Aunque el Gobierno nacional se demoró en revelar el Plan Financiero de 2026, lo que no tardó fue el alud de alertas de todos los sectores económicos sobre la viabilidad o la gravedad de las metas que allí se consignan.
Las alarmas no son gratuitas. La meta de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) para este año es del 2,6 %, la misma con que cerró el 2025. Es decir, que no habrá progreso alguno en este campo. Más preocupante es lo relativo a la inflación, que se prevé cerrará a diciembre en 5,8 %, también por encima del 5,2 % del 2025.
Como si fuera poco, el déficit de cuenta corriente pasa de -2,4 % a -2,9 %, en tanto que se proyecta una baja en las importaciones. Y, finalmente, en cuanto al valor estimado del barril del petróleo, las perspectivas también son negativas ya que de los 68,2 dólares calculados para el año pasado se plantea una diminución en el actual a 59,2 dólares.
De entrada, varios centros de estudios económicos y expertos señalan que las metas financieras son muy complicadas. Es evidente que no hay ningún ‘boom productivo’, como lo ha querido dar a entender el Ejecutivo bajo tesis acomodaticias y ajenas a la realidad de las cifras. Por el contrario, impera un estancamiento económico, agravado por la aguda crisis fiscal y el disparo de la deuda pública. También se termina aceptando indirectamente que el alza desmesurada en el salario mínimo sí afectará el costo de vida, poniendo la curva de nuevo hacia arriba.
Más drástico resultó el diagnóstico del Comité Autónomo de la Regla Fiscal que, al actualizar su último pronunciamiento a las metas fijadas en el Plan Financiero, reiteró que hay un recalentamiento de la economía, un contexto de alta deuda pública y una situación fiscal cada vez más preocupante. El déficit primario hoy es el más alto en los últimos treinta años, salvo periodos de crisis macroeconómica. También hubo el año pasado una sobrestimación de ingresos y subestimación de gastos. Así las cosas, con un hueco fiscal de 32 billones de pesos, el escenario de 2026 planteado por el Gobierno es poco creíble.
Como se ve, una vez más, las cifras oficiales sobre la marcha económica no convencen. Es más, se habla abiertamente de cuentas alegres. De allí la urgencia palaciega por obtener recursos a punta de improvisadas emergencias económicas y accidentadas cascadas tributarias que la Corte Constitucional puede frenar.
Ahora bien. Tenemos por delante un nuevo campanazo inflacionario. La controvertida tesis gubernamental en torno a que un aumento del 23,7 % en el salario mínimo mensual no tendría un efecto en la inflación continúa evidenciándose como equivocada.
Al menos eso es lo que puede derivarse del informe sobre el costo de vida en febrero pasado, según el reporte de este viernes del DANE. La variación del Índice de Precios al Consumidor en el segundo mes del año fue de 1,08 %.
Esto implica, entonces, que el incremento anualizado llegó a 5,29 %, superior en 0,01 puntos porcentuales al 5,28 % que se tenía en febrero de 2025.
La tendencia termina siendo más preocupante si se analiza que, mientras en el primer bimestre del año pasado la canasta familiar de productos, bienes y servicios se había encarecido 2,08 %, en el mismo lapso de este 2026 ya va en 2,27 %.
Sin duda, el efecto del desmesurado aumento de la remuneración básica se sintió con más fuerza en febrero, sobre todo porque los precios que más subieron fueron, precisamente, los de alimentos y bebidas no alcohólicas, así como la educación. Este último rubro, por ejemplo, registró una de mayores variaciones con 5,64 %. Se trata, en consecuencia, de un duro golpe al bolsillo de los hogares que al comienzo del año deben adquirir los útiles escolares y sufragar pagos de matrículas, uniformes, rutas y otros gastos asociados.
En cuanto a los alimentos, categoría muy impactada por los coletazos del alza salarial, hubo en febrero alzas fuertes, como las que registraron restaurantes y hoteles, en donde la carestía fue del 1,38 %.
Lo más complicado de todo lo anterior es que este no es el único efecto que ya se siente con rigor luego del reajuste salarial decretado por el saliente gobierno, más de cuatro veces por encima de la inflación causada el año pasado. El desempleo, por ejemplo, si bien en enero bajó respecto a la tasa de un año atrás, el índice fue superior a los de noviembre y diciembre pasados. Y a ello se suma que, según la ANDI, hay una menor participación de la población en el mercado laboral y un incremento de cerca de 410 mil personas que pasaron a ser económicamente inactivas. Como lo puede apreciar, ni las finanzas públicas están claras, y mucho menos el panorama de la inflación y las metas de crecimiento.