Del mismo autor de “yo no lo crié” surgió la frase: “El Cartel de los Soles no existe”. Sí, se trata de Gustavo Petro, quien, desde su llegada al poder, ha dedicado más tiempo a asuntos extraños y oscuros que a gobernar. Los escándalos de toda índole y un completo desgobierno han ocupado la agenda del “cambio”.
Pero más allá de sus excentricidades y desaciertos, lo que hoy se cierne sobre Colombia reviste una gravedad sin antecedentes. Hemos padecido el colapso de la seguridad, la crisis fiscal y el desmoronamiento del sistema de salud, apenas tres ejemplos de una larga lista de desastres. Sin embargo, lo que ocurre en la frontera con Venezuela y la inquietante sumisión de Petro al régimen de Nicolás Maduro plantea un riesgo aún más profundo.
Las señales son innumerables. Más de seis reuniones secretas en Miraflores entre Petro y el narcodictador encendieron las alarmas desde el comienzo. Su silencio ante el robo electoral y su complacencia con el régimen usurpador le han costado críticas nacionales e internacionales. Hoy, los hechos recientes sugieren que lo que antes parecía sospechoso se transforma en una grave amenaza contra la seguridad de Colombia.
El Catatumbo oculta verdades que desbordan el relato oficial. En enero de 2025, cuando la crisis humanitaria expulsó a más de 60.000 personas, el desgobierno colombiano y la dictadura vecina lo atribuyeron a enfrentamientos entre el Eln y las Farc, ocultando la presencia de los carteles de los Soles y de Sinaloa. Bajo ese manto de engaño, el régimen venezolano desplegó un operativo encabezado por Diosdado Cabello -por cuya captura Estados Unidos ofrece 25 millones de dólares, quien apareció en Zulia con el pretexto de atender a los desplazados. ¿Alguien podía creer que un capo de semejante talla se disfrazara de bonachón humanitario? Su presencia solo anunciaba un movimiento siniestro.
Después trascendió un delicado informe de inteligencia estadounidense: el grupo terrorista Hezbolá mantiene presencia activa en la frontera colombo-venezolana. La revelación no sorprende: Maduro ha estrechado lazos con Irán, aliado histórico de Hezbolá y su proveedor de armas, dinero y entrenamiento.
Los últimos movimientos desde Washington confirman la magnitud del problema. El secretario de Estado, Marco Rubio, anunció la nueva recompensa de 50 millones de dólares por la captura de Maduro, a quien la administración Trump identifica como cabecilla del Cartel de los Soles. En paralelo, un fuerte despliegue militar estadounidense se estacionó frente a las costas venezolanas, reavivando rumores de intervención. Trump ha insistido en que la misión busca frenar el narcotráfico, aunque nadie descarta una anhelada acción definitiva contra el régimen.
Y aquí la figura de Petro adquiere un papel inquietante. Ante la situación, uno de los pocos mandatarios que salió en respaldo de Maduro fue él. Más grave aún, en un acto insólito, negó la existencia del Cartel de los Soles, pese a que las Fuerzas Armadas colombianas y agencias internacionales lo tienen documentado como el brazo criminal de la dictadura. Su postura no solo contradice la evidencia: lo deja peligrosamente alineado con un entramado criminal de escala global.
¿Para dónde nos lleva Petro? El desenlace no podría ser más sombrío. Mientras Estados Unidos incrementa la presión y Maduro envía tropas hacia nuestra frontera, exigiendo a Petro hacer lo mismo, nos pone en el riesgo descomunal de que Colombia, como nación, quede atrapada en esa nueva telaraña del narcotráfico internacional.
*Expresidente del Congreso