Diario del Cesar
Defiende la región

Un defensor de la melodía criolla

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En las áridas tierras de La Guajira, en donde el pastoreo de chivos y el pajareo de millo eran las únicas alternativas de los lugareños, se inoculó en la mente de sus jóvenes el genio musical que fue expresado de diversas formas, algunos cantaban, otros tocaban algún instrumento, y unos componían canciones.

Uno de esos lugares fértiles para el talento artístico fue sin dudas, La Junta, ‘El rinconcito más querido de La Guajira’, nada menos que la tierra de Diomedes Díaz, en cuyo suelo cimentó la fama de un cantor que sobrepasó las fronteras sentimentales de los pueblos, no importa cual fuese su rango cultural.

En esa gallada de muchachos con la espalda el sol y el pie dispuesto al abrojo, fueron muchos los que paralelos a Diomedes, quien fue después llamado ‘El Cacique’, los que crecieron persiguiendo el sueño de apartar un cupo en el folclor vallenato.

De esta ‘palvá’, con unos pocos años menos, estaba Crispín Gutiérrez Romero, flaco como un ‘perrero’, pero nutrido de melodías, quien comenzaba tímidamente a silbar en las Sabanas de La Junta, esas mismas que fueron testigos del sufrir de Marciano Martínez, otro de los buenos compositores que parió esa tierra del sur de la península.

Así, Crispín fue abriendo sus oídos a unas letras y melodías que lo fueron marcando, especialmente las de Edilberto Daza, un autor de un pueblo vecino llamado Patillal.  De ese estilo se enamoró, y en esa maqueta comenzó a formatear sus primeros versos, cuando apenas llegaba a los 12 años.

FORJADO ENTRE PARRANDAS

Las parrandas de los pudientes del pueblo: Leandrito Sierra, Luis Manuel Hinojosa y ‘Poncho’ Araujo’ eran recurrentes, y allí sonaban las canciones de los músicos de moda, en las que no faltaban las canciones de Colacho Mendoza, Emiliano Zuleta, Lorenzo Morales, Calixto Ochoa entre otros, además de los cantos de Jorge Oñate, Poncho Zuleta y tantos otros que, se enfilaban por el sendero de un vallenato más comercial.  Las letras de Máximo Móvil, Hernando Marín y Sergio Moya le abrían espacio al exitoso trío de oro, ese era el lugar donde se camuflaba Crispín con la ‘oreja parada’ tomando apunte para hilvanar sus propias canciones.

De esta manera, se forjó este compositor que a pesar de su condición humilde, se abrió espacios a pulso, para darse a conocer, y fueron dos paisanos de San Juan del Cesar, Mauro Millán y ‘El Coco’ Oñate, quienes le grabaron su primer tema, con esa entrada triunfal, los caminos se fueron despejando, y sus melodías se volvieron tan sonoras como el chorro del balneario ‘El Salto’, ahí en las goteras de su pueblo.

“Yo no soy un compositor de muchas obras, porque nunca me ha gustado andar detrás de los músicos, y porque además, hubo un tiempo en que dejé la música un poco a un lado mientras organizaba mi futuro y el de mi familia, ya lo logré eduqué a mis hijos y retomé el sendero, eso sí que eso siempre estuvo en mi sangre, sin embargo tengo más de treinta canciones grabadas”, sostiene Crispín que siempre defiende como su compositor favorito a Edilberto Daza.

La diferencia de edad con Diomedes Díaz, pese a que eran paisanos, no le permitió una cercanía muy íntima con el cantante, pero una vez que le presentó una canción, el artista se enamoró de ella, pero era la época de los personajes que siempre rodeaban a ‘El Cacique’, que no le permitieron que se la grabara enseguida, años después, él voluntariamente, lo llamó para decirle que se la grabaría y en efecto así fue, y se convirtió ese tema, ‘La Gaviota’ en uno de los más sonados de la producción musical.

MELODÍAS CRIOLLAS

Gutiérrez Romero se considera un autor criollo que vibra mientras arma un tema, de la misma manera como lo interpreta, sea en parrandas o en festivales.  Aunque no es enemigo de la evolución, siente que los compositores de ahora, se han vuelto monótonos en letras y melodías y no hacen obras con nombre de mujer, como Diana, Joselina Daza, o Matilde Lina, que a pesar de ser personalizados se volvieron universales.

De los momentos más dolorosos en su vida de compositor fue cuando le tocó hacerle una canción a la muerte de Diomedes, el ídolo por excelencia de sus paisanos, esta canción la tituló ‘El Nobel del folclor’ y casualmente, mientras la estaban grabando, sorpresivamente muere Martín Elías, entonces le tocó modificar la letra e incluir unos apartes también del hijo de ‘El Cacique’.

Hoy en la madurez de sus años sigue en plena producción esperando que este año le cumplan la promesa de grabarle algunos intérpretes que ya tienen en su haber sus obras musicales, las que suele inspirarse en entre cardones y tunas en su amada guajira.

Por WILLIAM ROSADO RINCONES