Diario del Cesar
Defiende la región

Un supuesto robo que se volvió canción

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Una de las características de Valencia de Jesús, un corregimiento a escasos 15 minutos por carretera de Valledupar, con ‘sus soles calientes’, tanto así, que hasta en canciones vallenatas lo dijeron: “de Valencia para abajo, hacen los soles calientes/ yo llevaba el cuerpo malo/ y un dolorcito en la frente/.

Valencia era el sitio en donde el termómetro acariciaba las más elevadas cimas de su demarcación climática.  Ese sopor insoportable fecundó en la población, la costumbre de sentarse en los frentes de las viejas casonas, la mayoría entechadas con palma amarga, una especie vegetal que abundaba en la región y que amainaba el canicular sol.

Ese hábito cotidiano les permitía a sus habitantes, ejercer una especie de celaduría comunitaria, oteando como el mitológico Argos, los pocos bienes que tenían, especialmente su iglesia, una estructura colonial, el único vestigio que les queda de que en la colonia hubo un importante asentamiento español en ese lugar.

 

ALTARES JOYAS HISTÓRICAS

La única herencia española que quedó en Valencia fue ese templo, que en su interior guarda el más grande tesoro, unos altares o retablos, diseñados con la más fina madera tallada, policromada y dorada donde se aprecia un conjunto de pinturas con la simbología cristiana, que les dan el toque espiritual para que en ese suelo, se acentuara un gran fervor devocional, con la celebración de la Semana Santa.

Corría el año 1967 y ya Valencia de Jesús, llamada así en honor de la milagrosa imagen del nazareno que veneran, tenía renombre, no solo por sus fiestas religiosas, sino porque en el plano nacional comenzaba a ser sonoro el nombre de una figura artística, nacida en las entrañas de una familia de campesinos, ese era Calixto Ochoa Campo, quien, huyendo a la pobreza, comenzó a extraerle notas a un acordeón y a crear canciones populares que rápidamente lo hicieron famoso.

En una de esas noches calurosas, el sonido lejano de un motor se confundía con el eco del concierto de chicharras que anunciaban la llegada del verano, luego de unos minutos, se vio llegar un camión del que nunca habían tenido referencia en unas calles.

Lo que más les extraño era que el bullicioso coche se instaló al lado de la iglesia, de inmediato bajó un enjuto jovencito de piel rojiza, quien se introdujo a la capilla con unos acompañantes a los que les dio la orden de desarmar los altares. El movimiento y el ruido alertó a una matrona que pasaba por el lugar, y quien, al asomarse por una de las rendijas, se percató de lo que estaba sucediendo.

La alerta hizo salir a los moradores de las humildes casas como enjambres de abejas, iniciando el único motín que registra la historia de la población.

 

‘PACHITO’, EL CURA

Pero la sorpresa fue mayúscula al descubrir que el delgado muchacho que lideraba el desarme, era nada menos que: ‘El padre Pachito’, quien había sido nombrado en la parroquia y recién ordenado sacerdote por la jerarquía eclesiástica, inmediatamente fue abordado por la multitud que desafiante pretendía hacer justicia propia.

Francisco de Mendizábal, era el nombre de ese presbítero, nativo de Barcelona España, quien se sometió a tan absurda tarea, y que en su aturdida reacción optó por ponerse la sotana, un símbolo de respeto para la época, con lo que calmó las airadas pretensiones de la población, que muy católica y respetuosa se tranquilizó, pero exigió que no les tocaran sus altares.

Amainados los ánimos, el sacerdote fue rescatado por unas personas que llegaron de Valledupar, pero el pueblo quedó inconforme, pues uno de los retablos alcanzó a ser desarmado y requerían denunciar el caso, pero no tenían los medios para hacerlo jurídicamente.

Ante tal frustración resolvieron escribirle a su autoridad folclórica, a Calixto Ochoa, quien estaba residenciado en Sincelejo y gozaba de una gran popularidad musical. Con todos los detalles le describieron lo sucedido, lo que ellos consideraban un sacrilegio.

