Diario del Cesar
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El origen de los Derechos Humanos y el DIH

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Una de las mayores conquistas de la humanidad es sin duda la adopción del marco normativo internacional que consagra los Derechos Humanos, que son aquellos inherentes a todas las personas por el mero hecho de existir, y tienen su pilar fundamental en el reconocimiento de la dignidad humana. Pero para llegar a ese reconocimiento y a sus consecuentes regulaciones, tuvimos que vivir las peores atrocidades que pueden imaginarse, y que encontró su punto máximo con ocasión de la II Guerra Mundial, la cual se desató con el Holocausto nazi y específicamente con la invasión de Alemania a Polonia en 1939.  Aunque la historia de la humanidad es también la historia de las guerras y luchas originadas precisamente por violaciones a esos derechos de reconocimiento reciente.

Pues bien, las barbaries cometidas durante el holocausto nazi y las devastadoras consecuencias de la guerra, que no preciso detallar para evitar brotes de depresión e impotencia, alertaron la conciencia de los pueblos, representados por los gobiernos de los Estados, para entender que no estaba bien que nos matáramos de esa manera. De ahí que, el 26 de junio de 1945 en San Francisco (EEUU), se firmó la Carta de las Naciones Unidas, en ella 50 países, en los que se destacan Estados Unidos, China, Unión Soviética, Reino Unido y Francia, que eran las potencias Aliadas y derrotaron a las potencias del Eje en la Gran Guerra que finalizó ese mismo año.  Con la Carta se estableció una nueva organización internacional conocida como Naciones Unidas, y se pretendió dar un nuevo orden mundial con el propósito de mantener la paz y fomentar el respeto al principio de igualdad de derechos y a las libertades fundamentales de todos sin distinción por motivos de raza, sexo, idioma, religión o cualquier otro.

Posteriormente, el 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas, proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos; documento que marca un hito en la historia, ya que contempla el reconocimiento de la dignidad inalienable de los seres humanos, libre de discriminación, desigualdad o distinciones de cualquier índole.  Esta Declaración supuso la manera de relacionarnos no solo como individuos, sino, que establece primeramente un ideal común para todos los pueblos y naciones de promover a través de la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades; de asegurar con medidas progresivas de carácter nacional e internacional que su reconocimiento y aplicación sean universales y deben ser efectivos. Y además, obligan internacionalmente a los Estados en su garantía y protección.

Sin embargo, la filosofía y la necesidad de estos derechos, tienen un referente histórico que se remonta, entre otros, al Contrato Social de Rosseau (1762), la Declaración de Virginia (1776) y la Declaración del Hombre y el Ciudadano (Francia 1789).

No obstante, la misma humanidad aceptó que la guerra en ciertas ocasiones y circunstancias eran inevitables, por lo que surgió la necesidad de crear normas destinadas a limitar la barbarie y el uso de la fuerza, con el fin de proteger a la población civil, al personal sanitario, miembros de organizaciones humanitarias, heridos, náufragos y prisioneros de guerra.  Esas normas se contienen en los Convenios de Ginebra de 1949 y sus Protocolos Facultativos, y son el reconocimiento de la dignidad humana y la protección de los Derechos Humanos en tiempo de guerra.

La evolución normativa de los principios de estos instrumentos internacionales, han ido perfeccionando dicho reconocimiento y protección, mediante Convenciones, Tratados y Protocolos, dirigidos a poblaciones de especiales condiciones o circunstancias, tales como la maternidad, la niñez, el campesinado, los trabajadores, las víctimas de conflictos armados, los grupos étnicos, entre otros.

Pero, muy a pesar de la majestuosidad de esas normas internacionales y de su incorporación a las legislaciones internas de los países que las han adoptado, verbigracia Colombia, la preocupación latente es que seguimos matándonos; seguimos siendo los seres más intolerantes y violentos del planeta, lo que nos distancia abismalmente de los animales, cuyo instinto destructivo obedece a fines de supervivencia.  Por muy familiar que nos parezca el concepto de Derechos Humanos, en verdad estamos muy alejados de su verdadera esencia y propósito.  Pareciera que se tratara de un tema o materia de una carrera (la más dolorosa por cierto), cuando en realidad se trata de lo que somos y de cómo nos relacionamos.  Es triste ver actos violentos que ocurren desde el interior de la familia hasta la institucionalidad del Estado, y mantenernos impávidos, campantes y felices en apariencia.  Los Derechos Humanos no son palabras en un texto normativo, aunque ese haya sido su origen; los Derechos Humanos deben ser la forma de pensar, de sentir y de actuar, de entender que merecemos dar y recibir respeto, sin importar la raza, el sexo, la religión, la ideología política; sin importar cómo pensamos, cómo amamos, cómo andamos en el mundo. Parten de la premisa básica de no hacerle al otro lo que no te gustaría que te hicieran a ti; de saber que mi derecho termina donde empieza el derecho de los demás; de reconocer que existen personas que requieren un especial trato; y de entender que el fundamento de nuestra vida en comunidad, de nuestra gregariedad, radica en la enseñanza del único hombre que partió la historia de la humanidad en dos, y que agregó a los mandamientos un nuevo que dice: “Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn. 13,34).  Es sencillo, se trata del amor, es esta la semilla que debe germinar en nuestro jardín, es este el origen de los Derechos Humanos.  Si no actuamos así, hemos fracasado como humanidad.

*Abogada especialista en Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario.