Diario del Cesar
Defiende la región

Naciones Unidas: más daño que bien

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Si en una entrega anterior analizamos la parálisis que asfixia al sistema internacional representado por las Naciones Unidas, hoy debemos reconocer que el diagnóstico ha pasado de la crisis que arrastraba de décadas atrás a la obsolescencia definitiva, sentenciada como tal por una mayoría de observadores internacionales. Y no es para menos.

Frente a la sede de la ONU en Ginebra se encuentra una escultura que parece una confesión de parte anticipada al juicio: una silla de madera de doce metros con una de sus patas rotas. Aunque nació como símbolo contra las minas terrestres, la obra ilustra con crudeza el estado de una organización lisiada, de la que se esperaba más de lo que pudo dar. Es hora de admitir que el esquema de 1945 ya no admite reconstrucciones; se politizó, se burocratizó y tocó fondo. De hecho, si mañana Colombia retirara su costosa delegación diplomática en Nueva York, Ginebra, París o Roma, nadie sentiría su ausencia.

En la práctica, la institución dejó de servir para lo fundamental. Perdió su rumbo en los laberintos de una «burocracia del espectáculo» donde la Asamblea General funciona como una pasarela de monólogos ante un desierto de sillas vacías. El Consejo de Seguridad, viciado por un derecho al veto que anula todo el engranaje, ha cedido el mando a clubes de conveniencia más ágiles como el G7, el G20, los BRICS+ o el Foro de Davos. Incluso poderosos directorios financieros internacionales -BlackRock, Vanguard, State Street y Fidelity- ejercen hoy una influencia global sin precedentes en la política y la gobernanza, donde el pragmatismo sustituye a la ética.

Para América Latina, esta inoperancia ha sido un lastre cómplice. Bajo el cínico pretexto de la «no injerencia», se ha callado frente a la insurgencia armada contra gobiernos legítimos, ignorando crímenes que desgarran nuestro futuro. En Colombia, el reclutamiento forzado de menores preadolescentes -niños y niñas- es una herida abierta que sangra a diario. Mientras aquí elevamos a dogma constitucional el “libre desarrollo de la personalidad” -consagrando el derecho a la apariencia, a la estética, al porte y consumo de drogas o a la orientación sexual como máximas conquistas-, en las montañas y territorios apartados, las guerrillas convierten a niñas de 12 años en botín sexual de pedófilos alzados en armas, y a sus hermanos a engrosar las filas guerrilleras, que en no pocas veces sirven como carne de cañón. No hay tutela que valga para ellas o ellos. La ONU documenta estos crímenes en informes que nadie lee, mientras Unicef y Unesco prefieren inaugurar cátedras de moda inclusiva.

Y hay otro crimen igual de devastador: el adoctrinamiento solapado en las aulas escolares. Maestros idealizados, atrapados en ideologías del siglo pasado, siembran en mentes tiernas que todavía no han aprendido a dudar el odio de clases y el resentimiento como si fueran verdades reveladas. Es una colonización política de la infancia, una violación de la conciencia que no encuentra condena en los organismos internacionales.

En nuestro continente, la degradación es absoluta. La OEA, atrapada en su propia inoperancia, mira de reojo a regímenes como el venezolano, mientras la OMS, asfixiada por recortes y disputas de poder, apenas puede certificar el colapso de sistemas sanitarios que nadie socorre. Este contraste nos pone frente a una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que el sistema internacional, que tanto detalla las libertades individuales del adulto, carezca de herramientas efectivas para proteger a un niño de 12 años arrebatado de su casa para ser violado o adoctrinado? La respuesta es cínica: porque esos niños no tienen voz en Davos, ni accionistas en BlackRock, ni voto en la Asamblea General.

El abismo entre la estructura de la posguerra y la realidad de hoy es insalvable. Queda en el aire la pregunta: ¿qué tipo de organización necesitan las naciones del mundo para que realmente sirva a la civilización sin otro distingo que su propia humanidad? Mientras no rescatemos el concepto humanista de nuestra especie -y mientras sigamos discutiendo de apariencias mientras nos roban la infancia-, la «silla rota» será el único asiento disponible en un planeta que se resignó al fracaso de la civilidad, quedándose sin ley y sin dolientes.

*Economista y analista internacional