Diario del Cesar
Defiende la región

Idelfonso Ramírez Bula, otro poeta que ‘parió’ ‘El Cafetal’

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POR

WILLIAM

ROSADO

RINCONES

Villanueva, La Guajira, es una cuna donde no solo se mecen los acordeones, también hay edredones que arropan un mundo de canciones brotadas de silvestres poetas que retumban su cantar, después de inspirarse en la naturaleza exótica que los rodea y en los amores cristalinos como los arroyos que bajan del Cerro ‘Pintao’.

En las faldas de dicho cerro en Villanueva, La Guajira, al parecer el Divino Creador, derramó un abono intelectual para dar origen a la creación de letras y melodías que le dan un sello particular a este lugar del departamento peninsular de Colombia. No es menester escudriñar los grandes bardos de la literatura mundial, para encontrar la lírica, el contenido y la esencia de un pensamiento universalmente poético, basta escuchar la inspiración de un compositor villanuevero como Idelfonso Ramírez Bula.

“La agonía termina el resto de mi vida
Y ya se aleja el ‘ruiseñor herido’
En el alma, una melodía sentida
Que aunque sabes que se pierde en el olvido
Pero si tú lo escuchas negra querida
Sabrás que siempre te llevó con migo”

En ese prodigioso territorio villanuevero, la ‘bendición’ se acumuló en un sector llamado ‘El Cafetal’, un barrio que le hace apología a este grano que se produce en cantidades notorias en su vecina Sierra del Perijá, en toda la frontera con Venezuela, allí son tan extensas las variedades de  las cosechas, como los mismos ‘pergaminos’ autorales que brotan de ese pedacito de suelo en donde germinan bajo los efectos de la polinización folclórica: cantantes, acordeoneros y compositores.

Tal vez, las nuevas generaciones tengan pocas referencias  de este y otros temas, pero si se levanta el ‘ancla’ de los recuerdos, es meritorio que la historia le dé un mejor tratamiento al nombre de: Idelfonso Ramírez Bula, quien inexplicablemente desapareció del panorama folclórico, cuando su mente estaba en plena ‘cosecha’ musical.

 

POCAS, PERO BUENAS

 

Nadie se explica el por qué, Ramírez Bula, no apareció más en las carátulas de los famosos Long Play de los años setenta, cuando irrumpían con furor los primeros grupos vallenatos que se despegaban del lastre discriminatorio que sufrieron los primeros cultores.

Basta con repasar el impacto de ‘Rosa Jardinera’, una canción con la que se extasiaron los parranderos de la época, en la voz de Jorge Oñate con los Hermanos López, para dimensionar la calidad melódica y narrativa  del compositor.

Contrario a cualquier desengaño amoroso que pueda imaginar el receptor de esta canción, la temática no es más que el resultado de un desgarrador dolor que compungió su alma y lo hizo enclaustrar en un riguroso luto, luego de la muerte de su señora madre, cuando apenas le habían grabado su primera canción. Un año después y por petición de sus amigos cercanos, se sacudió la pena y le brindó al mundo folclórico, este tema en homenaje a su progenitora, la que tituló, Rosa jardinera, en la Voz de Jorge Oñate:

“Hay grandes penas que hacen llorar a los hombres,
A mí en la vida me ha tocado de pasarlas
Fue cuando entonces se enlutaron mis canciones
Hasta llegué a pensar que ya mi fuente se secaba
Pero volvió el compositor que no cantaba,
Regando con sus canciones florecitas
Hoy ya de nuevo se escucha en la madrugada
Este bullicio de un parrandero que grita
Ay ombeuepajé
Es el grito de mi tierra alegre
Ay ombeuepajé
Un grito que hace llenar el alma”.

 

Idelfonso no es un compositor de muchas obras, pero las que sacó a la luz pública, fueron suficientes, para mostrar un cerebro con superávit neuronal. Fueron apenas nueve las canciones, las que lo doctoraron como un clásico hijo de Villanueva que a verso limpio mostraba el potencial de los vecinos de la sierra.

Eso sí, fueron todas exitosas, las que ahí las muestra con orgullo la historia del vallenato, mientras él se escudó en la docencia para evitar que la vida parrandera lo absorbiera, lo que para entonces no prometía un futuro muy ‘decente’.

Hoy sus amigos dicen que Villanueva y La Guajira se ganaron a un gran profesor, pero perdieron un cultor que también enseñaba con su musa, y por además se convirtió en pilar estructural del crecimiento del vallenato.

Pese a esto, Idelfonso no se arrepiente y dice que con lo poco que hizo fue suficiente para que su nombre resplandeciera en la galería de los buenos hijos de ‘El Cafetal’, ese barrio donde aún vive y parrandea con el recuerdo imperecedero de los motivos que lo volvieron compositor, como María Esther Montero, aquella despampanante morena que le inspiró la obra ‘Terco Corazón’, canción que también le grabó Jorge Oñate con Emiliano Zuleta:

 

“Ay terco corazón ya te volviste a enamorar,
Te hacen sufrir bastante y después estás arrepentido,
Ya no te acuerdas cuando estabas en olvido,
Y decías que lo mismo no te volvería a pasar.
En este caso ya estás prevenido,
Por si el intento te vuelve a fallar”.

 

Idelfonso Ramírez Bula nació un 5 de septiembre, fecha en la que muchos años después, se incrustó en la memoria de los colombianos, tras el histórico partido que Colombia le ganó a Argentina 5 goles a 0, desde entonces Ramírez Bula dice tener dos motivos para celebrar, fiesta que tiene como primeras invitas a esas canciones que rotularon su nombre.

Con sus pocas obras dice sentir la satisfacción del deber cumplido, es como haber conquistado el ‘Hall de la Fama’ criollo, pese a su ermitaño encierro al pie de la sierra villanuevera. Los que realmente dimensionan su potencial creativo saben que sus obras encierran un contenido similar o superior a los que hoy comercialmente se volvieron máquinas de fabricar letras.

 

PRIMERA CANCIÓN

 

Su primera grabación se la hicieron sus paisanos ‘Poncho’ y Emilianito Zuleta en el año de 1973, gracias al reconocimiento que ya se había ganado en el famoso colegio ‘Roque de Alba’, inminente centro de la cultura villanuevera, donde precisamente nació el Festival Cuna de Acordeones. Allí en el ‘Roque’, Bula hizo la canción ‘Paso a Paso’, la que lo catapultó a esa gloria que merece ser más explícita, pero que él, la siente más placentera con los aplausos de sus vecinos ‘cafetaleros’:

 

“Oigan amigos cuando escuchen acordeón
Y de sus aires salgan aires vallenato
Vendrán recuerdos con un poco de emoción
De aquellos días que para todos fueron gratos
Después vendrá un dolor
Recordando, recordando”

 

Como todo poeta innato, Idelfonso no ha dejado de componer, pero ya las temáticas actuales le abren una brecha muy notoria a su estilo, frente a los nuevos exponentes, de ahí que prefiere ‘acariciarlas’ en su libreta o cantarlas mientras califica a sus estudiantes de la escuela de ‘El Cafetal’ o mientras comparte una parranda en cualquier esquina de los altos pretiles de su barrio querido con un aire ya un poco diferente, pero con la misma pureza del alma provinciana de todos los que lo rodean.