Diario del Cesar
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´El proceso de paz en Colombia es irreversible´

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El ex presidente colombiano Juan Manuel Santos (2010-2018) aseguró ayer desde Madrid que el proceso de paz en su país “sigue siendo irreversible”, pese a la intención del actual mandatario, Iván Duque, de enmendar un dispositivo clave del histórico acuerdo con las Farc.

El expresidente presentó en la capital española su libro “La batalla por la paz”, publicado por Ediciones Península -un sello de Planeta-, y a la venta desde este martes en España y Colombia.

Ante la prensa, Santos se mostró seguro en cuanto a la solidez del proceso de paz firmado bajo su presidencia con la guerrilla marxista de las Farc, convertida ahora en partido político.

Y ello pese a la batalla política que ha abierto el presidente Duque, con su voluntad de reformar un aspecto clave del acuerdo: el sistema de Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), que juzga los crímenes más graves y que él considera indulgente con los ex guerrilleros.

“El presidente Duque está obligado por la Constitución a cumplir los acuerdos”, enfatizó Santos, mostrándose seguro de que “la Corte Constitucional estará pendiente de que ningún paso que se da irá en contra de los acuerdos” de paz de 2016.

“Este proceso sigue siendo irreversible”, añadió el ex dirigente, premio Nobel de la Paz en 2016. “Este acuerdo se hizo para beneficiar a los colombianos, no a las Farc”, insistió.

En su obra, que presentará en la Feria del Libro de Bogotá el 1 de mayo, Juan Manuel Santos detalla las difíciles relaciones con el ex presidente ecuatoriano Rafael Correa y con el venezolano Hugo Chávez, al que reconoce no obstante como “un aliado leal del proceso de paz”.

El ex presidente habla también in extenso de la furibunda oposición de su predecesor Álvaro Uribe (2002-2010) al acuerdo de paz, diciéndose asombrado por “su nivel de pugnacidad y descalificación”.

Según revela en el libro, el encuentro celebrado en el Vaticano entre ellos dos y el papa Francisco en diciembre de 2016 fue finalmente “un fracaso” en el acercamiento a Uribe, del que fue ministro, y con el que la relación sigue rota.

Con Uribe “yo hice muchos esfuerzos para tender puentes; no consideraba que ni a él ni a mí ni al país le convenía una situación tan polarizante, tan agria. Nunca tuve respuesta”, lamentó Santos este martes en la presentación en Madrid.

El propio Uribe, actualmente senador, reaccionó a la publicación del libro, y en su cuenta de Twitter acusó en los últimos días a su sucesor de “inventar cuentos” sobre él.

Según Uribe, Santos “miente” al afirmar que él peregrinó en 2016 a la ciudad italiana de Asís para intentar obtener un pronunciamiento de los frailes franciscanos contrario al proceso de paz en Colombia. “Jamás hablé con franciscanos de Asís sobre acuerdo con Farc”, sostiene Uribe.

–Lamentablemente habrá gente que salga a refutar, otros a contradecir, pero yo ya estoy acostumbrado. Llevo ocho años expuesto a una forma de hacer política y de controvertir basado en lo que hoy llaman las falsas noticias que ya me rueda, como dicen. He desarrollado una piel de cocodrilo. Eso es parte, infortunadamente, del ambiente de juego político de hoy.

–¿Lo peor fueron las acusaciones de traidor cuando reveló que se proponía abrir un proceso de paz?

–Cuando yo mencioné que tenía la llave de la paz en mi bolsillo y no en el fondo del mar, y que la podía utilizar; ahí no hubo mayor reacción. Esto se gestó después que sucedieron algunos hechos, nombramiento de gabinete, distanciamiento con mi antecesor. Esto del traidor fue una estrategia muy bien elaborada e implementada para minar mi liderazgo. El liderazgo de cualquier persona y cualquier jefe de Estado se basa en la confianza. Ellos comenzaron con eso. En todos los discursos decían: “Traidor, traidor, traidor”, para lograr ese objetivo político. El primero que me advirtió de que tildarían de traidor, porque había sido elegido por ser exitoso en la guerra, fue Shlomo Ben-Ami. Porque traición, como digo en el libro, en el fondo no hubo ninguna, sino fue todo lo contrario. Estaba siendo consecuente con lo que se había querido hacer desde hace muchísimo tiempo.

–¿Usted nunca le contó a Uribe, cuando era su ministro de Defensa, que siempre había pensado en que en algún momento habría que abrir unas conversaciones con la guerrilla? ¿Ni él nunca preguntó? ¿Esa conversación nunca se dio?

