El “Escudo de las Américas”
En medio del pico de tensión mundial por la ofensiva militar contra Irán, la iniciativa de la administración Trump sobre una nueva estrategia trasnacional de combate al narcotráfico en el continente americano quedó en una especie de segundo plano mediático.
Sin embargo, se trata de una de las apuestas geopolíticas más fuertes de la Casa Blanca. Una cruzada claramente enmarcada en los lineamientos de la nueva doctrina Monroe que está desplegando el Gobierno estadounidense y en cuyo marco activó la drástica política migratoria, las advertencias sobre sanciones arancelarias a los países que profundicen relaciones con potencias rivales, la toma de partido en los procesos electorales de varias naciones latinoamericanas e incluso los mayores condicionamientos a las ayudas económicas a determinados gobiernos…
En lo que tiene que ver directamente con el freno a los carteles de las drogas, las medidas han sido de alto calado: la designación de varias de estas organizaciones y grupos armados ilegales afines como facciones terroristas y amenazas a la seguridad nacional estadounidense, lo que permite desarrollar operaciones militares en suelo extranjero para neutralizarlas. A ello se suman las sanciones económicas -o la amenaza de imponerlas- a México y países de Asia y otras latitudes si no colaboran para frenar el tráfico de fentanilo. También están los acuerdos firmados por el Departamento de Estado, la CIA o la DEA con Ecuador, Paraguay, Bolivia, islas caribeñas y otros gobiernos para aumentar la colaboración militar o de información de inteligencia con el fin de atacar a los traficantes. Pero la decisión más trascendental, sin duda alguna, fue el despliegue militar estadounidense en el mar Caribe a finales de 2025, frente a las costas de Venezuela. Lo que inicialmente implicó ataques a embarcaciones sospechosas de transportar alcaloides tuvo su punto culminante el pasado 3 de enero cuando tropas norteamericanas capturaron al dictador Nicolás Maduro en Caracas y lo trasladaron a Nueva York para ser juzgado por terrorismo y narcotráfico…
Todo ello esto desembocó, según lo confirmó Trump en su último reporte del “estado de la Nación”, en que el flujo de drogas a esa potencia se haya reducido de manera sustancial. Y hay que adicionar operativos antidroga de alto calado como el abatimiento por parte del ejército mexicano del capo del Cartel Jalisco Nueva Generación, la captura la semana pasada en Bolivia del peligroso narco paraguayo Sebastián Marset, las operaciones antiterroristas conjuntas de tropas ecuatorianas y estadounidenses o las mismas promesas del presidente Gustavo Petro, en la reunión con el titular de la Casa Blanca en febrero, sobre neutralizar cabecillas del Eln, el Clan del Golfo y las disidencias de las Farc…
Visto lo anterior, se deduce claramente que la construcción del llamado “Escudo de las Américas” no es un paso aislado, sino una segunda fase de toda la estrategia antidroga y de seguridad continental que lidera el mandatario republicano. Trump logró involucrar en dicha cruzada a los presidentes, jefes de gobierno y representantes de Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, República Dominicana y Trinidad y Tobago.
Ahora bien, el hecho de que la mayoría de esos países tengan gobiernos de centroderecha afines a Washington y el que no se haya convocado inicialmente a los de México, Colombia y Brasil, cuyos mandatarios son de izquierda, evidencia una clara intencionalidad geopolítica de la Casa Blanca en la construcción de una iniciativa que algunos analistas consideran un punto de inflexión en la lucha antidroga en todo el hemisferio. Una estrategia ambiciosa con frentes de batalla en lo militar, jurídico, político, social, económico e institucional.
Obviamente, el “Escudo de las Américas” no funcionará si Colombia y México no adoptan un rol protagónico. Nuestro país no solo es el mayor productor y exportador de cocaína, sino también el de más experiencia y golpes contundentes en el marco de los combates a los carteles en las últimas décadas. Y la nación manita, aunque alberga a varias de las organizaciones criminales más peligrosas del continente en este delito, ha capturado o abatido a varios capos de primer nivel… Ingresar en la iniciativa de Trump requiere que Petro y Sheinbaum desestimen cualquier intentona de negociar o contemporizar con las facciones narcotraficantes y, por el contrario, les declaren la guerra sin cuartel, sesgo ni excepción alguna.
Estamos, pues, ante el nacimiento de la apuesta de mayor calado en materia antidroga en este siglo. El narcotráfico mutó y ahora tiene estructurales trasnacionales más complejas, con mayor capacidad criminal, poder de corrupción y principal factor de violencia e inseguridad urbana y rural en América. Su combate, entonces, debe tener una dimensión igual. De lo contrario, esta guerra se perderá.