Diario del Cesar
Defiende la región

Emprendedores políticos

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Colombia atraviesa un momento de definiciones profundas. Para avanzar, necesitamos entender nuestro rol como emprendedores políticos. No hablo de política electoral ni de militancia partidista.

El emprendimiento político es la capacidad de cada ciudadano para generar valor en lo público. Es la iniciativa de liderar cambios en la comunidad y de proponer soluciones a los problemas comunes. Sin embargo, le tenemos miedo a este concepto.

Hemos estigmatizado la palabra política y el temor nos ha paralizado. Pasamos de la apatía al daño social, a veces sin intención, simplemente por no asumir un liderazgo. La falta de educación en lo que es de todos, nos hace creer que lo público no nos pertenece. Ese es el primer error que debemos corregir. Ser un emprendedor político es, en esencia, ser un ciudadano activo que asume su responsabilidad con su país.

El silencio de quienes no participan, permite que la otra mitad trace el camino de todos. Ese vacío de participación es una renuncia voluntaria a nuestra soberanía. Quien no participa permite el peso mayor de quienes buscan incidir en los resultados desde la compra de votos, el asedio de grupos armados en los territorios, la desinformación, las narrativas de fraude que minan la confianza en nuestras instituciones, el riesgo de la financiación irregular y, sobre todo, la seducción de modelos populistas.

Las cifras de la Registraduría Nacional confirman el peso de la indiferencia. En la segunda vuelta presidencial de 2022, la abstención se situó en el 41.83%. Este dato, aunque menor que en años anteriores, esconde brechas importantes.

Este desapego a la participación, nace desde el hogar. La familia es la primera escuela de civismo. Es allí donde se siembran los valores o donde germina la indiferencia. Si en la casa se celebra la viveza o se justifica el incumplimiento de normas de convivencia, estamos formando ciudadanos pasivos. Cuando el interés individual derrota al sentido de pertenencia, el tejido social se rompe.

La neurociencia nos ofrece hoy perspectivas reveladoras. Ser un ciudadano íntegro no es solo un acto de voluntad. Es un proceso biológico. El centro del juicio ético reside en la corteza prefrontal. Es la encargada de la autorregulación y de la toma de decisiones responsables. Sin embargo, la corteza prefrontal no madura sola. Necesita estímulos y modelos claros. Un niño que crece en un entorno de respeto desarrolla mejor estas funciones. El estrés crónico y la falta de valores debilitan este músculo moral.

A esto se suma el papel de las neuronas espejo. Nuestro cerebro está diseñado para aprender por imitación. Los niños no escuchan lo que decimos, observan lo que hacemos. Si un padre es honesto en lo pequeño y participa con convicción, las neuronas espejo del niño graban el comportamiento como la norma. No podemos pedir ciudadanos activos si los adultos somos modelos de apatía. La integridad es un hábito que se contagia con ejemplo.

La transformación requiere una acción coordinada. En los hogares debemos recuperar la conversación sobre lo público y enseñar que los derechos siempre tienen deberes correlativos. Por su parte, el sector educativo debe convertir la formación ciudadana en una vivencia práctica donde el pensamiento crítico sea eje transversal. Esto debe complementarse con políticas públicas que inviertan en la primera infancia con un enfoque neuroeducativo, asegurando que cada niño tenga un cerebro bien nutrido y estimulado para decidir. Finalmente, la sociedad en su conjunto debe elevar el costo social de la trampa y empezar a reconocer al ciudadano íntegro que construye comunidad.

Hacer lo correcto casi nunca es gratuito. Cuesta comodidad y exige romper el silencio. No somos ciudadanos activos por votar cada cuatro años, sino por no callar en la cotidianidad frente a lo que está mal y actuar.

El presente y futuro de Colombia nos requieren a todos. El gran desafío es asumir nuestro rol como emprendedores políticos. No podemos permitirnos indiferencia frente al riesgo de modelos que asfixian las libertades y que terminan por devorar la democracia desde adentro.