Diario del Cesar
Defiende la región

´Me arrodillé y le pedí a Dios que no se llevara a mi muchachito

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POR
NINOSKA
REYES URDANETA

Inconsolable, aturdido y sin asimilar aún la muerte de su único hijo varón, llegó a Valledupar con la esperanza de regresar a su natal Tasajera en el Magdalena, junto a su muchacho de 17 años, una de las víctimas de la explosión del camión cargado de combustible y que falleció la noche del viernes 10 de julio, a pocas horas de haber ingresado al centro asistencial, en la capital del Cesar, con el 80% de su cuerpo quemado.

Así como quedaron las huellas de las fuertes heridas en el cuerpo de Ángelo Johan Pérez Gutiérrez, producto de las llamas que lo abarcaron de pies a cabeza durante el hecho que se ha convertido en la pesadilla de más de 50 familias, ha quedado marcada la vida de Alcibíades Manuel Pérez Salcedo, un humilde pescador, de 48 años de edad, a quien la vida lo sorprendió con este hecho que le ha apagado parte de su alegría, pero que a la vez seguirá siendo la fortaleza para sacar adelante a sus otras tres hijas, con quienes habita en el barrio El Silencio en Tasajera.

Eran las 7:30 de la mañana de aquel lunes 6 de julio de 2020, toda la familia se preparaba para salir a trabajar y otros a cumplir con los quehaceres del hogar. Ángelo Johan alcanzó a encender el televisor, se colocó una camiseta blanca y se despidió sin saber que sería la última vez que vería a sus padres, hermanas y a su pequeño niño de 2 años, Sebastián.

El joven, quien solo alcanzó el grado diez, tenía un año dedicado a vender gaseosas en el peaje, ubicado en la entrada al corregimiento de Tasajera, a ocho kilómetros de donde ocurrió la tragedia. A pesar de su juventud y la prematura responsabilidad que le tocó vivir con el nacimiento de su hijo, sus días los dedicaba a trabajar, cuando las ventas estaba malas cualquier cosa hacía por llevar el sustento a la casa.

Ese lunes la jornada del día no se vislumbraba diferente, un amigo le ofreció el chance en una motocicleta hasta el peaje, pero las tentaciones cuando quieren consumir a una persona, no hay poder humano que lo evite.

 “Así pasó con mi muchachito, a su amigo le avisaron que se había volcado un carro tanque cargado de gasolina, lo vieron como una posibilidad económica para el momento, sin saber que era el inicio de una pesadilla de la que aún no logro despertar”, manifestó Alcibíades Manuel con una voz quebrantada y un llanto atrapado en su pecho, que solo permitía que las lágrimas bajaran por su mejilla, como el agua de un corazón congelado que no muestra ni señas de superar el dolor.

Ningún amor es más grande que el de un padre por su hijo, así lo manifestó Alcibíades Manuel, quien en un principio se rehusaba a hablar del tema. La impotencia por los largos cuatro días que tenía en Valledupar sin poder llevarse el cadáver de su hijo, lo mostraban intolerante, incomprensivo, pero con unos ojos llenos de lágrimas que expresaban el auxilio que necesitaba, su único hilo de esperanza es que le entregaran el cuerpo de su hijo menor para darle cristiana sepultura.

UNA MENTE NUBLADA POR EL DOLOR

Valledupar es una tierra de acordeones, historia y referencia de un festival vallenato que es sinónimo de alegría y parranda, pero lamentablemente para Alcibíades Manuel, fue la tierra en la que había puesto las esperanzas para la recuperación de su hijo, y hoy es el recuerdo del lugar donde pasó los cuatro días más tristes de su vida.

Detalló que el día del accidente se encontraba trabajando, los rumores empezaron a llegar y las emisoras de radio lanzaban la primicia. “Mi mente se nubló cuando un primo me llamó y me dijo que a Ángelo se lo habían llevado quemado, no sabía si llorar, correr o pedir ayuda; sentía que mi vida se había partido en dos”, afirmó mientras no dejaba de llorar y por fin accedió a desahogar su dolor.

