmayor, Eduardo Caballero Calderón, Mejía Vallejo.

A Egan lo inspiraron figuras como el Zipa Forero, quien todavía vive, Nairo Quintana y Rigoberto Urán que casi se visten de amarillo-tour.

El de Aracataca tuvo su cirirí en el editor del diario El Universal, de Cartagena, Clemente Manuel Zabala, que le teñía de rojo sus textos. El nonagenario Mago Dávila, linotipista, le mejoraba la ortografía.

Egan tiene en sus primeros tutores Fabio Rodríguez y  Pablo Mazuera, a sus propios Zabala y Dávila.

Mercedes Barcha, la Gaba, se encargaba de mantener provista la alacena mientras su marido escribía Cien años. Xiomi Guerrero, la musa de Egan, le ha servido hasta de youtubera para documentar su ascenso, incluido el episodio de la clavícula averiada.

Si en Estocolmo todos fuimos Gabo, en París y Zipaquirá por estos días todos somos Egan.