Diario del Cesar
Defiende la región

Colombia votó y habló: la democracia no se intimida

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En medio de tensiones políticas, discursos inflamados y una campaña marcada por la sospecha sembrada desde algunos sectores del poder, Colombia vivió ayer una jornada que merece ser resaltada con letras grandes en la historia republicana: una verdadera fiesta democrática. Millones de ciudadanos acudieron a las urnas con disciplina cívica, con esperanza y con la convicción profunda de que el voto sigue siendo el instrumento más poderoso que tiene la sociedad para decidir su destino.

Fue una jornada que desbordó los pronósticos de apatía. El país votó. Votó con entusiasmo, con determinación y, sobre todo, con una confianza que terminó desmontando una narrativa perversa que durante meses intentó instalar dudas sobre la transparencia del sistema electoral colombiano. El fantasma del fraude, agitado con insistencia desde sectores del oficialismo, terminó desvaneciéndose frente a la contundencia de los hechos: Colombia tiene uno de los sistemas electorales más vigilados, auditados y escrutados de la región.

No es un secreto que desde la Casa de Nariño se intentó posicionar la idea de que el proceso electoral estaba en riesgo, que las instituciones encargadas de garantizar la limpieza de los comicios no ofrecían plenas garantías. Esa narrativa, repetida una y otra vez, buscó sembrar incertidumbre en la opinión pública y erosionar la confianza ciudadana en los pilares de la democracia.

Sin embargo, la realidad terminó imponiéndose. Lo que se vio en las urnas fue la reafirmación de una tradición electoral que, con todas sus imperfecciones, ha demostrado ser sólida. Las elecciones en Colombia no son un acto improvisado ni un procedimiento opaco. Son procesos complejos que cuentan con auditorías permanentes, vigilancia de partidos políticos, acompañamiento de misiones internacionales y una estructura institucional que deja registro y evidencia de cada voto depositado.

Cada mesa de votación es un pequeño laboratorio de transparencia. Allí confluyen jurados de diferentes corrientes políticas, testigos electorales, observadores independientes y funcionarios del Estado. El resultado de cada mesa queda consignado en actas públicas, firmadas por los responsables y disponibles para el escrutinio ciudadano. Todo queda registrado, todo queda documentado. En democracia, la transparencia se prueba con hechos, y Colombia los tiene.

Por eso resulta paradójico —y profundamente preocupante— que quienes hoy cuestionan el sistema sean los mismos que hace cuatro años llegaron al poder precisamente gracias a ese mismo mecanismo electoral. Fue el voto popular, expresado en las urnas y validado por las autoridades electorales, el que permitió el ascenso de un nuevo proyecto político al gobierno nacional. Ese triunfo fue celebrado como una victoria de la democracia. Nadie habló entonces de fraude.

Hoy, cuando el país vuelve a someterse al veredicto de las urnas, resulta injustificable pretender deslegitimar el proceso antes de que siquiera se conozcan los resultados. Sembrar dudas sin pruebas no fortalece la democracia; la debilita. La desconfianza institucional es un combustible peligroso cuando se utiliza con fines políticos.

La democracia colombiana ha sobrevivido a guerras internas, a crisis económicas, a momentos de polarización extrema. No es perfecta, pero ha demostrado una resiliencia admirable. Durante décadas, incluso en los momentos más duros del conflicto armado, los ciudadanos siguieron votando. En pueblos remotos de la geografía nacional, donde apenas llegaban las carreteras o la presencia del Estado era precaria, las urnas aparecían como un símbolo de esperanza.

Ese espíritu cívico volvió a manifestarse con fuerza. El país habló con votos, no con rumores. La ciudadanía decidió responder a la incertidumbre con participación. Y ese es quizás el mensaje más poderoso de esta jornada: la democracia colombiana no se intimida.

Las imágenes de largas filas en puestos de votación, de jóvenes participando por primera vez, de adultos mayores ejerciendo su derecho con orgullo, son la prueba más contundente de que el país cree en las instituciones. A pesar de la desconfianza que algunos quisieron sembrar, la gente acudió a las urnas convencida de que su voto cuenta.

Esa es la esencia misma de la democracia: la confianza colectiva en que el resultado de las urnas refleja la voluntad popular. Cuando esa confianza se rompe, las sociedades entran en terrenos peligrosos. Por eso es tan importante defenderla con firmeza.

La jornada electoral también deja una tarea enorme para el nuevo Congreso que resultará de este proceso. No se trata únicamente de ocupar curules o de disputar cuotas de poder. El Legislativo tendrá la responsabilidad histórica de legislar pensando en la estabilidad institucional del país, en la fortaleza de sus reglas democráticas y en la protección de los equilibrios de poder que garantizan la libertad.

Un Congreso serio, responsable y comprometido con la democracia debe entender que su misión no es servir de caja de resonancia a los intereses de un gobierno de turno. Su papel es mucho más trascendental: es el contrapeso institucional que evita que el poder se concentre peligrosamente en una sola figura.

La historia latinoamericana está llena de ejemplos de líderes que, una vez en el poder, intentaron debilitar las instituciones para gobernar sin límites. Es la tentación del caudillismo, esa vieja enfermedad política que convierte a los gobernantes en aspirantes a monarcas republicanos.

Colombia no puede permitir que esa tentación se abra paso. La democracia no se construye sobre líderes providenciales ni sobre discursos mesiánicos. Se construye sobre instituciones fuertes, reglas claras y respeto por la separación de poderes.

Por eso el Congreso que surge de estas elecciones deberá ejercer su función con independencia. Tendrá que aprobar leyes que respondan a las necesidades reales del país: seguridad, empleo, educación, salud, desarrollo regional. Pero también tendrá que actuar como un muro de contención frente a cualquier intento de debilitamiento institucional.

El país necesita un Legislativo que defienda el Estado de derecho con la misma firmeza con que los ciudadanos defendieron ayer su derecho a votar. Un Congreso que recuerde permanentemente que en democracia nadie está por encima de la Constitución.

La jornada electoral deja además una lección clara para la clase política: el pueblo colombiano es mucho más maduro de lo que algunos creen. La ciudadanía no se deja manipular fácilmente por narrativas alarmistas ni por campañas de desinformación. Puede estar inconforme, puede criticar, puede exigir cambios, pero sabe distinguir entre el debate político legítimo y los intentos de socavar las instituciones.

La participación de ayer fue, en ese sentido, una respuesta contundente a quienes apostaban por la desconfianza. El mensaje fue claro: Colombia cree en su democracia.

Colombia ha demostrado, una vez más, que su democracia está viva. Que pese a los discursos incendiarios, pese a la polarización, pese a los intentos de sembrar dudas, la ciudadanía sigue creyendo en el poder del voto.

Bien por el pueblo colombiano. Bien por la democracia. El país habló en las urnas. Y cuando habla el voto, la democracia se fortalece.