Diario del Cesar
Defiende la región

El campo olvidado a su propia suerte

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En 1965, durante el gobierno del presidente Guillermo León Valencia, se estableció que el primer domingo del mes de junio se celebraría el Día del Campesino, un evento que desde entonces ha buscado el reconocimiento de los campesinos y campesinas en el desarrollo económico, en la seguridad alimentaria y en la conservación de las tradiciones culturales rurales de nuestro país.

Esta fecha se convierte en un momento histórico para fortalecer la identidad de los campesinos reconociendo a la vez, sus ricas prácticas culturales y su sabia relación con la naturaleza. Son las manos fuertes y ásperas de los trabajadores de la tierra las que delatan lo dispendioso de las labores del campo.

Producto de estas manos son los alimentos que llegan a la mesa diariamente, y a pesar de esta labor, imprescindible para la subsistencia de la humanidad, hoy en día, se desconoce el valor de los campesinos y de su trabajo no solo para la despensa de alimentos del país si no como base de la tradición y del carácter de los colombianos.

El día del campesino es una oportunidad para reconocer las tradiciones culturales de esta población. Sin embargo, es también una ocasión para establecer un intercambio y un diálogo sobre la historia de los campesinos y de cómo esta ha permeado su cultura y tradiciones, las cuales son parte fundamental de nuestra historia como nación.

Al observar la historia y la cultura campesina podemos comprender buena parte del origen del conflicto armado interno colombiano y, en general, de la historia del siglo XX, que tuvo como uno de sus rasgos más significativos las migraciones campo-ciudad.

Los campesinos y campesinas de nuestro país son depositarios de unas tradiciones que hablan de todos nosotros y de nuestra memoria histórica. En estas tradiciones podemos reconocer la diversidad cultural de nuestro país, puesto que en las áreas rurales también convergen la población indígena, los y las afrodescendientes, y todas las otras poblaciones que conforman nuestro país, en términos generales. En este sentido, esta celebración es también una conmemoración de nuestra diversidad y nuestra multiculturalidad.

Al observar la historia y la cultura campesina podemos comprender buena parte del origen del conflicto armado interno colombiano y, en general, de la historia del siglo XX, que tuvo como uno de sus rasgos más significativos las migraciones campo-ciudad.

Los campesinos y campesinas de nuestro país son depositarios de unas tradiciones que hablan de todos nosotros y de nuestra memoria histórica. En estas tradiciones podemos reconocer la diversidad cultural de nuestro país, puesto que en las áreas rurales también convergen la población indígena, los y las afrodescendientes, y todas las otras poblaciones que conforman nuestro país, en términos generales. En este sentido, esta celebración es también una conmemoración de nuestra diversidad y nuestra multiculturalidad.

El informe “El campesino, reconocimiento para construir país”, elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Pnud, señala la falta del desarrollo rural y la poca coherencia en materia de programas en pro de la tierra, además de la violencia que azota a los campesinos, son algunos de los factores que generan pobreza y hasta miseria.

“La situación del campo colombiano solo parece reversible si se superan los conflictos de fondo, si la sociedad colombiana se conciencia del papel del campesinado y de la agricultura en la provisión de alimentos y materias primas, de servicios ambientales y de estabilidad política”, argumenta el documento del Pnud.

Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), el 15,1% de la población del país habita en las zonas rurales con aproximadamente tres personas en cada una de las viviendas.

En el Censo Agropecuario del 2014 el DANE recorrió los 32 departamentos del territorio nacional y se pudo ver que de un área de más de 113 millones de hectáreas, la tercera parte (40,6%) se destinó al uso agropecuario.

La situación de pobreza de los habitantes de la zonas rurales tiende a empeorar por cuenta los Tratados de Libre Comercio, negociaciones que adelanta el Gobierno con cada vez más países y en las cuales excluye casi que por completo las situaciones y personas del campo, que en él vive, que lo trabajan y que por ende de él dependen y a quienes tan poco se les ofrece para tratar de ser competitivos.

Hoy tenemos a un campo olvidado y abandonado a su propia suerte