Hace tres semanas hablaron las urnas en Colombia para elegir un nuevo Congreso y ya conocidos y consolidados sus resultados esperamos que la carga de expectativas no se conviertan en frustraciones . Y con él, una pregunta que no admite evasivas: ¿estarán a la altura del país que dicen representar?
Hay que entender que Congreso colombiano no parte de cero. Llega con una mochila pesada, cargada de escándalos, clientelismo, leyes inútiles, debates estériles y una desconexión dolorosa con la realidad de la gente. Y esa mochila no se borra con discursos de posesión ni con promesas recicladas. Se borra con hechos. Con trabajo serio. Con decencia. Aquí no hay espacio para ingenios. El país no eligió congresistas para que vayan a pelear por micrófonos, ni para montar shows en redes sociales, ni para convertir las comisiones en trincheras ideológicas donde lo importante no es construir sino destruir al contrario. Colombia necesita legisladores, no agitadores. Necesita soluciones, no escándalos.
Este nuevo Congreso tiene una responsabilidad histórica. No es un período más. Es un momento bisagra en un país cansado de promesas rotas. La economía tambalea, la inseguridad golpea, las regiones reclaman atención y la institucionalidad pide a gritos ser respetada. En ese contexto, cada proyecto de ley, cada debate, cada voto será examinado a fondo.
Ahora bien, no hay reforma, ni ley, ni discurso que tenga legitimidad si está manchado por la corrupción. Así de sencillo. El cáncer que más daño le ha hecho a Colombia no es la pobreza, ni siquiera la violencia: es la corrupción que se roba los recursos destinados
Este Congreso tiene que entender que el país ya no tolera más “jugaditas”, más contratos amarrados, más cuotas burocráticas disfrazadas de gobernabilidad. El ciudadano está vigilando, y aunque muchas veces parezca resignado, la india
Se acabó la época de legislar para los amigos, para los financiadores de campaña, para las maquinarias. El que llegue con esa lógica, que se prepara para el rechazo social y, ojalá, para las consecuencias legales. Porque el país no aguanta otro escándalo más. No aguanta otro titular vergonzoso. No aguanta otra traición.
El Congreso no es una arena de boxeo. No es un anillo para medir egos ni para ganar aplausos fáciles. Es un espacio de deliberación democrática donde las diferencias deben traducirse en acuerdos, no en insultos. Pero parece que a muchos se les olvida. Se pierden horas valiosas en discusiones inútiles, en debates que no llevan a nada, en confrontaciones que solo sirven para alimentar el espectáculo. Mientras tanto, las verdaderas urgencias del país siguen esperando.
¿Dónde están las leyes que impulsan el empleo? ¿Dónde están las reformas serias para mejorar la educación? ¿Dónde está la visión de largo plazo para el desarrollo regional? Esas son las peleas que valen la pena. Las otras sollozan
Colombia necesita un Congreso que discuta con altura, que entienda que el adversario no es un enemigo, que comprenda que gobernar —y legislar— es ceder, negociar, construir. El país no eligió gladiadores. elegir
La política no puede seguir siendo sinónimo de repartija. No puede seguir siendo el escenario donde se negocian cargos como si fueran fichas de un juego sucio. Cada puesto entregado por favores políticos es una oportunidad perdida para el mérito, para la eficiencia, para el servicio real.
El nuevo Congreso debe romper con esa práctica perversa. Debe entender que la gobernabilidad no se compra, se construye. Y se construye con ideas, con propuestas.
El país está cansado de ver cómo se inflan las nóminas, cómo se crean cargos innecesarios, cómo se paga con burocracia lo que debería ganarse con argumentos. Eso no es político. Eso es negocio. Y uno muy caro, además, que pagamos a
Cada proyecto que llegue al Congreso debería pasar por una pregunta básica: ¿esto mejora la vida de los colombianos o solo engrosa el archivo legislativo? Porque la inflación normativa también es un problema. Muchas leyes, pero poca efectividad.
El reto es enorme: legislar con sentido, con rigor técnico, con visión de país. No improvisar. No copiar modelos sin contexto. No hay convocatoria legislativa
Se necesita un Congreso que piense en el campesino, en el empresario, en el joven que busca oportunidades, en la madre que lucha todos los días. Un Congreso que entienda que cada ley tiene impacto en la vida real, más allá del
Eso tiene que cambiar. Y no con códigos de ética que nadie cumple, sino con una transformación real en la conducta de quienes ocupan esas curules.
El respeto por el cargo empieza por lo básico: asistir, trabajar, preparar, debatir con argumentos, rendir cuentas. El nuevo Congreso tiene la oportunidad —y la obligación— de dignificar la política. Demuestre que sí se puede ejercer el poder con decencia.
Aquí no hay margen para el error. No más excusas. No más discursos vacíos. A los nuevos congresistas hay que decirles, sin rodeos: llegaron para servir, no para servirse. Llegaron para trabajar, no para figurar. Llegaron para responderle a Colombia, no a sus intereses. Necesita, por fin, un buen Congreso.