El miércoles pasado, en una rueda de prensa en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump lanzó una advertencia que retumbó en el continente. Tras la pregunta de un periodista de Red+ Noticias sobre si hablaría con Petro -como lo hizo con el narco usurpador Maduro y con la presidenta de México, Sheinbaum- el mandatario de Estados Unidos respondió sin titubeos: Petro “va a tener grandes problemas” si no entiende que Colombia está inundando de droga el territorio estadounidense. “Tienen fábricas de cocaína y la venden directamente a Estados Unidos”, remató, en una de las acusaciones más directas que un presidente de la potencia mundial haya dirigido a un jefe de Estado colombiano.
Y luego vino una frase aún más estremecedora: “Más le vale que entre en razón o será el siguiente. Espero que esté escuchando. Va a ser el siguiente”. En boca de Trump -el mismo que declaró a Maduro “cabecilla del Cartel de los Soles” y por cuya captura ofrece 50 millones de dólares, mientras despliega operaciones militares contra los carteles frente a la costa venezolana- esas palabras no son una metáfora. Son, prácticamente, un anuncio de que la presión estadounidense podría escalar hacia Colombia.
No es un hecho aislado. Hace apenas unas semanas, Trump afirmó que “el presidente de Colombia es un líder del narcotráfico” y, acto seguido, incluyó a Petro en la “lista Clinton”. Cuando un presidente de Estados Unidos combina señalamientos públicos con medidas de sanción, el mensaje es inequívoco: está construyendo un expediente y preparando el terreno para acciones mayores.
Aun así, Petro insiste en actuar como si todo esto fuera un malentendido. Ignorando las cifras que lo desmienten: bajo su mandato, los cultivos de coca superaron las 270.000 hectáreas y la producción de cocaína alcanzó las 3.800 toneladas, le respondió a Trump que “es un hombre muy desinformado”. Ningún gobierno en la historia había exhibido semejante descontrol. Y, como si fuera poco, su cercanía y alianza con Maduro -justo el blanco central de la agenda antidrogas de Washington- lo deja expuesto en el peor momento.
Y la canciller de Petro, lejos de bajar la tensión, decidió aumentarla de manera irresponsable. Primero insinuó que Colombia podría otorgarle asilo a Maduro, un gesto que en Washington se interpretaría como un desafío directo. Luego arremetió contra la Premio Nobel de Paz, María Corina Machado, aliada y consentida de Trump, y la voz más importante de la oposición venezolana. Tras su reaparición en Oslo, después de estar oculta durante año y medio por las amenazas del narcorégimen, María Corina advirtió que “Venezuela ha sido invadida por agentes rusos, iraníes, Hezbolá, Hamas, guerrilla colombiana y carteles de la droga”. En esencia, describió el mismo ecosistema criminal del que Petro parece ser su más ferviente defensor.
Con esta suma de despropósitos, no sorprende que Trump haya dicho, sin eufemismos, que Petro “va a ser el siguiente”. No lo celebramos, porque detrás de esa frase está Colombia: su economía, su estabilidad y su relación estratégica con la potencia más influyente del hemisferio. Pero sería infantil desconocer lo evidente: Petro, por su propio comportamiento, se ha colocado en la antesala de un choque frontal con Estados Unidos. Hoy no es la oposición quien lo señala, ni la prensa colombiana: es el presidente de Estados Unidos quien lo ubica en la mira. Y cuando Trump apunta, no suele hacerlo solo para intimidar.
*Expresidente del Congreso