Diario del Cesar
Defiende la región

Miseria y ostentación a un paso

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El contraste social es, a simple vista, notorio en este sector de Valledupar. Gente adinerada y de estrato medio, de un extremo de la calle y, por el otro, personas que tasadamente tienen para comer.

De día y de noche el tráfico vehicular y peatonal es constante.  Pasan carros de alta gama, de baja y hasta ‘carromulas’.  Es una de las vías más largas de la capital del Cesar, conecta al norte con el sur; comienza en el Balneario Hurtado y termina en la calle 44, en todo el este de la ciudad.

En un recorrido, de inicio a fin, por esta arteria principal se encuentra de todo un poco, en especial la diferencia de estratos sociales.

Por un lado de la vía, desde el Cerro DPA hasta la calle 16, se observan lujosas viviendas, de estrato alto, de familias pudientes, poderosas y reconocidas; por el otro, familias vulnerables, desplazadas, víctimas del conflicto armado y desconocidos.

Cerradas, con carros lujosos, rejas y hasta con celaduría, permanecen en su mayoría las viviendas de uno, dos o tres pisos del barrio Novalito, entre otros, donde también han sido construidos edificios de apartamentos.  En este sector funcionan varios de los restaurantes más reconocidos de la ciudad, centros comerciales, gimnasios, empresas públicas y privadas.

Del otro lado el panorama es distinto.  Desde la calle 11 hasta la 44, por toda la margen derecha del Río Guatapurí, las casas permanecen abiertas, las personas caminan de un lado a otro, se gritan para saludar desde sus casas, algunas de bloque, otras de cartones o plástico.  Allí el ruido es mayor, así como también las ganas de salir adelante.  Abunda la necesidad, burlonamente, la escasez; el hambre y la desesperanza.

Con una pala en el hombro, una bolsa liviana en su mano izquierda, un bolso terciado, una camisa negra de puntos blancos, jean y botas pantaneras se asoma un hombre de 34 años, delgado, sus rasgos físicos sugieren que proviene de una etnia indígena.  Sube la pequeña loma que da acceso a los barrios el Pescaito, Zapato en Mano, El Paraíso y Nueve de Marzo, ubicados en la margen derecha del río Guatapurí.

Al llegar a la cima, en toda la esquina donde funcionó por muchos años la Permanente Central de Policía, se detiene, pone la pala en esa calle empedrada, se acomoda  y comienza a indagar por las personas que con cámaras registran el mal estado del sector y pregunta: “¿Ustedes son periodistas?”.

Con mirada triste y gesto amable comienza su relato.  “Vengo de la vereda La Campana, municipio de El Tarra, Norte de Santander”.  Él es una de las más de 100 personas que salieron hace más de un año del ‘Catatumbo’ a raíz de la violencia que azotaba la zona, y aunque allá la situación no era nada fácil, en el sector donde habita en Valledupar no es mucha la diferencia, vive en ‘La Macarena’, un sitio conocido por el alto grado de inseguridad, con supuestas líneas imaginarias, ‘ollas’ de microtráfico y, al parecer, delincuencia organizada.

Aunque muy poco este hombre sufre por actos violentos en el sector, ya que sale temprano y llega tarde a casa por cuestiones de “rebusque” en oficios varios, asegura que quiere irse del lugar y ruega a Dios cada día para que sus tres hijos de  los cuatro que tenía, -entre ellos una niña fallecida por enfermedad de cáncer y por la cual se le aguan los ojos- no sigan el camino del mal.

Dagoberto López Carvajal, aunque tiene apellidos de familias reconocidas en Valle del Cacique Upar, sin ser pariente, sabe lo que es dormirse sin comer y levantar el ánimo para seguir adelante, pese a que su esposa permanece hospitalizada en un centro asistencial de la ciudad a raíz de un cáncer que está apagando su vida.

Dagoberto también sabe lo que significa la humildad y la mano extendida de personas clase social alta.

“He contado con ayuda del pueblo; con el dueño de Auto-Adán y hasta la señora Dayana Jaimes, esposa del finado Martín Elías, que me han ayudado, sobre todo cuando estaba mi hija viva.  Una vez me llevó hasta una droguería, yo creía que el medicamento costaba unos 30 mil o 40 mil pesos, y cuando dan el precio… ¡$700!  Yo le dije: patrona deje así, y me dijo que hasta dos millones pagaba por ese medicamento para salvarle la vida”, manifestó mientras agachaba la cabeza para esconder sus lágrimas.

Así como Dagoberto, quien llorando recordó que el 24 de diciembre pasó un día de hambre con sus seres queridos, existen muchas otras familias de la margen derecha sin cómo obtener el sustento diario.  A veces sus desayunos solo son agua con pan y en ocasiones no hay, mientras que del otro lado de la vía la cosa es diferente.

“A ellos les hago arepas, huevos revueltos, chocolate negro, queso, yuca, y otras cosas variadas”, decía Ilba Faride Medina mientras regaba el jardín de una casa lujosa, donde trabaja hace 33 años de los 54 de su vida.  Ha pasado laborando tanto tiempo en esta familia que ya la siente como suya.

De esa buena alimentación también disfrutan las familias Molina, Becerra, Villazón, Guerra, Zuleta, y muchas más de la zona.  A diferencia de los Rojas, los Pérez, los Baena, y demás de la margen derecha del Guatapurí, que a veces no tienen nada qué comer.

No obstante, algunos vecinos de la zona de los pudientes rescatan la gran obra social del reconocido artista Alfonso ‘Poncho Zuleta’, quien “ha ayudado con trabajo a varios habitantes de la zona de allá.  Eso sí tiene él, de buen corazón”.

Del sector muy poco conoce Igor Aroca, un hombre que lleva menos de tres meses viviendo en el Novalito.  Por temor, así como muchos otros habitantes, prefieren permanecer dentro de casa para evitar atracos o cualquier acto de violencia que afecte su convivencia.  Él vive en frente de un lote que es utilizado por jóvenes para consumir sustancias psicoactivas durante las noches. “Un vez dejé mi carro estacionado por un momento afuera de la casa y me robaron la batería.  Entonces, anda uno en zozobra. Quizás por este hecho no hay comunicación.  Mis hijos no salen, dejo que jueguen dentro de casa, en un parque o centro comercial”, afirmó Igor. La comunicación con el exterior es casi nula.

Y mientras los habitantes de estrato alto siguen con temor de ser afectados por personas que deambulan por las calles, en aparente estado de consumo de sustancias psicoactivas, los de los barrios vulnerables, como Dagoberto, esperan que el 2019 les traiga cosas nuevas y mejores, entre ellas una casa, empleo y alimentos diarios.

Dagoberto finalizó la charla, tomó de nuevo su herramienta de trabajo, se la puso al hombro y salió rumbo a Bello Horizonte, al noroccidente de la ciudad a limpiar un lote para ganarse el día y así poder darles de comer a sus hijos de 4, 7 y 12 años, y sobre todo comprar los medicamentos de alto precio que necesita su esposa para mejorar su salud.

“Desde que tengo la bendición, pa’ lante es pa’ allá.  El 24 (diciembre) nos acostamos sin comer, y ahí vamos”: Dagoberto López Carvajal.

Por Merlin Duarte

Con la cabeza inclinada, Dagoberto esconde sus lágrimas para hablar de su difícil situación económica.