Diario del Cesar
Defiende la región

La regla de la pizza

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Colombia atraviesa un momento donde el talento sobra, pero las oportunidades se frenan en oficinas públicas. Mientras el mundo avanza hacia la economía del conocimiento, el sistema nacional se dedica a detener a quien intenta avanzar por cuenta propia.

El camino de iniciar un proyecto de servicios o emprendimiento empieza con un muro difícil de escalar. El joven que decide emprender con su talento encuentra una estructura pública que exige antes de ofrecer cualquier facilidad. Usted sale a vender una solución digital o un proyecto creativo y el Estado le fija trámites que agotan su tiempo y capital. Actúa como el socio que solo aparece para cobrar y fiscalizar. Esta presión frena la iniciativa particular. Formularios, costos y obligaciones tributarias son un ancla para quien busca independencia.

El emprendedor dedica más horas a la tramitología que a buscar clientes. Es como llevar una mochila llena de piedras mientras se corre una maratón. Hay una miopía estatal que impide ver al ciudadano como un aliado del progreso. En lugar de facilitar la entrada al mercado, el sistema le pone trabas. Esta falta de visión castiga la innovación y empuja a profesionales hacia la informalidad o el desánimo. Los funcionarios se aferran a requisitos obsoletos mientras el mundo avanza en procesos digitales. No hay economía moderna si la primera respuesta oficial ante una idea es un obstáculo.

Cada idea abandonada es una pérdida neta de riqueza nacional. El país deja de percibir ingresos de su conocimiento y se estanca en modelos antiguos. No es solo dinero; es talento joven que migra hacia ecosistemas más amigables. La falta de un entorno ágil impide que las soluciones tecnológicas locales compitan globalmente. Un negocio que no nace es una fuente de riqueza perdida para siempre.

Esta falta de dinamismo perjudica especialmente a mujeres y jóvenes que buscan el autoempleo. Las estadísticas muestran que las mujeres enfrentan una brecha de acceso mayor, agravada por el costo de la formalización. El tiempo invertido en procesos públicos es tiempo restado a su producción o desarrollo personal. Para los jóvenes, la barrera es la falta de historial combinada con exigencias que no validan el tamaño del proyecto. El Estado expulsa a las nuevas generaciones hacia la precariedad con requisitos inalcanzables. La juventud termina frustrada ante un sistema lento y costoso.

Imagine que ahorra una semana para una pizza. Al entrar a comprarla, un vigilante te quita la mitad de la plata por dejarte pasar. Pagas finalmente la pizza y el cajero te quita dos porciones para dárselas a alguien a quien el sistema le prometió comida «gratis». Pero nada es gratis, lo pagas tú con tu esfuerzo. Esa persona nunca aprende a cocinar y tú pierdes las ganas de trabajar para alimentar la inactividad de otros. Ese vigilante y ese cajero son el Estado colombiano. Prefieren vaciarte el bolsillo hoy, aunque eso destruya tu incentivo de progresar mañana y repartir tu esfuerzo para otro que, sin preparación, se mantenga esperando solo sus dos pedazos de pizza. El sistema rompe el motor del que crea y anula la voluntad del que recibe. Muy Grave.

El Estado colombiano debe dejar de ser el vigilante y el cajero. Su misión es ser una plataforma tecnológica que reduzca la fricción en cada transacción. Es urgente pasar de la cultura del permiso eterno al impulso inmediato. Necesitamos una infraestructura pública que premie el esfuerzo en lugar de frenarlo con exigencias del siglo pasado. La aceleración de negocios debe ser la prioridad de toda oficina pública.

Solo con una administración ágil los desarrollos locales competirán con el mundo. El objetivo es que cualquier persona con iniciativa y una propuesta de valor pueda ejecutarla sin que la burocracia sea su principal barrera. La prosperidad de Colombia depende de qué tan fácil sea convertir una idea en una factura real.