Diario del Cesar
Defiende la región

De la guerra y la paz

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Alguien dijo que era más fácil hacer la guerra que hacer la paz. A ello podría agregársele otro criterio: que es más fácil que los combatientes hagan la paz. Que tras ella sean capaces de fumar la pipa de la paz. De respetarse y tratarse distinto a como lo hicieron cuando eran enemigos irreconciliables. De tolerarse, de aceptarse y de aceptar que en sus actos de guerra, por la defensa de ideales o por la defensa de intereses, cometieron delitos graves. Incluso difíciles de creer, de parte de aquellos, o, mucho más, difíciles de perdonar por quienes fueron sus víctimas. No así ocurre con quienes, de una u otra manera, también participaron en la guerra que ellos hicieron, básicamente patrocinándolos, subvencionándolos o, simplemente, simpatizando, y, a través de esto, tolerando, por acción u omisión, sus actos.

Dos hechos, uno del orden municipal y otro de connotación nacional, corroboran lo dicho. En la ciudad, dos comandantes de fuerzas irregulares, que con su actuar dejaron tras de sí una estela de hechos luctuosos, de los que todavía sus víctimas no se reponen, delante de muchas de estas reconocieron sus acciones, asumieron su mea culpa, y, al final, se dieron el abrazo de la paz. Ambos provienen de dos procesos de paz, que, con todos sus defectos, en lo que respecta a estos territorios, le dieron reposo a las comunidades urbanas y rurales que vieron caer, en sucesivos actos de terror, numerosos muertos, sin distingos, muchos de cuyos crímenes nadie entiende la razón y, casi todos, aún se mantienen en la impunidad. Tanto si se cometieron en matanzas o se perpetraron selectivamente. Y, lo más lamentable: sus determinadores, es decir, los no combatientes, como lo eran las víctimas, siguen arropados con su silencio. Ese acto, celebrado en un importante hotel de Valledupar, puede ser el inicio para que, una vez sus actores materiales lo reconozcan, también sean ellos los que expresen quiénes y porqué, y para qué, los determinaron.

El otro hecho ocurrió en la capital del país, igual con otro viviente del segundo proceso de paz, que desmovilizó a la más vieja guerrilla del mundo. Santrich–que enfrenta a la justicia colombiana no solo como desmovilizado de la farc, sino, también, como supuesto narcotraficante, por voluntad de las autoridades de USA-, como consecuencia de lo pactado en La Habana, se posesionó como congresista. El espectáculo de su presencia en los recintos del llamado templo de la democracia no pudo ser más bochornoso y, si se quiere, ejemplo de intolerancia. Algún presidente de comisión levantó la sesión. Otros, parlamentarios, abandonaron la sala de debates del congreso. Uno y otros, alegaban, palabras más, palabras menos, su rechazo a la presencia de un criminal y mafioso, según palabras del propio mandatario, que debe dar ejemplo de sindéresis y de respeto al estado de derecho, en el parlamento

Muchos pueden haber quedado convencidos que lo hecho fue lo correcto. Pero la historia reciente de Colombia es tozuda. A los que nos gusta revivirla, para rechazar un posible retorno al pasado, sabemos que ese recinto, que debe ser sagrado, no lo ha podido manchar solo Santrich y sus otros copartidarios, que son el resultado de un Proceso de paz, con los defectos que tuvo el de Uribe con el paramilitarismo.  Es para no repetir, pero ¿acaso se les olvidó a los manifestantes el 30% por ciento de parlamentarios resultantes del Pacto del Ralito?