Ninguna contradicción más grande que la que ha planteado el presidente Trump al desatar lo que se ha denominado una guerra contra la Academia, una guerra contra la ciencia, una guerra contra la universidad y sus institutos de investigación en los Estados Unidos. Si algo le ha otorgado superioridad y grandeza a los Estados Unidos es la excelencia de sus universidades. Acostumbraba decir que el sistema de educación superior de prácticamente todos los países del mundo culminaba en los Estados Unidos. Allá aspiraban a llegar las inteligencias más refinadas, los estudiantes más ambiciosos, los que ansiaban una formación aún más sofisticada que la que ya habían logrado en sus propios países. Oxford y Cambridge competían.
Resultaba asombroso para un estudiante latinoamericano llegar al principal Instituto tecnológico del mundo, el MIT, y ver que estaba prácticamente invadido por estudiantes asiáticos, de la China, del Japón, de la India, de las Coreas etc. Existen campos del conocimiento, y no son pocos, en los cuales el mayor repertorio de información científica, de recursos bibliotecarios, de investigaciones en curso y de producción de documentos y libros y la realización de seminarios internacionales y actividades similares se encuentra en los Estados Unidos. No haber formado parte de estos centros, o no estar en contacto con ellos y sus actividades, era equivalente a estar marginado del conocimiento que se pretendía tener.
Difícil encontrar un país que hubiera producido más investigaciones de todo orden sobre Colombia, por ejemplo, o cualquier otro país latinoamericano, que los Estados Unidos. Y así se podría predicar, creo que sin el riesgo de equivocarse, con respecto a otros continentes. La generosidad de las universidades norteamericanas o de las fundaciones o de programas como los de la Comisión Fullbright eran la envidia de profesores de otras partes del mundo aún bien desarrolladas. Cuando les preguntaba a profesores europeos, por ejemplo, por qué la publicación de textos sobre América Latina era tan precaria en sus países la respuesta era muy sencilla: es que en Estados Unidos les financian 2 y hasta 3 años o más para que hagan sus investigaciones sobre estos países y así no ocurre en los nuestros donde máximo se llega a tres meses. Era el sacrificio individual lo que le permitía a profesores que no eran financiados por las fuentes de los Estados Unidos dedicar más tiempo a sus trabajos.
Declarar la guerra a estas instituciones es, realmente, como una invitación, para que como ha sido una admirable tradición en ese país, los millonarios y las personas con algunos recursos dejen al morir, y algunos durante sus vidas, importantes recursos para que las universidades y los centros de investigación y algunas fundaciones puedan mantener ese compromiso con la educación, con la ciencia y, además, con alimentar las ambiciones científicas en todas partes del mundo.
La entrega de premio Nobel cada año reafirma esta grandeza de las universidades estadounidenses. Y el número de premios Nobel que trabajan en esas instituciones ratifican la vocación por la excelencia que las caracteriza.
Ya universidades como Harvard han anunciado matrículas gratuitas para estudiantes de familias que desde aquí diríamos que son de clase media. Por fortuna, algunas universidades cuentan con patrimonios que la generosidad de sus exalumnos les ha permitido constituir y que vienen manejando con especial cuidado para afrontar situaciones tan inusitadas como las que están viviendo.
Muy extraña idea esta de creer que se puede mantener la grandeza de los Estados Unidos, la que ha tenido y la que tiene todavía, destruyendo la principal fuente de esa grandeza: sus universidades, sus centros de investigación, sus vínculos con la ciencia en todas partes del mundo, su generación de premios Nobel y la utilización de los mismos en la vida diaria de estas instituciones. Qué extraña idea sobre la grandeza de un país, creer que esta se mantiene, se consigue o se aumenta con la destrucción de su recurso más preciado.
*Analista