El clima ha variado en unas décadas. Los períodos tormentosos y calmados no se alternan cuando era costumbre. Son más concentrados e intensos. Pero la Borrasca de Mayo no cede su puesto en el imaginario. Es un fenómeno de lluvia, tormentas, huracanes localizados y daños abundantes que se vuelven generales. Antes era un solo evento. Parece durar más y presentar emergencias plurales más redundantes. Sin excepción, pasa.
Así van nuestras decisiones electorales de 2026: como una Borrasca de Mayo que arrancó en febrero e irá hasta junio con consecuencias dañinas, si los líderes no actúan con inteligencia.
Los partidos y movimientos que propusieron listas abiertas para congreso, muestran una carencia de nuevas figuras de talla nacional. Pero casi tres millones de votantes adicionales, comparados con 2022, acudieron a las urnas. En las listas cerradas, la marca de los partidos prevaleció sobre la de los participantes individuales, aún en casos icónicos.
El nuevo Congreso tendrá, comparado con el 2022, senadores adicionales del Pacto, menos los de Comunes. Adicionales del Centro Democrático, más los de Salvación Nacional. Pero ninguno tendrá mayorías que garanticen una agenda expedita a cualquiera que encabece el próximo gobierno. Eso significa, como en el caso de la actual desadministración, que las enguandas ideológicas y la legislación sin sustento técnico, no pasarán de agache en comisiones y plenarias. Buena noticia. Las coaliciones implican moderación en asuntos delicados: reformas y modernidad, pero no a la brava.
Habrá que estar pendientes de la negociación de mayorías que pretenda armar el nuevo ejecutivo, para evitar daños sistémicos mayores a los ya provocados en casos como el robo en la UNGRD, la contratación de obras públicas, el clientelismo en la Seguridad Social, EPS intervenidas y Colpensiones, amén de las órdenes de servicios en casi todo el aparato estatal central. Negociación habrá. Debemos procurar que sea sobre el diseño de políticas públicas y no sobre la conveniencia personal.
Las consultas del 8M, tres millones menos de votantes que en el 22 que acataron la orden de abstenerse dada por Petro y De la Espriella, tienen tres clases de ganadores:
Los que, como lo dijo uno de ellos citando a Pirro hace dos mil trescientos años, “si tienen otra victoria así están perdidos”.
Paloma, potencialmente dueña de seis millones de votos para empezar negociaciones. Sin duda modifica el mapa de la primera vuelta. Si se dedica a sumar, puede ser la primera mujer jefe de nuestro estado. Si se arrodela pierde en primera y no podrá “pescar de noche”.
Y Oviedo, con su millón largo de electores y la legitimidad para proyectar su futuro político. Si no logra mover el programa dogmático del Centro Democrático, que siga apoyando a Paloma y la comprometa para ayudarle con la alcaldía de Bogotá, y así viabilice un futuro político sólido. Ya es figura y por ello tal vez no sea bueno que compita como VP con una candidata que debe consolidarse, no polemizar sino sumar en el ámbito externo a su origen. Buscar fórmulas como la de Jaime Pumarejo: ministro, costeño brillante, conocido nacional y localmente, preparado y sin mucho enemigo sería uno de los caminos.
Algunos que perdieron dejan una fila india: Cárdenas, Luna y A. Gaviria. No deben retirarse de las contiendas que siguen. Los otros sí, del todo, por voluntad popular.
Relanzar al Partido Liberal, que sobrevivió. Remecer al Conservador, descaecido. Decidir el futuro de la U, nebuloso. Reformar cómo se vota, para que sea fácil, y subirles la talanquera a los espontáneos de consultas y listas al congreso, reforzando los partidos. No más reembolsos a los espontáneos que no crucen duros mínimos.
La borrasca se desató. Está en desarrollo. Podemos sentarnos a cubierto para verla pasar arrasando o, en los contados días de sol, construir las turbinas que la vuelvan energía, evitando daños irreparables a la democracia y la libertad económica.
*Exministro de Estado