Diario del Cesar
Defiende la región

La 44, dónde el sexo tiene precio

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Como si se tratara de siluetas que salen en medio de la oscuridad, jóvenes mujeres y trans*  ofrecen sus cuerpos a cambio de dinero en una importante avenida de Valledupar.  Son más de 50, que llegan a las 7:00 de la noche y finalizan la jornada a las 3:00 0 4:00 de la mañana.

 La noche caía y poco a poco iban llegando a su sitio habitual. Las encontré reunidas, sin dudar me les acerqué y con un buenas noches inicié una conversación que presumí no sería correspondida, pero su aceptación fue inmediata.

Al principio solo eran seis, y con el paso de las manecillas del reloj fueron llegando más y más. Todas jóvenes, en su mayoría venezolanas y pocas colombianas o colombovenezolanas, unas más vestidas que otras, con la misma alegría como si se tratara de una fiesta que pronto iniciaría.

Estaban ubicadas a pocos pasos de la glorieta que se encuentra cerca de la Terminal de Transporte de Valledupar, en un lugar oscuro en donde cada minuto llega un hombre, se les acerca, escoge a una, dialogan y si llegan a un acuerdo se van en taxi, carro particular o en motocicletas. En ocasiones solo se devuelven por donde vinieron.

Allí estaba ella, le dicen ‘Cara bonita’. Vestía con un short corto blanco, una blusa esqueleto del mismo color, un strapless y botiquines económicos. Se diferenciaba por los rizos negros definidos que adornaban su rostro angelical, aquel pude observar entre las luces de los vehículos que pasaban por la Avenida 44.

Entre risas decidió hablar de su realidad y contar su muy particular historia, eso sí, evitando videocámaras o cualquier fotografía. La grabadora de voz estaba lista para captar cada detalle.

‘Cara bonita’ es una de las casi 30 mujeres jóvenes que se ubican de lado a lado de esta doble calzada, quienes hacen varios meses llegaron al país como parte del río humano que migró de Venezuela en búsqueda de una “vida mejor”, pero la suerte no ha sido su aliada. Al parecer esta fémina está embarazada.

Ella, de contexto delgado, durante el día vive una vida normal. Junto a su esposo crearon una peluquería para sostener a su hija de tres años, ayudar a sus madres y su hermana que con 25 años es madre de seis. Durante el día trabaja como estilista y en la noche ejerce la prostitución, sin importar su estado de gestación.

Justificando su accionar, con mirada desafiante, afirma que la misma sociedad la empujó a esta vida. “Yo trabajé honradamente y mi jefe me quería comer, me ofrecía 60, 70 mil y yo preferí salir, porque eso es someterse todo el tiempo a lo mismo”, apuntó.

Mientras tanto, otra de las risueñas compañeras, cabello rubio teñido, un tanto desordenado, parecida a su personalidad, blusa esqueleto amarillo y short de jean, exclamó: “Esto es duro, todos los días son iguales, está pesada la vaina, hemos pasado hambre y dormido en la calle”.

LA MORENA

A mi lado también estaba otra joven agraciada, su nombre no lo sé y tampoco recuerdo habérselo preguntado, fue la única condición para poder charlar confiadamente, pero decidí identificarla como ‘La Morena’.

Ella usaba un vestido negro muy corto, hombros descubiertos, unas sandalias bajitas negras como de estar en casa. Es una de las más gruesas del combo de 10 que permanecen en la zona derecha de la vía, mientras que en la izquierda se ubican cerca de 20, un poco más rellenitas, e incluso con avanzado estado de embarazo.

Por la cabeza de ‘La Morena’, quien hace cuatro meses vivía en Maracaibo, Venezuela, nunca le pasó prostituirse, pero dice que la necesidad la conllevó a hacerlo, así como también lo manifiestan la mayoría de sus compañeras.

Mientras ella pasa sus noches en una de las vías más transitadas de la capital del Cesar, entre hombres y riesgos, su hijo de cinco años y su niña de seis meses duermen a veces con hambre en Maracaibo. Baja la cabeza mientras manifiesta: “trabajo acá para mandarles para la comida”.

RIZOS

Al Lado de ‘La Morena’ estaba ‘Rizos’. Al principio llegó a Colombia con las ganas de salir adelante vendiendo productos plásticos casa a casa, pero no le fue muy bien. En medio del trajín diario recibía insultos y poco o nada vendía.