Esta es una de las joyas religiosas o Altares que pretendía llevarse el sacerdote y que no permitieron los habitantes de Valencia de Jesús.

 

 

A los pocos días, la respuesta no se hizo esperar, en menos de un par de meses, ya sonaba una canción punzante con una aguda denuncia pública, sobre el mal comportamiento del párroco.

La censura a través del canto muy bien narrado, se expandió por el mundo vallenato, dejando en entredicho la seriedad de la curia, que, para entonces, ya había recibido de Rafael Escalona Martínez, otro compositor vallenato, un fuerte ‘latigazo’ a su moral en un caso similar, ocurrido en otra población llamada Badillo, a consecuencia de otra prenda litúrgica que misteriosamente se había perdido de la iglesia de ese pueblo.

Esta denuncia de Calixto Ochoa, fue más efectiva que cualquier dictamen judicial, las emisoras, y sitios públicos, sonaban el éxito que rebosó las estadísticas de otras melodías, la canción ‘Los Altares de Valencia’, se convirtió en el tema más solicitado y popular de esos días,

El impacto fue tal, que los mandos canónigos suspendieron los actos litúrgicos de la población y exigieron del artista un reparo a la afectación moral, tanto del sacerdote aludido, como de la misma organización clériga.

 

DESAGRAVIO MUSICAL

En uno de los descargos Calixto Ochoa les hizo ver a los jerarcas, su apreciación: “A mí me mandaron una carta de lo que había pasado, aunque no me constaba. yo les creí, sin imaginarme el revuelo ni el malestar que le iba a causar a ‘Pachito’, yo ni siquiera lo conocía, simplemente yo traté de complacer a mis paisanos y de paso apoyarlos porque conocía esa tradición espiritual”.

Tras ese episodio nació ese canto, el que, utilizando un lenguaje moderno, se hizo viral, tanto en la interpretación del mismo compositor como años más tarde en otro formato, presentado por Diomedes Díaz:

/Hay que buscar un celador pa’ la iglesia

Porque esto ya está pintando muy mal

Con el caso que ha pasado en valencia

Ya de ninguno de puede confiar

Yo no vi, pero la gente me dijo

Y por eso es que vengo a preguntarle

Quiero que me diga el padre Pachito

Para dónde iba a llevar los altares/

Después del encuentro entre Ochoa y los directivos canónicos, se pactó una fórmula reivindicatoria en la que el artista se comprometió a limpiar la imagen de Pachito con otro canto, y la iglesia, prometía volver a oficiar misas en la población. De ahí nació otro tema llamado: ‘Perdóneme Padre’.

/Yo tengo que confesarme pa’ sacarme este pecado

Porque hable muy mal de un padre

Siendo un hombre tan honrado

Por culpa de un comentario, yo tuve que hacer un disco

Y hoy sé que todo era falso, lo que decían de Pachito/

Así se dirimió un conflicto en el que quedó claro el poder de los juglares vallenatos, quienes, con su sabiduría popular, tenían la facultad de canalizar los problemas de una comarca, que, por la precariedad de otros medios, eran ellos una especie de tribunales populares.

Muchos años después, en la ancianidad del sacerdote que se devolvió a su natal Barcelona, España, tuvo la oportunidad de volver a Valencia en un viaje de vacaciones y logró encontrarse con algunos protagonistas de ese episodio, a los cuales le dio la explicación que en aquel momento no pudo hacer:

 “Esos altares, posiblemente iban para un lugar de Venezuela a un anticuario donde venden piezas, pero no era para venderlos como tal, era para repararlos, yo sí fui con el camión y sin sotana, la gente del pueblo me ayudó a montarlos, pero después empezaron como que a arrepentirse y se vieron en una situación difícil porque esos elementos de la colonia se les podían evaporar; yo en realidad pensaba vender los menos valiosos para restaurar los mayores que aún están sin arreglar, será para castigo de las malas lenguas” concluyó el sacerdote.