Recuerdo el debate en el congreso norteamericano de los ochenta y noventa, sobre los efectos perversos para Colombia de la erradicación exitosa de cultivos de coca en Bolivia y Perú, quienes con razón se preocuparon a su vez cuando se empezó a implementar el Plan Colombia. Bajaban drásticamente en esos sitios y aparecían rápidamente en nuestro territorio; y viceversa. Así funciona un mercado ilícito al que solo se le combate un extremo, mientras no haya reducciones sustanciales del consumo, o mientras no se decida su legalización.
Trump ha dicho que la cocaína ya no es el principal problema de EE. UU.: lo son el fentanilo y la heroína, por lesivos para millones y letales para miles de personas que caen en la sobredosis. El fentanilo es de laboratorio, sintético, y cada vez más tiende a consumirse junto con heroína y cocaína haciéndolo aún más peligroso.
En cincuenta años la llamada guerra antidrogas ha usado todos los métodos represivos posibles: erradicación de cultivos; limitación de precursores; interdicción aérea, marítima y terrestre; persecución a los activos financieros; prisión y cacería judicial, tributaria y antiterrorista a quienes lo manejan; represión para los consumidores y tratamiento médico y psicosocial para los adictos. La colaboración militar y de inteligencia ha sido masiva. Sin embargo, el tráfico sigue ínclito aún en medio de operaciones militares de alto calibre, como la que desarrolla EE. UU. en el Caribe y el Pacífico de las que no sabemos sus efectos.
El narcotráfico se ha atomizado y capitalizado. Tiene inmenso músculo financiero y logístico. Ha permeado o fortalecido estructuras delincuenciales organizadas en todo el mundo. Se ha atrevido a financiar sediciones y a coptar gobiernos. Ocupa con facilidad los espacios regionales en países con poco control territorial y pelecha en otros campos criminales como la extorsión, la financiación electoral subrepticia y la corrupción pública. Latinoamérica es ejemplo de la profundidad sin fronteras que ha podido alcanzar el narco.
Ahora aparece un nuevo método de control a la producción y comercio ilegal de droga: el religioso, intransigente y radical.
Según reporta Bethany Bell de la BBC, en 2022 el Talibán, “estudiosos de la religión”, prohibió el cultivo de amapola en Afganistán, país que respondía por el 80% del total del opio mundial. Los cultivos y la producción cayeron con el argumento de que van en contra de las creencias islámicas. Se pasaron a cereales aunque son menos rentables. Las hectáreas cultivadas de amapola, según Naciones Unidas, pasaron de más de 200.000 en 2022, a 10.200 en 2025 con cuatro provincias declaradas libres.
Por el lado del consumo, ninguna novedad ha sido reportada. Es de esperarse entonces que la producción de opio esté migrando a algún otro sitio, o que regrese a Afganistán cuyos agricultores están enfrentados al dilema de “obedecer la prohibición religiosa o morir de hambre”, según dijo un campesino. Los candidatos para remplazar la producción perdida de amapola afgana son Colombia, México y Myanmar.
De otro lado, las dos principales potencias mundiales, China y EEUU, acordaron en Busán, Corea del Sur, trabajar juntas y restringir las exportaciones chinas de precursores de fentanilo a EEUU, Canadá y México. Este último es el principal fabricante de la droga sintética con base en compuestos derivados de la piperidina, importada de China. El comercio y la producción ilegal de fentanilo, fueron la principal razón esgrimida por Trump para imponer aranceles a los tres países.
¿Cuáles son los candidatos opcionados a recibir la producción de precursores chinos del fentanilo? Colombia, México y Afganistán!
Debemos blindarnos contra la presión que está ejerciendo el crimen organizado global sobre nuestra capacidad, desarrollada con la coca, para que produzcamos y exportemos más amapola y más fentanilo ahora que cambian de sede. Habrá efecto balón, como ya está probado.
*Exministro de Estado.