Diario del Cesar
Defiende la región

Geohumanismo y geopolítica

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​Aquel emblema de la silla con una pata rota frente a la sede de la ONU en Ginebra es hoy el retrato fiel de una civilización que se ha lisiado a sí misma. El sistema internacional nacido en 1945 representa un fracaso consumado e irreparable del cual ya no se puede esperar nada. Lo que hoy presento no constituye una alternativa teórica más. Es un grito de supervivencia denominado geohumanismo. Surge como la exigencia de situar el valor de la persona por encima de la fría administración de recursos, fronteras y soberanías que solo atienden al interés de las potencias propia de la realpolitik de Henry Kissinger.

En Colombia, un pueblo de profundas raíces cristianas, parecemos haber normalizado la pasividad ante nuestra propia deshumanización. La geopolítica tradicional es incapaz de ver el rostro del sufriente. Mientras la indolente burocracia internacional se distrae teorizando sobre el dominio cognitivo o el ciberespacio, la realidad golpea con una verdad descarnada. El reclutamiento infantil en nuestro país se ha cuadruplicado en los últimos cinco años, alcanzando cifras de un niño reclutado cada 20 horas.

​Facciones criminales como las Farc, el Eln, el Clan del Golfo y el Tren de Aragua roban niños desde los 9 años en los campos y selvas, ensañándose con comunidades indígenas y afrodescendientes. Se les obliga a matar antes de que puedan entender qué es la vida.

Esta barbarie no es local. Representa una metástasis que se repite con Hamas, Al Qaeda, Hezbolá, Boko Haram, Al-Shabaab, la MS-13 del Triángulo Norte centroamericano y el ADF de África central. Aquí como allá, las niñas relatan haber sido convertidas en objetos de satisfacción sexual para comandantes pedófilos desde los 11 años bajo el amparo de guerras que no comprenden.

​Resulta insultante la indolencia de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). A pesar de haber identificado a 18.677 víctimas de reclutamiento bajo las Farc, no ha impuesto castigos reales que sirvan de escarnio para frenar esta atrocidad, permitiendo que el horror continúe bajo nuevas siglas. Mientras tanto, las Naciones Unidas y sus organismos satélites observan indiferentes cómo se destruye la inocencia mediante un adoctrinamiento escolar vil que siembra odio en mentes puras. Culpamos a maestros ideologizados que se creen con el derecho de transmitir su resentimiento a los niños. Esto representa un robo a la moral pública que ninguna sociedad civilizada debería permitir.

​ ¿Para qué han servido la Unesco o Unicef si callan o no actúan ante el secuestro de la conciencia infantil? La solución no vendrá de una burocracia multilateral naufragada que despilfarra presupuestos sin resultados. La respuesta debe nacer del acuerdo real entre los dos grandes colosos, Estados Unidos y la República Popular China. Ambas potencias deben liderar un consenso que proscriba de manera efectiva la instrumentalización de menores. China ya dio un paso jurídico al ratificar en 2008 el Protocolo Facultativo relativo a la participación de niños en conflictos armados, marco que prohíbe terminantemente que grupos ajenos al Estado recluten a menores de 18 años.

Entidades como la China Foundation for Rural Development (CFRD) y la China Children and Teenagers’ Fund (CCTF) poseen la capacidad operativa para blindar escuelas y ofrecer educación técnica real en lugar de fusiles. Por su parte, Estados Unidos cuenta con el apoyo del Instituto de la Paz (USIP) y la iniciativa «Fomentar el Futuro Juntos» para mejorar el bienestar infantil mediante la educación y tecnología en zonas de guerra.

​El geohumanismo exige condicionar cualquier inversión internacional al respeto absoluto por la infancia. Ante el invierno demográfico global, cada vida malograda debilita la viabilidad de la especie entera. Un orden mundial que tolera el llanto de sus niños está condenado a su propia desintegración. No podemos mirar hacia otro lado. La silla rota en Ginebra representa el juicio a un planeta que perdió el alma.

*Economista y analista internacional