–Por supuesto que se dio. Por supuesto que el propio presidente Uribe quiso negociar.

–Pero son cosas distintas.

–Muchas veces hablamos de que había que ablandar a la guerrilla antes de sentarla a negociar. Inclusive esa era una tesis de una amigo común, el expresidente López Michelsen, que mencionábamos con frecuencia. Como los intentos de Uribe de sentarse a negociar fueron muchos, no solo a lo último, pues era algo casi que sobreentendido. No se le olvide que por más de un año Uribe estuvo negociando con el ELN en Cuba. Por eso nadie entiende que después dijera que con terroristas no se puede negociar.

Como ministro de Defensa de Uribe, Santos fue el responsable de los mayores éxitos militares contra la guerrilla, ayudado por un mayor presupuesto y por la ayuda tecnológica y de inteligencia del gobierno de Estados Unidos. Ello le permitió “dar de baja”, como se expresa en Colombia la muerte de un combatiente guerrillero, a figuras destacadas de la guerrilla. En sus años de ministro, varios miembros del secretariado, la cúpula de las FARC, fueron abatidos, algo que el Estado colombiano nunca había logrado en los 50 años anteriores. ¿No tuvo la tentación, le digo a Santos, de pensar: bueno, quizá no hace falta un proceso de paz porque esto lo solucionamos militarmente?

–Es que yo sabía que una derrota definitiva de las Farc no se iba a producir, sino que la guerra se iba a prolongar veinte o treinta años más. No, los éxitos militares que tuvimos me entusiasmaron precisamente para armar bien el proceso de paz. No pensé nunca en que el exterminio de las Farc era la forma de salir de esta guerra, nunca.

Santos no fue el mayor enemigo de la guerrilla sólo cuando fue ministro de Defensa. El libro ilustra de forma apasionante una transición realmente difícil de imaginar: de enemigos jurados a socios de la paz. El pacto con la guerrilla fue negociar en La Habana como si no hubiera guerra; y seguir con la guerra como si no hubiera negociaciones en La Habana.

Pero antes, justo después de la primera aproximación con las Farc para acordar un encuentro secreto en el exterior, el número dos de la guerrilla, el Mono Jojoy, uno de los combatientes más sanguinarios, se puso involuntariamente a tiro: las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia lo tenían localizado.

El presidente no dudó en dar la orden. En varias páginas que se leen como un thriller, Santos cuenta con detalle la Operación Sodoma, una auténtica batalla campal en la que murieron dos soldados, otros varios quedaron heridos y en la que también murió la perrita antiexplosivos Sasha. Del otro lado cayeron 20 guerrilleros. Al final del día, el Mono Jojoy era un cadáver.

Debe de ser una decisión difícil, ordenar la eliminación física de alguien con quién, aunque sea indirectamente, se está negociando. ¿Piensa en ello de vez en cuando?, le pregunto a Santos, ¿o ha pasado ya a la historia, junto con tantos otros momentos duros?

–Esos episodios nunca se olvidan, pero mirando retrospectivamente creo que hice lo correcto. Me queda el consuelo que le dije al comandante de la operación que hiciera lo posible por capturarlo y no darlo de baja; aunque en mis adentros yo sabía que eso iba a ser imposible.

De forma sorprendente (o quizá no tanto), las Farc no suspendieron los contactos secretos, que eventualmente llevaron a las conversaciones de La Habana. Santos describe con satisfacción (y con mucho detalle) las larguísimas negociaciones, tirantes, pero honestas por ambas partes, que reunieron en la capital cubana a decenas de jefes guerrilleros y a negociadores del gobierno, incluyendo a militares de alta graduación. Y de ahí a la firma final del acuerdo en Cartagena. Pese a la enorme distancia política y ética que les separaba (y les separa), el presidente muestra a lo largo del texto el debido reconocimiento a la voluntad de la guerrilla de negociar de buena fe.

Los enemigos políticos del presidente, por el contrario, apostaron siempre a acabar militarmente con la guerrilla. O actuaron como si creyeran que ello era posible en un plazo razonable. Para ello, y como condición sine qua non, resultaba necesario negar la existencia misma del conflicto armado, rebajarlo a mera violencia que podía y debía ser perseguida exclusivamente por medios militares. ¿Cómo es ello posible?

