Diario del Cesar
Defiende la región

Julio Contreras, de desplazado a empresario de cajas y guacharacas

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Este desplazado salió con las manos vacías de su pueblo, víctima de la violencia, hoy las mantiene llenas de creatividad con su ingenio, fabricación de cajas y guacharacas.

Por
WILLIAM
ROSADO RINCONES

El Festival Vallenato es una especie de ajedrez folclórico con reyes, damas, alfiles y peones cada quien en su movimiento en búsqueda de la jugada maestra, dentro de ese mosaico que convoca todos los años, un selecto grupo de amantes de este folclor.

En el devenir de  concursos, competencias, parrandas, comercio y todo lo demás, se mimetizan personajes que aparentemente son piezas comunes, pero cuando se les esculca el cimiento de sus labores se encuentran historias que son tan valiosas como la misma ejecución que hacen los participantes del concurso.

Julio Contreras es uno de esos mortales que andan por el mundo con su alma llena de recuerdos, pero que supo sacarle ventajas a un episodio de la vida que a muchos generalmente marca negativamente: la violencia.

De su apacible entorno rural en el municipio del El Copey en donde el sonido del viento y el canto de las aves le afinaron el oído para que sembrara en su mente el sonido de los instrumentos musicales que acompañan al acordeón, allí sin conservatorios ni partituras aprendió en la matricula del empirismo, la ejecución de la caja y la guacharaca.

Se volvió tan experto que al tiempo ya lo buscaban los grupos locales para matizar las parrandas que solían adornar las fiestas de la región. Así de tranquila trascurrió la vida de Julio, lo que alternaba con sus quehaceres del campo.

De un momento a otro los golpes de su caja y el charrasquear de su guacharaca empezaron a tener competencia, pero aquellos, no eran sonidos, eran ruidos infernales, un traqueteo que en  vez de alegría trasmitían dolor y llanto, eran los fusiles de los grupos armados que extrañamente arroparon su tierra que, antes solo transpiraban los cantos de Tobías Enrique Pumarejo y las notas del maestro, Luis Enrique Martínez, quienes vivieron en ese suelo.

Una nueva palabra entró al glosario de los nativos de El Copey: desplazamiento, allá en ese bosque lleno de cosechas y animales quedó el eco de sus instrumentos, y  a Julio y su familia, le tocó salir en una creciente de ríos humanos que, descendían de la sierra huyéndole a la esquizofrenia de unos ideales que sembraron de dolor las praderas que antes regaba el río Ariguaní.

VALLEDUPAR LO ACOGIÓ

Con su pena al hombro empezó a recorrer territorios hasta que se ancló en Valledupar, sabía que, por lo menos este era un puerto seguro que guardaba relación con su afición por el vallenato, así  fue arañando amistades relacionadas con el ritmo folclórico de la tierra que lo acababa de acoger, hasta que descubrieron su potencial sabiduría en los instrumentos de percusión.

Se involucró tanto que, pronto fue titular de varios grupos con los que se movía como pez en el agua, a tal punto que llegó incluso a ser acompañante de un participante en la categoría profesional en un Festival Vallenato.

Pero, este copeyano, quería más, sabía que tenía una familia por delante, por la que tenía que luchar, y lo que tenía claro era que no se iba a poner a pedir  ni a pararse en un semáforo a querer dar lástima, en ese tránsito realizó varias actividades, porque la música, si bien le generaba algunas entradas no era lo suficiente, por eso realizó varias actividades, entre estas conductor de taxi.

En ese trasegar por el denominado rebusque, un día se detuvo en el tiempo y comenzó a recodar los playones de El Copey en donde se daba silvestre una mata llamada ‘corocito’ o lata, de cuyo tallo se fabrican las guacharacas, esa que él sabía tocar perfectamente, producto de una herencia que se desprendía desde su abuelo. En ese sentido quiso experimentar cómo hacer una guacharaca, de esa manera arrancó el experimento, más por curiosidad que por otra cosa.

Notó que su instrumento tenía una mejor acústica y que ese material de la tierra de  donde lo hicieron salir bajo la presión de los fusiles, tenía más resistencia que la lata de las tierras cercanas a Valledupar, comenzó a mostrar ese producto a los amigos que tenían grupos vallenatos, eso lo obligó a fabricar otros elementos más que, rápidamente tuvieron una demanda impresionante.

A partir de ese momento, Julio Contreras entendió que “Dios a cada uno le da sus sabiduría”, como el mismo lo expresa, de ahí en adelante se dedicó a eso, a fabricar guacharacas e incluso, a cambiares el diseño, y pasó de la ranura común a labrar otras figuras cuadriculadas que dan un sonido más lleno, por lo que la acogida aumentó.

MICROEMPRESARIO

Hoy las cosas le han cambiado, a pesar de que aún vive en un barrio de invasión, Altos de Pimienta, en la calle 11 casa 74  encontró la bendición para salir adelante, hoy se recorre todos los festivales con una mochila al hombro, mostrando su ingenio criollo, que ya pasó del manejo experimental de una segueta ycuchillos con las que se hacía 6 instrumentos diarios, a un torno industrial que le permite hacer entre 30 y 40 guacharacas al día.

Su exhibición va acompañada, incluso, por una pedagogía acerca del origen del instrumento y su importancia dentro de la trilogía vallenata. Hoy su fama se ha extendido a otras latitudes y ya es requerido en otros mercados, sus guacharacas son expendidas en México  de donde recurrentemente le realizan pedidos.

En las principales ciudades del país, también se encuentra la mano de este artesano, pues también tiene sus conexiones que le han permitido dar a conocer su microempresa, la que ya complementó fabricando cajas, el otro instrumento acompañante del acordeón, para lo cual utiliza maderas resistentes como cañaguate, campano y orejero.

Este desplazado, hoy habla con solvencia de la economía naranja, lo que le permite no solo su manutención, sino que genera empleo para otras personas, quienes se encargan de darle el acabado perfecto a estos elementos labrados por unas manos que se negaron a empuñar un fusil para preferir el trinche de una guachara con lo que hace visible ante el mundo a una región mágica para el vallenato como las Sabanas del Diluvio, las que inmortalizaron los  cantos de Tobías Enrique Pumarejo.

Está tan inmiscuido Julio con el vallenato que, sus hijos le heredaron la ejecución de estos instrumentos y ya hacen parte de algunos conjuntos vallenatos como cajeros y guacharaqueros, lo que le permite vivir con satisfacción, después de 14 años en los  que vivió la crudeza del conflicto en su tierra natal, a la que ahora suele visitar cada vez que necesita el material para fabricar sus guacharacas, porque dice que, allá en esos playones que tanto recorrió en su juventud, se da la mejor uvita de lata para que por el mundo se escuche el repique de sus guacharacas para hacer olvidar los letales disparos que tanto dolor causaron en esa región.