Diario del Cesar
Defiende la región

¡llegó la hora!

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CRISTINA PLAZAS MICHELSEN*

Colombia lleva más de doscientos años eligiendo presidentes. Doscientos años de hombres tomando las decisiones que nos afectan a todos. Doscientos años sin que una mujer haya gobernado este país. No porque no haya habido mujeres capaces; las ha habido, las hay, y sobran. Sino porque hay techos que una sociedad tarda demasiado en atreverse a romper. Este país ya tardó suficiente.

Hay una generación de niñas colombianas que está mirando. Están mirando cómo funciona el poder, quién lo tiene, a quién le pertenece. Y lo que ven es siempre lo mismo: hombres. Lo que esa imagen les dice, sin que nadie se los explique, es que el poder no es para ellas. Que pueden estudiar, prepararse, trabajar el doble y, aun así, el techo existe. Ese techo no lo destruye un discurso. No lo destruye una marcha. Lo destruye el día en que una niña enciende el televisor y ve a una mujer jurando como presidenta de Colombia. Ese día cambia algo que no tiene reversa.

Y ese momento tiene nombre. Paloma Valencia pasó más de una década en el Congreso haciendo lo que pocos hacen: trabajar. Defendió a los paneleros cuando nadie los miraba. Creó una ley para las madres que sacan adelante una familia solas. Peleó por los emprendedores que el Estado siempre trató como si no existieran. Tumbó el Ministerio de Igualdad, la expropiación express y al Rector de la Universidad Nacional que impuso el gobierno para impulsar la constituyente. Su demanda contra la reforma pensional ha impedido que Petro se robe el ahorro de los trabajadores, concertó el articulado de la jurisdicción agraria para darle seguridad jurídica al campo y evitar una persecución contra los propietarios, y logró que los entes de control pusieran la lupa sobre Colpensiones, la Agencia Nacional de Tierras y el Fondo paralelo de MinIgualdad tras sus denuncias sobre corrupción y derroche. Mientras este gobierno les entregaba territorios a los criminales, peleó para que la JEP actuara con contundencia frente a los narcoterroristas y dejara de ser un tribunal a su medida. Se paró en los debates más duros de este país — seguridad, hacienda pública, tecnología, justicia — y no se dobló nunca. Le advirtió al Gobierno que sus decisiones acabarían con el sistema de salud y dispararían el costo de la energía, lo cual finalmente ocurrió. Más de diez años en el escenario político más despiadado de Colombia sin una sola mancha. Eso no es suerte. Eso es carácter.

Esto tampoco es solo un asunto de mujeres. Es un asunto de país. Todo padre que quiere un futuro distinto para su hija, todo hombre que ha visto a alguien que ama chocar con ese techo invisible, toda persona que entiende que Colombia no puede seguir desperdiciando el talento de la mitad de su gente. Este momento les pertenece también. Los países que han dado ese paso gobiernan mejor. Invierten más en educación, en salud y en los que menos tienen. Piensan en el país que le van a dejar a los que vienen, no en la foto del momento. Una presidenta no es un símbolo. Es una forma distinta de entender el poder.

Colombia no necesita más de lo mismo con diferente cara. Necesita ver este país desde otros ojos. Los de alguien que sabe que gobernar no es un privilegio sino una responsabilidad. Los de alguien que ha demostrado, con hechos y no con promesas, que es capaz. Paloma Valencia es esa persona. Y si llega a la Casa de Nariño, este país nunca más podrá decirle a una niña que ese lugar no es para ella.

Doscientos años esperando la primera presidenta de Colombia es demasiado tiempo. ¡Llegó la hora!

*Exdirectora del Bienestar Familiar