Tienen nuestros municipios en general y nuestra Santa Marta en particular, lugares, prohombres y acontecimientos que pertenecen a nuestra historia y que no es el caso en esta columna traerlos a colación, más no por ser por ser lo suficientemente conocidos, pero síi por lo prolijo de unos y oíros. Tocan ellos de manera especial nuestro terruño, región Caribe, país y comunidad de naciones, como es ser Santa Marta la primera ciudad en pie de las existidas en territorio suramericano, poseer la Sierra Nevada más alta del planeta tierra en cercanía de un litoral, y, nuestro Nobel de Literatura quien cumpliría en este año un siglo de existencia, para solo citar tres aspectos de lo que he hecho referencia.
De otra lado, en cuenta memorística debemos tener presente que yacen en nuestro suelo figuras que de una y mil formas hacen parte de la historia patria y de la propia historia familiar de todos nosotros; de ahí que significado que trascienden lo personal tengan nuestros camposantos, lo que debe invitarnos a plantearnos una pregunta que concierne a todos y es ¿Cómo estamos conservando la memoria de quienes participaron en nuestra construcción?, toda vez que la memoria de un territorio, sea cual fuere, se conserva en los libros, pero también en sus monumentos, museos, edificios históricos y archivos; vive en aquellos espacios donde las nuevas generaciones pueden encontrarse con su pasado, conocerlo, discutirlo y preguntarse qué significado tiene ese pasado todavía para el hoy y para el mañana.
Se impone desde esta perspectiva, la recuperación de nuestros espacios patrimoniales y su conservación, dado que ello nos permite de manera permanente la posibilidad de estar constantemente renovando nuestra conversación con la historia, lo que debe ser una grande iniciativa como uno de los valores primeros que hay que tener en cuenta para recuperar sitios y personajes, muchos de los cuales permanecidos en el olvido y que por su hacer ocupan un lugar central en la historia republicana desde diversos campos, áreas y niveles, en el impulso de la organización administrativa del Estado, y en el fortalecimiento institucional entre otros avances, tales como la promoción de reformas vitales para el desarrollo democrático cuando aún buscada el país apuntalar sus estructuras como República independiente.
Es tener también en exacta cuenta, que la conservación de la memoria histórica no debería depender solamente de la importancia que asignemos a una o más figuras en particular, sino que supone una responsabilidad más amplia con el patrimonio que nos permita comprender nuestro pasado, como es el caso de la revisión de correspondencias, testimonios vinculados con esa memoria que hayan sufrido destinos menos afortunados, conservación de esculturas, retratos, bustos, fotografías y otras representaciones.
Se trata a este tenor, además de preservar la memoria, preguntarnos igualmente que hacer con los testimonios materiales de nuestra propia historia, ya que un territorio que descuida sus monumentos, archivos, museos y espacios históricos corre también el riesgo de debilitar los lugares desde los cuales las nuevas generaciones pueden comprender el camino recorrido.
Interesa como territorio reabrir oportunidades para preguntarnos que más quisieron esos prohombres construir, qué dejaron realmente, cuáles fueron los debates y conflictos que acompañaron sus proyectos políticos, ya que conservar la memoria histórica no significa convertir a sus protagonistas en figuras intocables, sino mantener abiertas las posibilidades de conocerlos, debatirlos, discutirlos, dimensionarlos , verles su alcance y comprenderlos en su tiempo, lo mismo que impedir, ojalá a ultranza con quienes bien y mejor lo merezcan, que el olvido y el abandono cierren definitivamente las puertas de nuestro glorioso pasado y entender que deben dejarse abiertas con carácter permanente. *Abogado*Periodista