Sin mayores novedades finalizó la diligencia de indagatoria del senador Álvaro Uribe Vélez ante la Sala de Instrucción de la Corte Suprema de Justicia, que lo investiga por ser el presunto responsable de fraude procesal y soborno a testigos. Su comparecencia ante el alto tribunal se dio luego de que los magistrados escucharon a unos 40 testigos, entre quienes se cuentan abogados, exfuncionarios condenados y exjefes paramilitares.
El jefe del Centro Democrático llegó a las 7:42 de la mañana. Su caravana, compuesta por siete camionetas, se ubicó sobre la calle 12, es decir, al costado norte del Palacio de Justicia. El senador se escabulló entre una nube de periodistas, camarógrafos y fotógrafos que buscaron sus declaraciones, pero por aquella decisión de la Corte, en la que le advertía a todas las partes de este proceso no dar declaraciones a la prensa, Uribe solo se limitó a pedir espacio para ingresar al edificio.
A pesar de ser un trayecto tan corto, el senador llegó a la puerta casi minuto y medio después, custodiado no solo por sus guardaespaldas, sino por uno de sus más fieles escuderos: el penalista Jaime Granados, quien lo acompañó a la diligencia junto con David Espinosa, el segundo a bordo de la bancada de la defensa.
Uribe Vélez ingresó en medio de la rechifla y de los vivas de contradictores y seguidores, quienes desde muy temprano estaban apostados a las afueras del Palacio de Justicia. Los primeros, por lo menos en este punto, triplicaban en número a los segundos. No fue así en el parque Nacional, un poco más al norte de la ciudad, donde fue convocado a un plantón en respaldo al exmandatario.
Los policías encargados de custodiar y controlar cualquier alteración de orden público en el Palacio de Justicia fueron dispuestos en filas de 30 sobre la calle 12 (costado norte), la carrera séptima (costado oriental) y carrera octava (costado occidental) del edificio del máximo órgano de la justicia en Colombia.
A espaldas del contingente de la calle 12 estaba un grupo de uribistas que izaron una bandera de Colombia de unos 10 metros. La mayoría de ellos con camisetas en defensa al jefe natural del Centro Democrático. Para contrarrestar la bulla y los cánticos de los detractores, le compraron a un vendedor informal varias vuvuzelas. A 7000 pesos las medianas y a 10.000 las más grandes.
LA EXTRAÑA MONJA
A los apoyos que varios senadores y embajadores de Colombia le expresaron a Uribe Vélez se unieron los de las cabezas del Gobierno: Iván Duque y Marta Lucía Ramírez. El presidente, reiterando lo que ya había expresado en Miami hace unos diez días, insistió que “he tenido la ocasión de conocer a Álvaro Uribe Vélez y tengo claro que es una persona que ha entregado su vida a servirle a Colombia”.
La segunda del Gobierno, a su turno, recordó que durante el primer mandato de Uribe Vélez (2002 – 2006), en un extraño mensaje manifestó que el hoy senador “Debe tener todas las garantías” y acto seguido recalcó lo que según ella considera “su compromiso con el estado de derecho, su trabajo infinito al servicio de Colombia y su conducta veraz”.
Este cruce de declaraciones iba y venía al igual que las arengas en el Palacio. Los de un bando y otro se lanzaban improperios mutuamente. Los gritos de siempre. Los insultos de todas las manifestaciones. La repetición de un lado y del otro. Sin mayores novedades. La polarización de todos los días.
Los antiuribistas ondeando banderas rojas y naranjas. ‘No más Uribe’ decía el cartel más tímido. Los uribistas, al otro lado de la calle, mostraban cartelitos con ‘Uribe es Colombia’. De un lado músicos y gente con la cara pintada simulando calaveras; del otro, una mujer que dijo ser monja y quien, megáfono en mano, exigía justicia.
Dijo que era misionera carmelita y que su nombre era Adriana Torres. Hermana Adriana Torres, para que no hubiera duda. Vestía hábito y lucía una camándula que cambiaba de mano. Añadió que estaba en la marcha, porque hace ocho meses fue golpeada y posteriormente desplazada de la comuna 13 de Medellín, hecho que, según ella, puso en conocimiento de la Fiscalía.
“Fueron los terroristas de las comunas donde yo trabajo. No sé quién fue. Me iban a matar y me robaron los celulares. Por eso estoy acá, en representación de esas mujeres que fueron desplazadas”, dijo la mujer, quien agregó que no tuvo permiso de ninguna superiora para asistir al plantón.
Producto de la violencia que dijo haber padecido la sor, sostuvo que andaba con “escoltas día y noche”. No obstante, durante las casi tres horas que estuvo en el lugar no se le vio guardaespalda alguno. A los demás periodistas que les entregó declaraciones su versión cambiaba y, de hecho, a uno de ellos, no supo decirle qué convento era su hogar.
EL ABRAZO
En medio de las manifestaciones un particular episodio tuvo lugar en la esquina nororiental del Palacio, calle 12 con carrera Séptima. Alejandro Castaño, detractor de Uribe, y Charles Valencia, seguidor del senador, se enfrascaron en una discusión que terminó en un abrazo. Mientras Castaño reiteraba las investigaciones que hay en contra de Uribe Vélez, Valencia le replicaba.
“Acá no hay bandos, hay gente confundiendo a un pueblo. (…) Este país lo controla Álvaro Uribe Vélez”, dijo Castaño con su cara pintada con los colores de la bandera, a lo que Valencia, vistiendo camiseta con leyenda a favor de Uribe, interpeló: “hoy estamos en orillas diferentes, pero somos hermanos y somos colombianos y luchamos por tener un país mejor”.
Poco antes del mediodía, la seguridad fue reforzada en los perímetros mencionados debido a la cantidad de críticos del exmandatario que llegaban al lugar. Pese a los hombres de más que reforzaron el lugar, algunos de ellos lograron burlar el cerco policíal y ubicarse mas cerca del Palacio. La situación rápidamente fue sorteada por los uniformados que volvieron a cerrarse en filas, evitando más ingresos.
La fina lluvia, que derivó en un leve aguacero, calmó a las barras que se fueron quedando sin aliento para sus proclamas de las que, muy seguramente, ni los magistrados, ni el senador indagado ni sus abogados habrán escuchado, ya que la Sala donde se rindió de la diligencia es demasiado hermética. Al punto que ni siquiera llegan los estruendosos sonidos de las vuvuzelas. A 7000 pesos las medianas y a 10.000 las más grandes.
BOGOTÁ (Colprensa).