Diario del Cesar
Defiende la región

Las promesas del heredero

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No estamos ante un candidato espontáneo ni ante un liderazgo que haya surgido por resultados concretos de gestión. Estamos frente al heredero político de un proyecto ideológico que ya gobierna y que ahora busca perpetuarse con otro rostro, pero con el mismo libreto. Iván Cepeda Castro no aparece como una figura aislada. Es la continuidad de una visión que ha encontrado en el poder del Estado su principal herramienta de acción y de expansión.

Por eso las cifras importan. No son un dato técnico ni un asunto contable, son el contexto real del proyecto que él representa. Un Estado que maneja 36 billones de pesos y que concentra cerca de 14 billones en contratación pública no es simplemente un regulador. Es el actor económico dominante, el que define prioridades, orienta recursos y tiene capacidad de influir en sectores completos.

Cuando ese poder financiero se alinea con una visión política que promueve mayor intervención y más control estatal, el riesgo deja de ser teórico. La contratación puede transformarse en instrumento de influencia, los cargos pueden pasar de responder al mérito a responder a lealtades y la expansión burocrática puede convertirse en una estrategia de consolidación política. Esa es la verdadera discusión de fondo alrededor de la continuidad que propone Cepeda.

Trece años en el Congreso deberían ser suficientes para mostrar una obra legislativa que impulse el crecimiento, fortalezca la institucionalidad o genere confianza en los mercados. Sin embargo, el mayor protagonismo político de Cepeda ha estado concentrado en la confrontación contra Álvaro Uribe Vélez. Convertir la disputa permanente en proyecto político puede movilizar bases ideológicas, pero no resuelve los problemas estructurales del país.

Cuando se le pregunta qué haría como presidente, su respuesta ha sido profundizar las reformas de Gustavo Petro. Esa afirmación no es menor. Significa insistir en un modelo que ha generado incertidumbre en la inversión, debilitamiento en el sistema de salud, tensión con el sector productivo y desconfianza en las reglas de juego. Significa continuar señalando a empresarios y generadores de empleo como si fueran el obstáculo del desarrollo, cuando en realidad son quienes sostienen el aparato productivo y el recaudo tributario.

El discurso de castigar a los ricos puede sonar atractivo en plaza pública, pero la economía funciona con confianza, estabilidad y reglas claras. Sin empresa privada fuerte no hay empleo, sin empleo no hay movilidad social y sin movilidad social no hay verdadera justicia.

Además, preocupa la postura históricamente adversa frente a la Fuerza Pública. En un país que aún enfrenta amenazas de grupos armados y economías ilegales, debilitar el respaldo institucional a quienes garantizan la seguridad no es un gesto simbólico, es una señal peligrosa.

Las promesas del heredero no son nuevas. Son la extensión de un proyecto que ya conocemos. La pregunta no es si el discurso emociona, sino si el modelo funciona. Y hasta ahora, los resultados obligan a ser críticos y a exigir algo más que consignas ideológicas.

Colombia necesita liderazgo con resultados, no continuidad automática de un experimento que aún no demuestra estabilidad ni crecimiento. El debate no es personal, es estructural. El futuro del país no puede decidirse sobre la base de una herencia política sin una evaluación rigurosa de sus consecuencias.

*Exministro de Estado