Diario del Cesar
Defiende la región

El silencio en las urnas: otra vergüenza de la democracia

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Deplorable. Deprimente. Podríamos hasta considerarlo inaceptable. No hay palabras más suaves para describir el espectáculo ciudadano que dejó el Magdalena ayer domingo durante las elecciones atípicas. Una jornada que debía ser una muestra de participación democrática terminó convertida en un desolador retrato de indiferencia colectiva. Los números hablan por sí solos, y hablan muy mal: solo 341.782 magdalenenses se acercaron a las urnas, en un departamento con 1.094.215 ciudadanos habilitados. Eso representa una pobrísima participación del 31.23%, es decir, casi siete de cada diez personas decidieron quedarse en su casa.

Resulta indignante tener que repetir lo mismo cada elección, pero aquí estamos otra vez: las minorías volvieron a elegir por las mayorías, y las mayorías, cómodas en su silencio, después serán las primeras en levantar la voz para reclamar, para indignarse, para exigir lo que nunca se tomaron el trabajo de respaldar con un voto. Porque así funciona esta democracia nuestra: si usted no participa, alguien más decidirá por usted, y lo peor es que lo hará con toda legitimidad. Lo que no es legítimo es que el abstencionista venga a quejarse.

El Magdalena volvió a demostrar que su gran problema no son los políticos, ni los partidos, ni las maquinarias. El problema más grave es otro: el ciudadano que no quiere ser ciudadano. Porque para ser ciudadano no basta con tener una cédula, ni con quejarse en redes sociales, ni con indignarse desde el sofá. Ser ciudadano es participar, es decidir, es asumir el mínimo compromiso que se le exige a cualquier sociedad democrática: votar.

¿Es tan complicado salir 20 minutos a ejercer el derecho más básico? ¿Es mucho pedir que un departamento entero asuma su rol histórico?

¿O es que ya nos acostumbramos tanto al desgobierno, a la politiquería y a los malos resultados que preferimos simplemente no hacer nada?

La abstención no es un accidente. Es una decisión consciente. Es un acto político, aunque sea por omisión. Es elegir no elegir. Es decir: “me da igual lo que pase”. Y si da igual, entonces no venga ahora a exigir carreteras, hospitales dignos, seguridad, empleo, educación o transparencia, porque usted mismo renunció a su herramienta para exigirlas.

Algunos intentarán justificar lo injustificable: que el calor, que la falta de transporte, que no había candidatos que representaran, que era un domingo familiar… excusas, excusas y más excusas. Ninguna se sostiene frente a la gravedad de permitir que un departamento entero quede nuevamente en manos de una minoría organizada, mientras la mayoría se quedó mirando desde la ventana.

El acto democrático más sencillo se convirtió en una muestra vergonzosa de apatía colectiva. Y lo peor es que esta indiferencia ya parece una tradición. Cada elección en el Magdalena es un recordatorio de que la ciudadanía está perdiendo —o renunciando voluntariamente— a su voz, a su poder y a su futuro.

Hay que decirlo sin rodeos, sin adornos y sin diplomacia: si usted no votó ayer, usted no tiene derecho a quejarse mañana. Ni con rabia, ni con indignación, ni con dolor. Porque quienes deciden no ir a las urnas están entregando el futuro del departamento en bandeja de plata a quienes sí decidieron movilizarse. Y esa minoría —la de siempre— no va a pensar por usted, ni va a gobernar por usted, ni va a representar sus intereses.

La democracia es clara: gobierna quien obtiene los votos de quienes sí fueron a votar. Lo demás es lamento inútil.

Este editorial no es un regaño suave; es un grito de alerta. Porque lo que ocurrió ayer no es un hecho aislado, es un síntoma grave. El Magdalena no saldrá adelante con una ciudadanía dormida, desinteresada, silenciosa. No hay plan de desarrollo,  no hay líder que pueda transformar un territorio donde sus habitantes no se sienten parte del proceso.

El voto no es un favor que se le hace a un candidato.

Es un compromiso con el futuro propio, con el de los hijos, con el del territorio. Votar es decir: “me importa lo que pase”.

¿Le importó al Magdalena lo que pasó?

Las cifras dicen que no. Lo que queda después de esta vergüenza electoral

Queda un nuevo gobierno —legítimo, porque así funcionan las reglas—  que deberá responder por muchos. Queda una ciudadanía que debe mirarse al espejo y asumir su parte de culpa. Queda una democracia que, aunque golpeada, sigue en pie, esperando que la gente despierte. Queda también una certeza: el cambio urgente de actitud de nuestra sociedad. Pero nunca lo tendrá mientras su pueblo siga conformándose con mirar desde la barrera. O peor: mientras siga creyendo que no votar es inocuo, cuando en realidad es una de las formas más peligrosas de irresponsabilidad cívica.