Diario del Cesar
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Juancho Polo Valencia, un ‘astro’ que eclipsó el olvido

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Hace 42 años murió Juancho Polo Valencia, su tumba se la traga la maleza, mientras sus canciones suenan en las viejas y nuevas adaptaciones, sin que se sepa qué hacen estas regalías que por lo menos servirían para arreglar su panteón.

Un humilde campesino de Flores de María, en el Magdalena, escribió su nombre en letras de molde dentro del folclor vallenato, por su melodía, digitación y la hilvanación extraña que le hacía a su musa, tejiendo una especie de filosofía popular la que enmarañaba con frases al parecer incoherentes, pero que en el fondo tenía su propia traducción.

Su verdadero nombre era Juan Manuel Polo Cervantes, pero el mundo lo conoció como  Juancho Polo Valencia, este segundo apellido, se lo anidaron sus coterráneos por su constante proclamar de la poesía del vate, Guillermo Valencia.

‘Juancho’  como finalmente se conoció, murió como el almirante Cristóbal Colón, nunca supo lo que había descubierto; el juglar, ‘navegó’ en los mares de una sencillez extrema que no le permitió escudriñar la riqueza  de una  mente con gigantes ‘olas’ de intelectualidad empírica, lo que a la postre lo llevó al ‘naufragio’ del  desestimulo que lo asiló en una vida sin autoestima.

Este comportamiento apático a sus propias capacidades, hizo que la gente le perdiera el respeto y lo subvalorara, sin sospechar que detrás de ese filón rudimentario, estaba la veta de un riquísimo intelecto, al que explotaron después de su muerte, sin que ni sus familiares heredaran unas regalías que hoy se pierden en el tiempo, además del usufructo autoral de su melodía.

 

UN FUERA DE SERIE

En cada Festival Vallenato que se realice en Colombia y el exterior,  se tiene que recordar a Juancho Polo. No fue rey del acordeón, en Valledupar, pero las veces en que participó, que no fueron muchas, contagiaba de popularidad a la masa, lo que obligó a las directivas  del Festival de la Leyenda Vallenata en el año 1977, declararlo fuera de concurso ante el delirio colectivo.

Su obra es vigencia de todos los días en esta zona, por la misma apetencia de los grupos modernos de plasmar sus canciones en los trabajos, sin que los consumidores  sospechen la imagen y personalidad de un autor de abarcas y sombrero, muy amante de las copas, las que al final lo vencieron, precipitándolo a un final miserable e injusto.

Creativo, rítmico y dueño de una cosmología propia del entorno campechano, en las que tejía fragmentos abstractos, revueltos con reales, con una puntada que sólo él conocía:

/Lucero espiritual

Eres más alto que el hombre

Yo no sé dónde te escondes

En este mundo historial/

Aunque su itinerario frecuente fue por los pueblos del Magdalena, territorio al que perteneció Valledupar. Luego de la segregación del Cesar, era común verlo en Codazzi donde tenía grandes amistades, y en Bosconia en donde se  sentía más en su patio por la afinidad de los habitantes de esta población con los  magdalenenses. Pero Valledupar lo quería y lo acogía cada vez que pisaba su suelo, de ahí que muchos seguidores piensan que mereció ser rey vallenato.

Sintió celos en su momento por el auge que tenían  los cultores de la provincia de Padilla, los cuales eran más publicitados que él, por eso ni corto ni perezoso terció en la piquería  de Lorenzo Morales con Emiliano Zuleta, con una obra titulada ‘El Provincianito’ en donde hacía alardes de su grandeza como un representante del Magdalena de sus amores:

/Lo digo pa’ que lo sepas Emilianito

Que yo si soy el respeto del Magdalena

Lo digo pa’ que lo sepas Emilianito

Este saludo de ofensa manda Juancito/

Murió esta gloria del folclor costeño, con menos de 60 años, sumido en una miseria aterradora; paradójicamente el mundo vallenato en esta nueva generación, vio la luz de sus canciones con las modernas agrupaciones, cuando el astro ya se había ocultado, sin sospechar que a su tumba se la traga la maleza en un casi inédito lugar del cementerio de Santa Rosa, un corregimiento  de Fundación, donde fue sepultado un 24 de julio de 1978.