“En ese momento solo pensé en ir a las clínicas a saber del estado de Ángelo, quien fue remitido de inmediato a Santa Marta, donde estuvo cinco días hospitalizado. En principio no mostraba mejoría, estaba inconsciente y a 24 horas de accidente, le dieron dos paros respiratorios que logró superar”.

Pasadas las 72 horas, mostró estabilidad y las esperanzas estaban puestas en un mejor centro asistencial en la capital del Cesar. “Yo veía que trasladaban a otros pacientes hacia Barranquilla y Bogotá, y de mi hijo nada decían, era desesperante, hasta que me informaron que sería llevado a la capital del país, vi de nuevo una luz en el oscuro camino que estábamos viviendo, pero nada que se daba”.

“AQUÍ ESTÁ TU PAPITO”

Reiteró que ya eran cinco días de dolor y sufrimiento, fue tanto pedirle a Dios que por fin anunciaron el traslado, pero a Valledupar. “Solo recuerdo el frío ambiente de la clínica, y cuando las puertas abrieran venía mi hijo en esa camilla que poco a poco rodaba hacia la ambulancia. Le dije hijo aquí está tu papito, fuerzas, Sebastián te espera”.

Recuerda que abordó la ambulancia y al lado de la camilla, solo alcanzaba a implorarle a Dios para que su hijo se levantara, que el milagro que un día hizo en la familia de regalarle el hijo varón, ahora se lo devolviera con vida.

Lamentablemente ya en el camino Ángelo empezó a presentar nuevos paros respiratorios, la situación se complicaba y a su lado solo le hablaba pidiéndole fuerzas y aguante, pero apenas llegó a Valledupar la situación fue crítica.

“Bajando a mi hijo de la ambulancia casi sin fuerzas logré dar unos pasos detrás de la camilla, me arrodillé en la puerta de la clínica y con los brazos tendidos hacia arriba solo le imploraba a mi Señor ayuda y vida para el pequeño de la casa, el que ahora se convirtió en el ángel para todos.

NO LO PODÍA ENTENDER

La noticia de su muerte llegó a las 7:15 de la noche, fue un momento “que no podía creer y la pesadilla tomaba el peor de los tonos. Reventé en llanto miré a todos lados y solo alcanzaba a ver al resto de los familiares de los diez pacientes, que aún permanecían con vida en la Clínica Médicos de Alta Complejidad. El desespero se apoderó de mí y el deseo era sacar a mi hijo de ese lugar para llevármelo a su tierra”.

Fue una noche sin dormir, 48 horas casi sin comer y un gran dolor que se reforzaba con la tardía diligencia para el traslado del cadáver a Tasajera. Por ser menor de edad, se debieron hacer unos trámites adicionales que impedían la entrega.

Alcibíades pasó hasta el lunes 13 de julio entre la Medicatura Forense y la clínica. Ya no podía con el dolor en su alma y aprovechó la visita del gobernador del Magdalena, Carlos Caicedo, a Valledupar. En primera instancia no logró hablar con el mandatario y la impotencia se volvía a apoderar de él, hasta que un delegado le explicó el proceso que justificaba la demora.

Pasadas las horas la calma volvió a su mente, accedió a ingerir alimentos y recibir ayuda psicológica para enfrentar el dolor. Permaneció en un albergue que la Gobernación del Magdalena ha habilitado en Valledupar, donde se encontraba con 17 familiares de las víctimas del incendio.

Allí recibió apoyo psicológico del médico Álvaro Javier Machado Morales, quien para el momento indicó que todos los familiares están recibiendo el apoyo por los duros momentos que enfrentan.

En primer lugar se les está ayudando con el manejo de estrés, la ansiedad y la etapa de superación del dolor. “Entendiendo estos tiempos de pandemia ellos no deben estar en el centro de salud, por lo que a través de videollamadas se les ofrecen dos partes médicos al día, y hasta videos de los heridos conscientes para darle tranquilidad al familiar y al paciente”, dijo.

Finalmente, la mañana del martes 14 de julio, Alcibíades Manuel le ponía fin a su historia en la capital del vallenato, regresó a su tierra con su hijo en un ataúd, resignado y convencido que el corazón está preparado para separarse de los padres, nunca de los hijos.