Este 4 de diciembre se cumplen 13 años del adiós a Miguel Calero, una fecha que Pachuca vive entre nostalgia y gratitud. El exportero colombiano, símbolo de liderazgo y gloria para los Tuzos, dejó una huella que trasciende generaciones y que sigue marcando la identidad de un club que encontró en él a su mayor referente bajo los tres palos.
El recuerdo de aquel día de 2012 permanece intacto. Tras ser internado por una malformación arteriovenosa, Calero luchó durante días mientras la afición vivía en incertidumbre. El 3 de diciembre se confirmó su muerte cerebral y, al mediodía del 4, se anunció su fallecimiento. La noticia sacudió al futbol mexicano, especialmente a una ciudad que lo adoptó como hijo.
Miles de aficionados asistieron a su velorio en el auditorio Gota de Plata y posteriormente al estadio Hidalgo, donde el arquero recibió un homenaje silencioso y multitudinario. Parte de sus cenizas volvió a Colombia, pero la otra mitad permanece en Pachuca, su hogar deportivo.
Calero llegó al club en el 2000 y, tras un inicio complicado, construyó una de las carreras más exitosas para un portero extranjero en México: cuatro títulos de Liga, cinco Concachampions, tres participaciones en el Mundial de Clubes y la histórica Copa Sudamericana de 2006. Su voz de mando, su personalidad y sus atajadas forjaron una era dorada para los Tuzos.
Trece años después, su nombre sigue presente en los cánticos, las historias y la memoria colectiva. Aún existe una deuda pendiente: la estatua prometida en 2022, un homenaje que Pachuca todavía le debe al capitán que nunca dejó de volar.