Diario del Cesar
Defiende la región

Camino a la paz

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“La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”; así lo consagra el artículo 22 de la Constitución Política, otorgándole el carácter de derecho fundamental de las personas, los grupos y los pueblos; es también un derecho humano, reconocido internacionalmente, pero carente de una regulación normativa a diferencias de otros derechos de la misma categoría.

Para la Unesco, además, es valor que debe regir las relaciones internacionales e internas de cada nación, y que no se mide únicamente por la ausencia de conflictos armados; es un concepto que incluye todos los demás derechos que parte de la dignidad humana: la vida, la educación, un ambiente sano y sostenible, la libertad de expresión, de opinión y pensamiento, por mencionar solo unos cuantos. Es decir, que vivir en paz nos sugiere la garantía mínima de estos derechos.

En un sentido lógico, lo opuesto a la paz es la guerra y en un contexto de guerra, lo que se busca siempre es la paz.

Pero, ¿cómo interpretamos y aplicamos esa norma superior de cara a nuestra realidad actual?

Atendiendo al tenor literal de la norma constitucional, la paz tiene dos dimensiones: derecho y deber. La paz como deber de obligatorio cumplimiento, constituye una política de Estado, que transciende el poder gubernamental, o sea que no son los ideales del gobierno de turno los que deciden su cumplimiento.  Por ello, considero oportuno, a luz de los lamentables acontecimientos actuales, que en cumplimiento de ese deber, se deban mantener los diálogos en las mesas de negociaciones con el ELN.  Entiendo las drásticas posiciones que se ciernen a propósito de este tema, pero el diálogo es el camino para lograr la paz y como todo camino está lleno de obstáculos, de oscuridad, de miedo.  Nadie dijo que sería fácil.   Lo contrario a esto, nos llevará a seguir presenciando o sufriendo dolorosos actos como los ocurridos en la Escuela de Cadetes y que cobrarán vidas de más inocentes.  La estupidez y monstruosidad de ese atentado, logró reafirmar los argumentos a quienes auspician la guerra.  Aun así, me aventuro a decir, que dejar de dialogar es un error.  La guerra no solo vulnera el derecho a la paz, que es norma fundamental de nuestra vida en relación, sino que vulnera todos los otros importantísimos derechos de quienes participan o no en ella.

Como deber de obligatorio cumplimiento, la paz se ha procurado a través de acuerdos políticos, que no miran lo substancial, solo los intereses de aquellos a quienes les conviene; y valga decir, que con el gobierno actual no hay esperanza de ese acuerdo.  No habrá una salida negociada.  El ideal guerrista nos impone otra realidad, una realidad en la que se desconocen las reglas, y se impone la soberbia; soberbia que enalteció el trágico acto del 17 de enero. Una realidad que nos dejará lamentables consecuencias, que se evitarían sí y solo sí se mantuviera los diálogos.  Es fácil avivar un conflicto cuando no son sus hijos los que están en la línea de fuego, y en medio los campesinos, la población civil, los grupos indígenas.

En su otra dimensión, esto es, la paz como derecho, cito la frase célebre de Benito Juárez (1867): “El respeto al derecho ajeno es la paz”. La realidad actual de Colombia, nos lleva a confundir las dos dimensiones normativas de la paz; nos metimos en la cabeza que la paz se encuentra vulnerada por el conflicto armado; y el conflicto son dos bandos, uno bueno y uno malo que se dan balas en el monte.  Pero no advertimos que la paz también se vulnera como derecho cuando un viejo iracundo e intolerante amenaza de muerte a un chico que se expresa en una manifestación en contra del terrorismo; cuando matan a líderes sociales y defensores de derechos humanos; cuando las EPS nos exponen al paseo de la muerte o la mala calidad del servicio de salud; cuando hay corrupción; cuando no se cumplen las reglas básicas de convivencia; con la desigualdad, la falta de oportunidades y la injusticia.

Añoramos la paz como colombianos, creyendo que la alcanzamos cuando se depongan las armas, ¡pero cuan equivocados estamos! La paz como derecho la logramos cuando respetemos el derecho del prójimo: cuando no hayan más equipos de sonido turbando la tranquilidad del vecino hasta altas horas de la noche o hasta el día siguiente; cuando se respete la propiedad ajena y se derogue definitivamente de nuestro actuar “la ley del más vivo” o “la malicia indígena”. Son pequeños granos de arena que formaran un gran muro que impida el paso de más violencia.  Pero no, no, eso no es la paz.  Y si insistimos en el conflicto, más alejados estaremos de alcanzarla; y si insistimos en la guerra, más alejados estaremos de gozar plenamente de los otros derechos que encierra.  Si insistimos, serán más policías, más militares, más hijos del pueblo que perderán la vida; más tierras abandonadas, más desarticulación del tejido social.

Exigimos paz, pero no sabemos vivir con nuestros vecinos, a veces hasta con nuestras parejas; pedimos paz, pero no aceptamos la diferencia; queremos paz, pero no respetamos a las mujeres y a los niños.  El camino a la paz no es la guerra.

*Abogada especialista en DD.HH.