Víctor y Rosa: un amor que nació en el cuadrilátero
POR:
JOSÉ ALEJANDRO
MARTÍNEZ VEGA
En el lugar menos pensado posible. En medio de sacos rotos, ´peras’ viejas y un improvisado ring, nació el amor.
Poco ambiente de romanticismo, cero elegancia y lejos de ser un escenario propicio para invitar a Cupido.
Allí, en ese gimnasio de boxeo, al sur de Valledupar –adecuado en ese lugar ante la inexistencia de un escenario que albergara esta disciplina- Víctor Andrés Díaz se le declaró a Rosa Ternera.
Aún con el sudor en sus cuerpos, propio de un arduo entrenamiento como parte de la rutina diaria de preparación de cualquier pugilista, Díaz puso ‘contra las cuerdas’ a Rosa y, sin pensárselo mucho, como si de un recto de derecha se tratara, atacó.“Fue acá mismo (en el gimnasio), sentados, terminando de entrenar. Yo le pregunté si quería ser mi novia”, recuerda el boxeador de 21 años.
Rosa quedó desarmada, y con guardia baja, ante el ‘golpe’ inesperado, dijo sí.
Así nació oficialmente la historia de amor entre Víctor y Rosa, dos de los 103 deportistas que representarán al Cesar en los próximos Juegos Deportivos Nacionales Bolívar 2019 que serán inaugurados hoy en Cartagena.
Sin embargo, fue un octubre de 2015 cuando estos dos deportistas empezaron a cruzar sus destinos, durante una velada de intercambio boxístico entre municipios en Becerril. Él, peleaba por el seleccionado local, y ella lo hacía por el municipio de La Paz.
“Yo digo que fue amor a primera vista, además sentí que ella me miró con la picardía, después de eso nos comunicamos por chat. Cada vez que había pelea eso era lo mejor porque nos veíamos (risas)”, recuerda Víctor.
Después, vinieron los mensajes por chat, las llamadas, hasta oficializar la relación aquella tarde en el gimnasio improvisado del barrio Álamos III.
“Entre nosotros siempre hubo ese gusto, era muy difícil por la distancia, entonces me preguntaba que cómo le voy a decir que sí, si vivíamos lejos, pero él venía a acá los fines de semana, hubo interés mutuo”, ratifica Rosa.
INICIOS DIFERENTES
Los inicios de Víctor y Rosa en el deporte de las ‘narices chatas’ fueron diametralmente opuestos. Víctor es hijo del exboxeador cesarense del mismo nombre: Víctor Díaz Oyola. Por supuesto, de él heredó la pasión por el boxeo desde niño.
Caso contrario de Rosa, a quien su madre, literalmente, le preguntó si estaba loca por elegir un deporte tan rudo.
“Mi mamá dice que yo estoy loca, pero esto nació cuando salía de colegio, ese era el horario de entrenamiento de allá, me llamó la atención, comencé acogerle el gusto, le dije al profesor de boxeo de La Paz que me interesaba, que quería adquirir conocimientos acerca de este deporte, que en el instante que lo vi me llamó la atención, muchísimo, ya cuando mi mamá me vio fue con las vendas puestas”, afirma Rosa quien después de empezar su carrera boxística se enteró que tuvo un tío boxeador; “investigué porque no son gustos normales en mujeres”, enfatizó.
FUERA DEL RING, NADA DE GOLPES
A pesar que Víctor y Rosa viven de golpear al rival hasta verlo caer, fuera del ring, aseguran que en su relación jamás ha existido siquiera un acto de agresión verbal o física.
“Hay mucho control en ese sentido”, dice Rosa. “Uno acá en el boxeo aprende mucho de autocontrol porque si uno se sale de casillas pierde el control y todo”, agrega Víctor.
Lo que sí comparten son consejos para mejorar arriba del cuadrilátero. “Cuando yo peleo, por lo general ella está en mi esquina con mi papá y me da el agua, y viceversa, yo estoy pendiente de sus peleas”, asegura Víctor.
“Ella me dice la cuestión de la velocidad, que soy un poquito lento y estoy trabajando la cuestión de la velocidad”, reconoce él; “yo era muy estática, ahora soy más técnica por consejos de él”, afirma ella.
También se apoyan en los estudios universitarios. Víctor ayuda a Rosa en sus trabajos de Psicología de la Unad; y ella a él, con los estudios de Educación Física de la Universidad de Pamplona.
VÍCTOR DÍAZ OYOLA: ENTRENADOR, PADRE Y SUEGRO
En medio de esta novela de amor, aparece el profesor de boxeo y exboxeador Víctor Díaz Oyola quien terminó asumiendo tres roles en uno: entrenador de ambos, padre de Víctor y suegro de Rosa.
“En entrenamientos, Víctor no es el esposo de Rosa, es un compañero más, un deportista más, cuando ya no estamos en lo deportivo ya sí ellos se pueden comportar como pareja, pero dentro del entrenamiento todos iguales”, sentencia Víctor quien aclara que cuando salen de viaje, “todas las delegaciones acostumbran que los varones se hospedan en habitaciones diferentes a la de las mujeres y esta no es la excepción”.
POR EL PODIO EN JUEGOS
De la mano, y conscientes del reto que tienen por delante, tanto Víctor como Rosa partieron rumbo a Cartagena en busca de la gloria nacional en las justas deportivas más importantes del país.
Ambos coinciden en asegurar que el podio es su meta y que están seguros de poder lograrlo.
Víctor, quien competirá en el peso medio (75 kg), se mete presión y asegura que la expectativa es ser campeón.“Que lo logre no sé, la verdad son las justas más complicadas que hay, por lo general van todos, pero quisiera ganarle al que me ganó la final en Yumbo, porque sé que si le gano a él le gano a los demás y es posible me llamen a la selección”, aseveró.
Al preguntarle a Rosa, quien va en peso pluma (57 kg), por el objetivo en la ciudad heroica, contestó: “¿Usted qué cree? Quiero salir campeona, me dicen que puedo traer grandes logros para el departamento; voy con todas las ganas, me he preparado y siento que este es mi momento”. Además, la nacida en San Diego, quien desde los 12 años reside en La Paz, se lleva un consejo especial de su madre Lucenith Soto: “me dijo ‘tenga cuidado hija que un golpe de esos puede volver loca a la que sea’”.
Mientras suben al cuadrilátero del coliseo Chico de Hierro de la ‘ciudad amurallada’, la pareja sigue entrenándose a doble jornada y a toda máquina para llegar finos al debut en las justas deportivas. En el único lugar donde el noviazgo pasa a un segundo plano, pero donde paradójicamente, se refrendó su amor.