“Esto no es fácil. Nadie sabe las cosas que tenemos que vivir a diario”- dijo, al tiempo que me preguntó: ¿tú piensas que es bonito que una persona llegue, esté contigo, llegue otro y esté contigo… hay hombres que te entienden, como otros que no… Hay unos que nos han sacado pistolas, nos han querido matar, nos han llevado en carro y nos hecho cosas malas, pero solo son cosas que nosotros sabemos, los demás piensan que solo nos ponemos a abrir las piernas y ganarse la plata fácil y ya”, decía Rizos, finalizando su conversación con la siguiente: “nadie sabe la gotera que le cae a cada quien en su casa”.

Cada una de ellas se arriesga por 100 o 150 mil pesos (si están con tres o cuatro hombres durante la noche), la mayoría tienen esposos, unos en Venezuela otros en Valledupar, quienes en ocasiones las acompañan para vigilar que ningún hombre les haga daño.

Algunas –pocas- viven solas, y ese dinero solo les alcanza para pagar la habitación, para comprar la comida y lo poco que queda se lo envían a sus familiares en el vecino país, en donde desconocen su actividad nocturna.

 “Me da miedo que mi madre se entere que hoy estoy trabajando en una vía, porque ella cree que trabajo en un estanco y si mi esposo se entera me imagino que ahí acabará todo”- decía Rizos, mientras las otras reconfirmaban con la cabeza cual gesto de arrepentimiento. Algunas no han cumplido la mayoría de edad.

Todas ejercen la actividad de manera libre. Aseguraron en medio de la algarabía que ni Migración, ni el Ejército o Policía les ponen problemas para trabajar, por el contrario las cuidan de cualquier situación.

 

LA MÁS JOVEN

Jenny, nombre que utilizaré para hablarles de una joven de 16 años que también hace parte del grupo de féminas que de 7:00 de la noche a 4:00 o de la mañana se apoderan de este lugar público, dice no estar complacida con lo que hace, es más lo asegura a nombre de todas.

Es una de las más afortunadas porque habita en la vivienda de un “buen señor” que les ha ayudado a ella y a su marido, pero no de gratis. Tienen que aportar para los servicios públicos y la comida.

Cada noche, Jenny tiene que consumir una sustancia psicoactiva para olvidarse de la realidad, o “sentir menos asco” y aguantar los insultos de la gente. Su pareja la acompaña de vez en cuando durante las noches, dice que de lejos la vigila, lo que le brinda mayor confianza.

Jenny está ahorrando dinero para irse a Medellín a vivir una vida nueva con su pareja, allá lo espera un trabajo digno.

LA CHIQUITA

 ‘La Chiquita’ –le dicen así por su estatura-, también hace parte del grupo que me rodeaba durante el diálogo ameno. Hace cinco meses llegó a Colombia. En Maicao duró dos meses colando harina y hace tres llegó a Valledupar, donde vendía galletas por las calles. Con tan solo 23 años es viuda con dos hijos, una de cinco y un niño de meses. A su pareja lo asesinaron hace un año y al poco tiempo ya estaba enamorada de quien al parecer está embarazada.

Recuerda que su madre, arquitecta, le toca salir a trabajar en un carro 350 por la vecindad a ofrecer los servicios de recolección de basuras para poder ganar dinero para la comida. A ella le dejó sus hijos, una noche cualquiera.

 “Dejé mis hijos tirados para tenerlos bien. Por Facebook mi mamá se enteró de que estaba trabajando, pero tenía que decírselo porque a mis hijo menor le daba mango con agua para pasar la noche”, dijo.

Ha sido una de las pocas con mayor problema. Una noche se fue en una motocicleta con un cliente, quien se negaba a estar con ella sin preservativo en medio de un monte y al negarse trató de golpearla con un bloque. “Casi me mata, forcejee y logré escaparme” –expresó mientras pedía a un cigarro a una de sus compañeras-.

Luego de conocer la historia de ella y de una cartagenera de 28 años, viuda con cuatro hijos de 10, 5, 3 y un año, quienes habitan en un cambuche a pocos pasos del lugar donde trabaja, terminé este diálogo con estas mujeres sumergidas en el mundo de la prostitución durante más de cinco meses en la Avenida 44 de Valledupar.

