Diario del Cesar
Defiende la región

El drama de las empleadas domésticas en pandemia 

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POR 
NINOSKA 
REYES URDANETA 

“Cuando pase todo esto del coronavirus, te llamo”. Fue la frase que a finales del mes de marzo escuchó Guadalupe Acosta Pérez, una mujer vallenata de 48 años de edad, quien durante cinco años, prestó sus servicios como empleada doméstica y a causa de la pandemia, fue suspendida y dejada en espera de una esperanza laboral. 

En sus oídos retumba esa frase, sus necesidades se han ido multiplicando y hasta el momento, ha sido imposible volver a conseguir la estabilidad que por varios años disfrutó.

En su rostro y manos, se evidencia el trabajo que hasta el momento ha pasado. Le ha tocado acercarse al mercado a ayudar a una amiga a lavar papas y verduras, por 15.000 pesos al día, o quizás visitar a otra conocida en una pequeña venta de comida, donde por lavar los platos tiene derecho a un almuerzo y varios sorbos de tinto.

El caso de Guadalupe, refleja las adversidades que miles de trabajadoras domésticas han recibido de sus patrones desde que se inició la pandemia, realidad que se recrudece en Valledupar, donde el pico de contagio sigue deteniendo la reactivación económica y social, que en gran parte del país se está llevando a cabo.

No solo no pueden salir de su hogar para cumplir con su trabajo limpiando, cocinando y cuidando otras casas, sino que el aislamiento hizo que sus labores se volvieran prescindibles, dejando como resultado, el desempleo.

Según lo ha reflejado el DANE, a través de la Gran Encuesta Integrada de Hogares 2019, en Colombia más de 687 mil personas se dedican al trabajo doméstico, de las cuales, el 95 por ciento son mujeres, muchas cabeza de hogar y en condiciones precarias.

PIDEN LA PRUEBA COVID-19 

Yaneth González Milenio, es otro ejemplo del olvido que han tenido las trabajadoras domésticas durante esta pandemia. Asegura que apenas había comenzado a trabajar en enero y en abril fue notificada de la suspensión de sus labores.

“Salí sin nada, no tenía posibilidades de buscar otras alternativas y eso lo veía entre algunas amigas que también habían sido despedidas. La frase ha sido similar de los patrones, luego yo te llamo”.

Sin embargo, esta mujer madre de tres hijos a quienes tienen radicados con su padre en el municipio de Aguachica, ha tenido que buscar otras posibilidades y tocar puertas en busca de internarse, para mostrar la voluntad que tiene al trabajo y las medidas de prevención contra el virus.

Pero otra piedra en el zapato apareció. Ahora los empleadores están pidiendo la prueba de Covid-19, que en un laboratorio privado supera los $300.000, porque la EPS no la procesa si la persona no presenta síntomas.

“Y eso no es todo, muchos me piden hasta elementos de bioseguridad como guantes, mascarilla, alcohol, overoles y una serie de protocolos que son difíciles de adquirir por su alto costo. No tengo trabajo ni para comer, mucho menos para invertir en todo esto sin garantías de nada, porque algunos dicen que si se presentan atrasos en el pago, que entienda que la situación está dura”, afirmó mientras reiteraba que ella es un ejemplo de esa dura situación, que ha tenido que enfrentar desde la llegada de un virus que nadie esperaba.

Yaneth fue enfática en afirmar, que lamentablemente el trabajo doméstico se sigue viendo como un servilismo y en realidad es un oficio básico, que lejos de ser fácil está rodeado de adversidades y mucha dedicación.

BAÑARSE UNA Y OTRA VEZ 

La realidad de las empleadas domésticas en Valledupar no está siendo muy diferente a las de las grandes ciudades del país. Muchas personas hasta las culpan de llevar el virus a su casa por tomar el transporte público, un mototaxi o tener contacto con personas diferentes a las que debe lidiar a diario en un hogar.

Es el caso de Daylen Jimena Díaz, quien dijo que sus patrones prescindieron de sus servicios en el mes de mayo, por no aguantar económicamente el servicio, pero con la esperanza de recontratarla.

Y así fue, a mediados de agosto recibió la tan espera llamada para que volviera al trabajo, eso sí, con guantes, tapabocas y alcohol que en la residencia se le hacía la desinfección.

Para esta mujer, quien es madre de dos hijos, fue emocionante pensar que sus pesadillas económicas habían llegado a su fin y que volvería a la normalidad, ya que a pesar de no ser un sueldo alto, ayuda a suplir sus necesidades básicas.

 El día llegó, y para sorpresa de ella las restricciones empezaron en la portería del conjunto residencial en el norte de la ciudad. “El vigilante me tomó la temperatura, me desinfectó las manos y me dijo que debía quitarme los zapatos, meterlos en una bolsa que me facilitó y llegar al apartamento a pie descalzos”.

Manifiesta Daylen Jimena que no alcanzaba a entender la situación, sin embargo, siguió las instrucciones y avanzó. “Al llegar a la puerta me recibió  la patrona, antes que un saludo la orden fue rociarme de alcohol en todo el cuerpo y que fuera directo al baño a ducharme, que empacara la ropa y usara un overol que estaba guindado en el baño”.

Comentó que allí comenzó a sentir la humillación, ya que lejos de entender que hay que cuidarse, primero está la confianza y el tiempo que ella les había dedicada, sabiendo que es una personas limpia y cuidadosa.

No obstante, Daylen siguió el paso, hasta después de tres horas que nuevamente comenzaba la desinfección, de nuevo a bañarse y que a partir de la siguiente semana debía internarse en la residencia, porque podía llevar el Covid-19 e infectarlos a todos.

 “En ese momento me olvidé de crisis, de necesidades y pensé en mi como persona. Es entendible que el autocuidado es lo importante para enfrentar la pandemia, pero llegar a esas humillaciones no se justifica. Sentí que yo era una amenaza y si alguien llegara a infectarse sería mi culpa”, afirmó Daylen al tiempo que recordó, que lo único que hizo fue quitarse todo el vestuario que tenía encima y decirle adiós a su patrona.

Ahora que se están retomando, aunque de manera lenta, las actividades económicas, entre esas este tipo de trabajo, muchas también tienen la inquietud  de quién garantizará su seguridad y cómo las recibirán sus jefes, si es que las vuelven a contactar. Incluso hay muchos conjuntos residenciales donde no las están dejando entrar.

Lamentablemente la pandemia también ha puesto de relieve la discriminación contra el personal doméstico en la región, donde esta labor representa hasta 14,3% del empleo femenino.

Siete de cada diez quedaron desempleadas o perdieron horas de trabajo por las cuarentenas, de acuerdo con la CEPAL, que calcula en 77% su informalidad laboral.