Diario del Cesar
Defiende la región

Cabañuelas 2026

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Despedir un año y recibir el siguiente con pronósticos económicos no es tarea fácil. Pero vale la pena. Es un buen ejercicio para salir de la inmediatez de lo diario. ¿Qué se puede decir en las cabañuelas económicas para el 2026? Veamos en primer lugar el crecimiento. El 2026 debe ser un año de crecimiento modestamente aceptable. No tendremos un boom, pero tampoco un descalabro. La demanda interna, sobre todo la de los hogares, sigue teniendo un auge aceptable. El sector de espectáculos y entretenimiento -como dan testimonio infinidad de conciertos a reventar- permiten cierto optimismo. Mi pronóstico: un crecimiento entre 2% y 2.5%. La inflación –gracias al Banco de la República- está bajo control, aunque últimamente ha dado ciertos cabeceos inquietantes. Los mayores precios del gas tendrán su expresión más evidente el año entrante. En un año de elecciones hay menos inversión, pero se mueve el gasto electoral, que no es desdeñable. El gobierno seguirá gastando lo que no tiene y, eso, al menos en el corto plazo, tendrá un efecto estimulador del crecimiento. Más adelante se pagarán los platos rotos. Toda la vajilla de la fiscalidad está desportillada. El Banco de la República está preocupado y no es de esperar rebajas sustanciales en la tasa de referencia. Más aún, si continúan los malos datos sobre inflación no es descartable que el emisor vuelva a subir la tasa de interés. No olvidar tampoco los efectos negativos del ajuste en el salario mínimo. El gobierno Petro quiere despedirse con un ajuste de dos dígitos, casi el doble de lo que será la inflación en 2025. Mi pronóstico de cabañuelas: una inflación entre 6% y 7% para el año entrante. La situación fiscal está mal y será peor en el 2026. El gobierno saliente no hará ningún esfuerzo por ajustar las finanzas públicas que serán el peor legado que recibirá la administración que se posesiona el 7 de agosto de 2026. Habrá muchos insultos del gobierno Petro al Congreso y contra el sector privado, pero ninguna acción para moderar el febril ritmo de gasto público que trae y que sería la única manera de dar una respuesta inteligente al desbarajuste fiscal que vivimos. Mi pronóstico para 2026: el déficit fiscal bordeará el 8% del PIB y la deuda pública- que ya no cuenta con las barreras de sensatez que le imponía la regla fiscal- bordeará el 65% del PIB, y podría llegar al 70%. El gradual descrédito entre los mercados internacionales en la calidad de la política económica colombiana seguirá acentuándose, hasta agosto del 2026. Las tasas de interés que tendremos que pagar por endeudarnos seguirán por las nubes. De agosto en adelante todas las miradas estarán puestas en los resultados electorales y en los programas de los ganadores en las elecciones de congreso y presidencia. La agonía del gobierno Petro estará enmarcada en el trato descomedido y grosero con sus contradictores y contra el sector privado. Habrá muchas ofertas tardías y muy pobre ejecución de la gestión gubernamental. No podemos descartar, desafortunadamente, que meta al país en el cuento de una asamblea constituyente. Que naturalmente no terminará en nada distinto de distraer la atención de la ciudadanía del sinnúmero de escándalos de corrupción que lo acompañarán hasta el último día. El desorden fiscal ruge El gobierno, sin informar siquiera a qué tasa de interés lo hizo, se endeudó en la astronómica cifra de US$ 6 billones. La máquina del endeudamiento está desaforada: consecuencia de haber abandonado la regla fiscal. Como si lo anterior fuera poco, declaró una emergencia económica de contenido recesivo, sin fundamento alguno, pues el hecho de que el Congreso no aprobara una ley como la reforma tributaria no puede ser fundamento para sustituir al legislador ordinario que es el Congreso. Imaginen ustedes la jurisprudencia que se sentaría en nuestra democracia si cada ley que niegue el Congreso se convierte en fundamento válido para invocar una emergencia económica. Y, por último: el gobierno anuncia que no tiene suficiente liquidez para pagar las obligaciones de fin de año. De otro lado: silencio sepulcral sobre recorte del gasto público que es imperativo. Hay voracidad gubernamental por cobrar más impuestos y para endeudarse con desmesura, pero no para apretarse el cinturón. El desorden fiscal ruge y la improvisación fiscal es absoluta. PD: Por motivos de vacaciones esta columna no aparecerá en la primera semana del 2026. A los amables y pacientes lectores de esta columna mis mejores augurios para un próspero año nuevo. *Exministro de Estado