Diario del Cesar
Defiende la región

Las ideas tienen consecuencias

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El infame atentado contra Miguel Uribe Turbay sacudió el alma de toda Colombia, donde apenas ahora la mayoría de los ciudadanos comienzan a anhelar lo que antes despreciaban. No se trató, como sugirió el presidente, de una manifestación más de la “violencia eterna” de nuestro país. Un crimen de esta naturaleza no se había visto desde el asesinato de Álvaro Gómez en 1995.

Al contrario, el atentado nos indigna porque, aunque la ingratitud y la manipulación de la historia nos lo haga olvidar, Colombia sí ha conocido periodos de estabilidad democrática y progreso material envidiados en el resto del continente. El primero de estos correspondió al gran milagro cafetero de principios del siglo XX, el segundo al proceso pacificador del Frente Nacional, y el tercero, que comenzó a inicios de los años 2000, concluyó el 7 de agosto del año 2022. Desde entonces, solo hemos visto aberrantes retrocesos.

El máximo responsable de nuestro deterioro nacional, Gustavo Petro Urrego, es también responsable político del atentado contra quien lo enfrentó. El presidente es responsable en sus acciones, al no otorgarle al Senador Uribe Turbay un esquema de seguridad acorde a las amenazas que enfrentaba. También es responsable en sus palabras. Uribe Turbay fue uno de los opositores más calumniados por el presidente, quien lo tildaba regularmente de fascista, genocida y torturador, todas acusaciones sin fundamento alguno en la realidad. Fue parte de aquella oposición que lleva tres años resistiendo el autoritarismo revolucionario, a quienes el presidente les declaró “la guerra a muerte” hace menos de dos meses. Petro dice representar la vida y la paz para justificar acuerdos con terroristas y narcotraficantes, pero su retórica política invoca la guerra y la muerte contra la ciudadanía honesta de Colombia. El acto violento contra un opositor representa el último paso en su deshumanización por parte del mandatario. Aunque no lo quiera reconocer, Petro alimenta los fuegos de la violencia, y lo sigue haciendo cuando tilda a sus críticos de “ratas de alcantarilla” por exigirle que asuma la más mínima responsabilidad política.

El problema no se limita a las formas y acciones de Petro, sino también a sus ideas. El petrismo se ufana de que el M-19 dejó las armas en los años noventa, cuando les resultó políticamente conveniente, como si dejar de extorsionar, secuestrar y masacrar los hiciera moralmente superiores a los millones de colombianos que nunca lo hicimos. Peor aún, siguen creyendo en la legitimidad de la violencia como instrumento político. La justifican constantemente cuando la ejercen los terroristas, cuyos caídos en combate lamentan y cuyos dirigentes premian con títulos de gestor de paz. La desplegaron sin escrúpulos contra el gobierno de Iván Duque Márquez, a la vez que este mismo les otorgaba amplias garantías como opositores políticos. Existe una línea directa entre los desmanes incendiarios del Paro Nacional de 2021 y el repudiable atentado de la semana pasada.

Todos los colombianos que hayan contribuido a normalizar o justificar cualquier parte de esa nefasta trayectoria, ya sea avalando al petrismo o socavando la legitimidad de nuestras instituciones democráticas, tienen las manos manchadas de sangre. Quienes derribaron con júbilo hace tres años nuestro muro de contención contra la barbarie, deben asumir que votaron por el partido de la guerra a muerte. Las ideas tienen consecuencias. Llegó la hora de impulsar las ideas que nos devolverán al camino hacia un país mejor, como lo hicieron Luis Carlos Galán, Álvaro Gómez, y tantos otros mártires republicanos en el seno de nuestra última horrible noche.

*Analista