TRANSGÉNEROS

Caminé y a unas dos cuadras adelante pude observar otra situación similar. Eran los trans*, algunos travestis, otros transgénero, sometidos un proceso de hormonización para adquirir la apariencia de una mujer, quienes también viven bajo la sombra de la noche.

Moviendo su cabellera y cadera, con un vestido corto de tonos oscuros a la altura de la parte inferior de sus glúteos y piel trigueña, con un maquillaje fuerte y pestañas postizas,  caminaba de un lado a otro uno de los 11 trans* que se ubican cada noche en los alrededores del Hospital Eduardo Arredondo Daza, sede San Martín.

Lo detuve en medio de su coqueteo y con voz grave saludó. Dice que hace año y medio presta sus servicios en esta transitada avenida, donde en ocasiones recibe agresiones físicas y verbales, pero pese a ello le ha ido bien. En su acento maracucho dice que era profesional en una peluquería en Venezuela, pero le tocó vender su cuerpo por momentos para sobrevivir.

Y aunque haya encontrado receptividad en Valledupar, donde afirma que le han brindado ayuda las autoridades en salud en temas de capacitaciones, entrega de preservativos y otras ayudas, desea salir de esta actividad.

 “Tratamos de no ser tan vulgar”, expresó Camila, quien se retiró en búsqueda de un cliente.

TERRITORIO COMPRADO

En esa zona también estaba ‘Vanessa’, nueva en el oficio, quien con timidez expresó: “es duro estar aquí”.

Dice que la Avenida 44 se convirtió en una plaza, donde deben pagar a una tercera persona 50 mil por semana para poder trabajar, y de no hacerlo las amenazan o golpean.

 “Esto se me hace difícil porque tengo gastos y los ‘chirretes’ (se refieren a los que consumen marihuana) llegan a darnos planazos si no pagamos”, especificó ‘Vanessa’, quien dice ser víctima de la misma persona que hace poco había asesinado a una de sus compañeras.

 “Él me dijo que le había dado cinco minutos para irse y no le hizo caso y mira lo que le pasó. Nadie me creía que él mismo me apuntó en la cabeza en un parque por el que pasaba. Lo único que le dije es que no me matara y que se pusiera la mano en el corazón y que no me hiciera nada”, dijo demostrando temor por el maltrato de algunos clientes.

La charla pasó de ser de dos a cuatro personas, cuando de forma inesperada llegaron dos transgénero con el fin de averiguar de qué se trataba todo. Me les presenté y al tiempo les pregunté sobre cómo les ha ido. Dijeron que bien, aunque han sido objeto de necesidades. En ese instante dos más se acercaron alegremente interrumpiendo la conversación.

Una de ellas aseguraba llamarse ‘Natalia del Mar’ y con inquietud preguntó si la muerte de la ‘Lili’ había quedado impune. Sólo pude contestar que eso solo lo podía responder la autoridad correspondiente, no obstante indicó que “aquí no hay justicia, y a cualquiera le puede pasar y ya no pasa nada”.

“Entre nosotras nos cuidamos. No podemos permitir que un hombre venga a lastimarnos”, dijo esta persona de talla gruesa, quien indica que en Valledupar hace falta apoyo a la comunidad LGBTI por parte de las autoridades.

¿RIVALIDAD?

Un cierto inconformismo pude observar entre las trans* y meretrices,  quizás ante la preferencia de algunos o por la diferencia de otros. Al tiempo exclamaban que todas son iguales y no debe haber rivalidad, sin entender el por qué a las 11:00 pm la Fuerza Pública les pide que dejen la ‘plaza’, mientras que a las jóvenes las dejan estar, aparentemente, hasta las 4:00 de la madrugada.

“Nosotros queremos que a ambas nos cuiden, porque también tenemos las mismas necesidades. Yo no cuento con sueldo, cuento con las calles, con lo que me dan los hombres. Una vez un hombre me quiso humillar con cinco mil pesos, y no me voy porque no me llamo cinco mil, yo me llamo 50, 80, 100 mil pesos porque pago 60 en hotel, cinco mil de desayuno y ocho mil en almuerzo, en cena, en la ropa, somos unidas y compañeras y gracias a eso estamos mejor”, dijo.