–Yo me hago la misma pregunta: ¿Cómo es posible que todavía gente pueda decir que aquí no hubo conflicto armado con más de 250.000 muertos y ocho millones de víctimas? Eso es inconcebible. Pero ya cuando uno profundiza sobre la condición humana en la lucha por el poder, eso lo dicen todos los clásicos, salen a relucir actitudes que son difíciles de comprender y por supuesto de aceptar.

–En un pasaje del libro, usted alude a aquellos que hubieran querido seguir con la guerra. ¿A quién se refiere?

–En eso sí no soy tan prudente, porque sí había mucha gente que estaba interesada en que la guerra no terminara; gente que vive de la guerra, narcotraficantes, vendedores de armas. También desde el punto de vista político hay muchas personas que prefieren estar en un ambiente de conflicto, porque son expertos en manipular los miedos, en manipular los odios. Eso lo estamos viendo no solamente en Colombia, sino en el mundo entero. Había mucha gente que no estaba de acuerdo, por diferentes razones y por diferentes intereses, en que se terminara esa guerra.

Uno de los puntos más controvertidos, y Santos así lo reconoce en el libro, fue no revelar durante la primera campaña electoral su intención de negociar con la guerrilla. Cita a De Gaulle, cuando concedió la independencia de Argelia y algún otro caso, pero ninguno resulta convincente, le digo. Cuando las circunstancias cambian, las promesas también pueden cambiar. No es su caso, puesto que, como también revela en el libro, su voluntad de abrir ese diálogo era firme.

–Yo describo muy bien que había tres cosas que yo había identificado [para tener éxito en una negociación]: la correlación de fuerzas militares [a favor del Estado], la voluntad de los comandantes de las Farc de meterse en el proceso y el apoyo regional en una guerra asimétrica en el mundo de hoy. Ese apoyo regional no lo tenía y solamente lo podía conseguir siendo presidente. Entonces, yo no quería anticiparme a generar la reacción que iba necesariamente a producir una propuesta de este tipo antes de tener las condiciones presentes. Por eso, fue muy prudente en no anunciar que iba a hacer eso, sino hasta que tuviera las condiciones.

Ese “apoyo regional”, traducido, quiere decir: cortejar a Hugo Chávez de Venezuela, y posteriormente a su sucesor, Nicolás Maduro, con quién había sostenido enfrentamientos y agarradas épicas, por un lado; y por el otro, con el presidente de Ecuador, Rafael Correa, enemigo jurado desde que el Santos ministro de Defensa ordenara el bombardeo de una base de las Farc en territorio ecuatoriano. Más Cuba. Tres gobiernos en las antípodas de su tribu política, que vagamente se podría clasificar como liberalismo progresista internacional.

En su libro, Santos agradece en numerosas ocasiones el apoyo prestado por Chávez, Maduro, aunque nunca precisa los detalles de esa ayuda, le digo.

–Chávez les decía a la guerrilla: “Este es el momento, este señor Santos está jugando en serio” y yo creo que un papel parecido jugó Cuba. Había mucho escepticismo y desconfianza. Al fin y al cabo, yo había sido su verdugo, o al menos eso decían. Eso fue importante. Fueron varias las ocasiones en que [la guerrilla] tenía problemas para aceptar un punto o que no entendían la posición del gobierno o que no eran realistas. Ahí también intervinieron Chávez y Maduro para desempantanar temas específicos. Las Farc creían en Chávez.

Con Correa, los problemas se solucionaron tras una “franca y breve” conversación en una cumbre en Georgetown, cuyo contenido literal tampoco desvela el libro.

–Nos fuimos a un recinto aparte. Le dije a Correa que yo entendía su malestar por haber sido el responsable del ataque a Raúl Reyes en su territorio. Pero que esperaba, por el bien de nuestros pueblos, que pudiéramos hacer las paces y trabajar juntos por la paz.

–Y aceptó.

–El aceptó y las relaciones entre Ecuador y Colombia solo mejoraron de ahí en adelante. Aunque hay algo que le cuento. Al final hablamos de esto con el presidente Correa y le dije: “Mira, sí hay una cosa que siempre no me gustó de su gobierno”. Me dijo: “¿Qué?”. “Que cada vez que hacíamos una cumbre…”, porque empezamos hacer cumbres con ministros y él acababa cantando; y yo siempre he sido muy malo para cantar; y comentaba con el canciller: “Uy, ojalá hoy no salga con la guitarra a cantar, y no ponga a la gente a cantar”. Pero siempre sacaba a la gente a cantar.

–Eso no se arregló.

–No, eso quedó sin arreglar.