La libertad no se negocia por una promesa de eficiencia o de gratuidad que nunca llega, o que si lo hace colapsa. Quienes hoy equiparan las grietas de la democracia liberal con la naturaleza opresiva del modelo comunista cometen un error de diagnóstico fatal. Confundir un servicio público deficiente, o una historia de brechas y deudas sociales, con la pérdida absoluta de la propiedad sobre la propia vida es un paso acelerado hacia el abismo.
La democracia liberal, con todas sus grietas, es un sistema de caminos abiertos. Su bien supremo no es la perfección, sino el desarrollo humano en libertad y la seguridad jurídica. Es un modelo que reconoce a cada individuo como dueño de su destino. El comunismo, por el contrario, parte de la premisa de que el Estado es el único arquitecto. Allí no hay espacio para el crecimiento personal, solo para una masa colectiva moldeada desde la frialdad de una burocracia oficial.
Miremos la realidad de quien busca oportunidades. La democracia es una bicicleta en camino abierto. La ruta podrá estar llena de baches, subidas fuertes y, a veces, un mantenimiento desastroso. Pero la bicicleta tiene manubrio y el ciudadano decide hacia dónde girar. Existen herramientas para el progreso. El individuo puede denunciar el bache, cambiar la ruta o unirse con otros para pavimentar el tramo que falta. El esfuerzo se traduce en metros recorridos, con la libertad de avanzar, aunque el terreno sea difícil.
El comunismo, en cambio, es una bicicleta estática en una habitación cerrada. Los que mandan desde el Estado prometen que, si se pedalea con fuerza, todos llegarán al paraíso. Ellos definen la meta ideológica y obligan a sudar en nombre de una supuesta justicia social. Pero no importa cuánto talento exista o cuántas horas agoten las piernas. La bicicleta no se mueve. No hay horizonte, solo muro. El ciudadano no puede quejarse porque hasta el aire que respira le pertenece al dueño de la habitación. Al final del día la persona está agotada, pero sigue en el mismo lugar.
En ese sistema el mérito es reemplazado por la lealtad. El desarrollo humano se detiene porque el régimen no necesita mentes brillantes, necesita obediencia, que los ciudadanos hagan caso. La extrema izquierda no llega para arreglar los baches del camino democrático. Llega para confiscar la bicicleta, derribar la puerta y soldar al individuo a la estática.
No hay comparación posible. La libertad de fracasar y volver a intentarlo en un sistema abierto siempre será infinitamente superior a la garantía de morir igualado en la miseria de un sistema cerrado. La democracia es imperfecta porque es humana. El comunismo es perfecto en su capacidad de deshumanizar. No permitamos que el desencanto con lo que funciona mal nos empuje hacia lo que funciona para destruirnos.
La verdadera tragedia de la tentación autoritaria no es que el camino sea difícil, sino que arrebate la propiedad de los propios pies. En la democracia liberal, el individuo es el dueño del viaje. Tiene la propiedad de su iniciativa, de su reflexión, creación y del movimiento. Puede pedalear con fuerza, cambiar la bicicleta por patines, decidir caminar o simplemente sentarse a criticar el camino.
En el comunismo, sin embargo, la metáfora se vuelve siniestra. El individuo es la bicicleta. Deja de ser el viajero para convertirse en un componente mecánico de una maquinaria estatal que le anula la voz y la posibilidad de decidir sobre su propia vida, en una arquitectura de deshumanización donde el esfuerzo no construye presente ni futuro.
No se trata de defender un sistema perfecto, que no lo es. Es alertar sobre la distancia abismal que separa lo humano de lo inhumano. Mientras la democracia liberal es una estructura imperfecta hecha por y para personas, el comunismo es un sistema perfecto para volverlas máquinas.
*Exdirector del ICBF