Diario del Cesar
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Venezolanos en el Cesar en medio del destierro, la soledad y el hambre

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Para muchos este será el primer Fin de Año lejos de su país. La dolorosa migración que busca ayuda en nuestro país.

En un reconocido monumento al sur de Valledupar, llamado Cacique Upar, ubicado en cercanías del Terminal de Transportes, una mujer se encontraba en cuclillas a pleno sol de mediodía lavando en un balde la ropa de su familia, mientras su cónyugue la ayudaba a tender sobre el jardín del lugar.

Maidelin Ospino tiene 30 años, luce un vestido negro a la rodilla y cabello amarrado.  Ella, junto a su esposo e hijos llegaron a la capial del Cesar hace 8 meses desde Maracaibo, estado Zulia, (Venezuela).

“Allá la vaina se puso arrecha (dura).  Si nos tocaba una comida al día la dejábamos para la tarde, pero sobre todo para los pelaos, nosotros aguantábamos”, dice Ervis Betic, quien hace 10 años convive con esta mujer de piel morena.  Al tiempo Maidelin exclamó: “¡Estamos aquí por ellos!” Lo dijo mientras giraba la cabeza y señala a sus pequeños de 3 y 5 años que permanecen dormidos en la base de la relevante infraestructura.

El sonido del cepillo de ropa se mezclaba con el sonido de los motores y vocinas de vehículos que de manera constante transitan por este sitio como entrada principal de Valledupar, vía municipio de La Paz.

Dicen que llegaron a Valledupar porque aquí se ayuda mucho a la gente. Venden caramelos en diferentes espacios públicos. “Gracias a Dios nos ha ido bien.  Nos ayudan con la comida, la gente llega y nos trae, hasta regalitos para los niños”.

No quieren volver a su país natal, al menos por ahora. “¿Venezuela? ¡No! No queremos, porque él (presidente Nicolás Maduro) tiene a Venezuela así. Cuantos niños se han muerto de hambre, de necesidad. Hay padres, como yo,  que no tenemos para darle a nuestros hijos, porque tampoco hay empleo.  No apoyamos a Maduro por eso”.

“¿Sabe que es feo?” – pregunta Ervis para darse la respuesta de manera inmediata, “que llegue la noche y los hijos de uno le digan: papi tengo hambre, pero contamos con suerte que hay gente de muy buen corazón y siempre llegan y nos regalan comidas”.

Ervis, Madelein y sus dos hijos duermen en una carpa, cada noche con la ilusión del que mañana será mejor.

´TENGO 8 MESES SIN VER A MI FAMILIA´

Un joven de 16 años, vestido con camisilla, pantaloneta y chancletas, llegó a Valledupar acompañado de varios amigos, sin avisar a sus familiares.  Se refiere a su país como el lugar donde es difícil vivir en estos momentos.

“Somos seis hermanos, mi papá y mi mamá no saben cómo darnos la comida, porque el salario de un mes de trabajo alcanza solo para un kilo de arroz.  Tengo 8 meses sin verlos, quisiera verlos, pero no tengo los pasajes” dijo el muchacho acompañado de tres jóvenes más que se han convertido en hermanos.  Todos trabajan vendiendo caramelos en las calles.

“La situación en Venezuela está tan difícil que el que desayuna no almuerza y cena, y el que almuerza no desayuna ni cena.  En cambio aquí si vendemos 10 caramelos tenemos mil pesos y con eso compramos algo, ya sea dedito u otra cosa, que no llena, pero al menos no pasamos hambre”, manifestó otro joven.

SIN RUMBO FIJO

Acostado sobre una hamaca sostenida por dos de las decenas de árboles que hacen parte de la glorieta en cercanías del Terminal de Transportes se encontraba William Cordero, con ojos cansados y desmotivado ante la falta de alimentos.

Hace cinco meses llegaron a Valledupar desde Venezuela caminando, pidiendo “chance” (transporte gratis).  Aseguró que no se pueden quejar de los colombianos.  “Nos han tratado bien, han repartido regalos, comidas…”, dice William, quien con nostalgia relata que en el hermano país trabajaba de agricultor, limpiaba solares, cargando bultos, pero aquí no, porque aunque muchos somos buenos, otros no, y “pagan justos por pecadores”.

Son ocho amigos en total los que llegaron con él.  Se turnan para salir a trabajar y encontrar el sustento diario.  Todos, excepto William, duermen literalmente en el suelo.  Usan un solo celular para contactarse con sus familiares y comparten una grabadora para distraerse y olvidar sus penas, comparten las únicas sábanas que los acompañan y hasta el jabón para ducharse en un lugar público.

Jesús Oviedo es uno de los ocho.   Él usa gorra, barba de chivo, es corpulento y piel trigueña, es huérfano de padre y tiene dos hijos que también están en Colombia, pero desconoce en qué lugar.  Con voz desanimada, en cuclilla, agachando la mirada y con ojos desorbitados cuenta que quisiera regresar a su país, pero “el gobierno está comprado”.

“A Maduro lo va a sacar otro país.  Nosotros no hemos podido… Lo primero que dijo el presidente Chávez fue que en el pueblo está la unión, pero el mismo pueblo no ha podido sacar a Maduro y ahorita menos, que mucha gente se ha ido para otros países.  Y seguirán viniendo si sigue así, porque hay alimentos, pero caros, y no alcanza un sueldo para comprarlos”.

DE SECRETARIA A LIMPIAVIDRIOS

Franci Rico, una mujer de ocho meses de embarazo, dice que le ha tocado duro vivir esta crisis de sus país donde trabajaba como secretaria de una universidad.  Aunque el empleo era fijo le tocó renunciar porque el sueldo no rendía para darle de comer a su hijo de tres años, su madre y alimentarse bien por el bienestar del bebé en camino.  Le tocó salir del país, dejar la pena a un lado y sumergirse en la labor de limpiar vidrios.

En un semáforo ubicado en la carrera 7, en cercanías del centro comercial Mayales, inicia el trabajo de 8:00 de la mañana a 12:00 de la tarde, y de 4:00 de la tarde hasta las 8:00 de la noche, pese al estado en que se encuentra.

“Por mi hijo lo hago, y no me da pena hacerlo y menos así embarazada. Para mí es normal, porque estoy trabajando honradamente, no le pido a nadie”, dice mientras se quita del hombro una pequeña toalla con la que se acerca a los vehículos para limpiarlos.

A Francis le tocó dejar todo; su casa propia, muebles y amigos y familiares para buscar una nueva vida. Una esperanza para sus retoños.

“No ha sido fácil, pero con este trabajo ya he podido pagar arriendo y he ido ahorrando poco a poco para cuando dé a luz y no sufrir por la comida”, especificó.   Del papá del niño, solo dijo que estaba en Perú, aportándole desde allá lo poco que también puede conseguir.  A finales de enero su hijo llegará como la luz de esperanza.  Será el colombiano de la familia.

De todas estas historias el común denominador es que nadie quiere volver a casa, o al menos por el momento, que aunque su corazón pertenezca a allá, su cuerpo y alma están en Colombia, en donde trajeron una maleta repleta de sueños y los mejores deseos de nuevos tiempos para el vecino país, donde viven una Navidad diferente y esperando un año esperanzador, un nuevo tiempo para la República Bolivariana de Venezuela.

Por MERLIN DUARTE GARCÍA